domingo, 26 de agosto de 2012

En el nombre de los dioses

    Desde lo más remoto de los tiempos, digamos mejor desde que alguien tuvo la genial idea de inventar un dios y poner en su boca las leyes que por sí mismo no era capaz de imponer, la humanidad cuenta con un extenso catálogo de barbaries cometidas, justificadas por el mandato divino de las deidades fruto de la imaginación del hombre.

    Nunca alcanzaremos saber si existe un dios real, por eso se acuñó el término fe, que soluciona el problema de forma rápida. La fe es lícita, aunque pueda adormecer la mente, como sugirió Marx con su ocurrente "La religión es el opio del pueblo". El miedo a la muerte es un alimento voraz para que creencias y convicciones no precisen del comprobante empírico que normalmente exigimos a cualquier conocimiento por insignificante que sea.

    Creer no es malo en sí, como mucho, en caso de que ningún dios sea al fin real, nos llevaremos la desilusión de no despertar ante el tribunal que nos habría de juzgar en el Juicio Final. Será un sueño eterno, pero distinto al  esperado. Pero las religiones, en manos de los hombres y no de Dios, han sido cauce de dominación de la voluntad de las personas que en cada época sufrieron las iras de las cúpulas de cada creencia.

Sello de la Inquisición Española.

    La Cruzadas, la Inquisición, la Guerra Santa. Cristianos y Musulmanes, espada u hoguera en mano, sesgando vidas con poder divino otorgado por su propia y libre interpretación de los libros sagrados. A Jesús de Nazaret lo mató su propia iglesia: el pueblo judío que cimentó en aquella afrenta una mala fama que aún le persigue.

   Estos grandes magnicidios esconden, como detrás de un visillo traslúcido, otros despotismos, cotidianos esta vez, que se clavan en el día a día de quienes lo sufren. Iluminados convencidos de vivir en la gracia de Dios, que aleccionan a sus prójimos, algo menos convencidos de los mensajes de predicadores baratos, y miran por encima del hombro a los que no damos gracias por cada pan que llega a nuestra boca. Dame más que más merezco, porque soy creyente de algo que tú ni conoces,  porque estoy en gracia. Porque practico la oración y leo los textos sagrados. Porque voy a misa cada día.

   Y pretenden aleccionarnos por cada respiración, latido o parpadeo. Porteadores de una sabiduría y espiritualidad que, en realidad, no han llegado ni tan siquiera a vislumbrar. Carecen de la humildad del creyente verdadero, de la profundidad de la oración de quien no hace de la conversación con Dios un sermón público a la búsqueda del aplauso. Lectores superficiales del Evangelio que interpretan a su conveniencia. O del Corán. O de la Meditación Vipasana. En todas las religiones cuecen habas de esta cosecha.

   Dios o quien corresponda nos libre de ellos, como de todo mal.  Nosotros le pediremos el pan de cada día. A cambio trabajaremos, con el sudor de nuestra frente.

sábado, 11 de agosto de 2012

Huyendo de los tópicos

Günter Grass, Premio Nóbel de Literatura.
Hoy he encontrado dulzura en el alemán. Tiene su mérito, en verdad, aunque no sea mío, sino de la interlocutora que ha corrido el tupido velo que sólo nos permite oír una lengua agria, seca, cortante, casi desagradable a veces. Y es que cuando a algo, o a alguien, le colgamos un sambenito, teniendo quizás parte de razón, caemos en una generalización que se antoja injusta y exagerada.

No cambio a una andaluza hablando ese español susurrante, preñado de gracejo y negros ojos que se clavan en el alma, hiriéndote de voz y mirada para el resto de tu vida.

No cambio a la sonrisa palmesana que, en mallorquín, me acarició el oído mientras me contaba nuevas historias de juventud, al son de la marea que iba y venía sobre la playa desierta, a última hora de la tarde.

No cambio el deje que llegó de Chile a recordarme que el español también se canta al hablarlo. De la brisa del Pacífico, como las sirenas de Ulises, llegan sones que nos llaman a su vera.

No cambio a la niña de la sonrisa eterna, a la que su madre llamaba a tomar la leche. Ella se giraba, revolando sus coletas, explicándose: "vou tomar o leite"


Nada de eso cambio por la alemana que me presentó su lengua de una forma diferente, casi poética, levantando del orgullo de antecesores que perforaron el alemán buscando belleza. Hölderlin estaría orgulloso de esta rapsoda inesperada, que diera voz a su obra incomprendida fuera de tierras germánicas. No cambio ni mi español, ni mi valenciano, ni mi gallego, ni sus miles de matices y colores, por la sorpresa de encontrar alguno de ellos en una voz y su dueña. Pero abro una puerta antes cerrada, y quizás algún día esta lengua también será mía.

Pastel de Mantequilla con crema de leche

    A menudo, los más pequeños detalles son los que nos prestan mayores satisfacciones, sobre todo por lo sencillo que puede resultar que formen parte de nuestra cotidianidad, aunque, de la misma manera, sencillamente, pueden pasarse por alto y no disfrutar de ellos como deberíamos.

    Es curioso que mi hija Ariadna, en su blog www.lassonrisasnosoncaras.blogspot.com, ha afrontado el mismo tema, aunque desde una perspectiva diferente. Y cuando pensamos en ello, ambos estábamos separados, ella en Hameln y yo en Lüneburg. Quizás es que nuestras preocupaciones son similares, o nuestra forma de ver la realidad. O que desde nuestro prisma de escritores, aficionados pero escritores al fin y al cabo, traspasamos la pantalla de rayos x y vemos más allá del mero paisaje.

    En los breves momentos de descanso de los que he disfrutado durante estos días, básicamente en la hora de la comida, tocaba paseo por la pastelería local. Bäckerei, que llaman aquí. Y he recuperado momentos de la niñez, cuando el escaparate te devolvía imágenes nuevas, desconocidas, adornadas de colores sabrosos y prometedores, pero sin embargo pendientes de descubrir muchos de ellos. Balbuceando torpes palabras en alemán, como de niño en incipiente español, me dirigía a la amable custodia de tan dulce tesoro, aguardando el premio de hacerme entender.

    Llamó mi atención un pastel de mantequilla con crema de leche y almendras, no sé si por la esperanza de un sabor espectacular o por el tamaño respetable, y su precio, del mismo. Bitte, Butterküche mit Guss, me decido a pedir. Einmal? me pregunta la muchacha, que por el color de su piel parecía más española que germana. En vez de entender que me dice si quiero sólo uno, cómo para llevarse más estaba la cosa del precio y el tamaño, creo que me pregunta dónde me lo voy a comer y le digo que es para "to go". Me deja por imposible, y me coloca el trofeo, cuál presea olímpica, en una bandeja, protegida por una bolsita de papel, y me pide los tres cincuenta y cinco que vale el manjar. (En Alemania tres euros con cinco y cincuenta  céntimos, es que lo hablan al revés lo de los números) Tchüss...y para fuera con mi almuerzo.

Muestra del pedazo completo.

       La promesa que la vista hizo, la celebró el gusto que la esperaba ansioso. Realmente la repostería alemana es para disfrutarla día a día, no es tan de domingos y fiestas de guardar como la nuestra. Ojo, que a cada uno lo suyo, que la española no tiene parangón, pero descubrir lo bueno que los demás tienen, hace que veamos la vida...más dulce.

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...