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Mostrando entradas de octubre, 2012

Me niego a madurar

Me niego a madurar,
si ello significa dejar de lado la niñez.
Como podréis comprender,
hoy no estoy dispuesto a perder la sencillez
con la que ama un niño
antes de haber crecido.

Me niego a ser infiel
a mis propios principios
tan sólo por crecer.
Me niego a madurar,
me niego a madurar, repito.
Me opongo a vender
o a negar mi identidad.

    Hace más de veinticinco años que escribí estos versos, y en aquel entonces quien me iba a decir que sería tan difícil ser honesto con lo dicho. No soy un niño, ni lo era en aquellos días. Por supuesto que todos maduramos, pero la queja de esos versos no levanta un protesto contra la huella que nos deja el paso del tiempo, sino contra la pérdida de la utopía, del sentido de la justicia, de la alegría de vivir, de la rebeldía con o sin causa que nos recubre cuando aún no hemos sido deformados por los convencionalismos, el aburguesamiento y la superficialidad que, poco a poco, sustituyen a los valores que se pierden tras la juventud.

  No hubiera imagi…

La biblioteca de la buhardilla I: Ausencia III

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El niño besó a su padre en la mejilla, mientras buscaba inquieto un parpadeo que le mostrase que la siesta había terminado. Entonces se pondría la gabardina, le cogería su diminuta mano y juntos irían a pasear por los Cantones. ¿Estás dormido? le preguntó susurrándole al oído.  Detrás, en la misma habitación, la familia conversaba sin consideración alguna: chist, ordenó llevándose el índice a los labios, que vais a despertar a papá.

    Pedro se quedó esperando, como llevaba haciendo durante varios meses de ausencia de su padre, sentado sobre la alfombra, donde estaba a punto de llegar el tren de las cinco y media: una locomotora negra de cuerda tiraba de cuatro vagones verdes, todos de segunda, renqueante ante la escasez de combustible. Ya quedaba lejana la lluvia que les sorprendió aquella tarde, cuando el otoño había teñido todo de ocres caducifolios que invitaban a la tristeza. Papá, tú también pareces amarillo, le dijo Pedro, mientras le tocaba la cara con sus manitas, cuando su…

El druida errante I: Los colores del otoño de Emmerthal

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Aún no ha amanecido cuando comienzo mi viaje. Uno percibe que es día de fiesta, porque no hay ningún vestigio de la frenética actividad que transcurre por las venas de la ciudad a las siete de la mañana, un día cualquiera. No hace el frío que esperaba: aguarda al alba, pienso. Y es que hoy el sol se hace más de rogar: entre la pereza y la nubosidad que le cobija el sueño, diríase que remolonea tras el horizonte.

En el corto viaje en tren, apenas un suspiro, son mis compañeros un matrimonio alemán, a cuya mujer, nerviosa en talla respetable,  podríamos confundir con el revisor, pasillo para arriba, pasillo para abajo; un grupo de jóvenes de aspecto hispano que hablaban en alemán, y una extraña muchacha musulmana, que no acababa de encontrar la postura para acomodarse, acurrucada en su asiento, tapada con su cazadora de piel negra.


   La estación de Emmerthal está dentro de la ciudad. Sopla una vivificante brisa del norte que espabila al más pintado, aunque sigo sin sentir frío. Apenas …