domingo, 28 de octubre de 2012

Me niego a madurar

Me niego a madurar,
si ello significa dejar de lado la niñez.
Como podréis comprender,
hoy no estoy dispuesto a perder la sencillez
con la que ama un niño
antes de haber crecido.

Me niego a ser infiel
a mis propios principios
tan sólo por crecer.
Me niego a madurar,
me niego a madurar, repito.
Me opongo a vender
o a negar mi identidad.

    Hace más de veinticinco años que escribí estos versos, y en aquel entonces quien me iba a decir que sería tan difícil ser honesto con lo dicho. No soy un niño, ni lo era en aquellos días. Por supuesto que todos maduramos, pero la queja de esos versos no levanta un protesto contra la huella que nos deja el paso del tiempo, sino contra la pérdida de la utopía, del sentido de la justicia, de la alegría de vivir, de la rebeldía con o sin causa que nos recubre cuando aún no hemos sido deformados por los convencionalismos, el aburguesamiento y la superficialidad que, poco a poco, sustituyen a los valores que se pierden tras la juventud.

  No hubiera imaginado ni por un segundo, que sería tan abrupto lo por andar, como había sido lo andado. Los dioses me castigaron sin padre, primero, y con un ejército de Judas, Iscariotes claro, después de negarme a madurar. Siempre oigo voces que atentan contra la letra de la canción, voces repitiendo una letanía que no se cansa: madura, madura, madura. Como si no fuese madurar pasar las pruebas me tocó pasar, sin que se oyera de mi ni una queja. No puedo agachar la testuz y decir que me rindo; no podría mirar a mi hija a la cara si claudicase. Vivir conforme a los propios principios tiene un precio, y las piernas tiemblan al saber que quizás no hayas terminado de pagarlo. No existen más jueces que la conciencia y el tiempo, que a cada uno pone en su lugar. Unos, bajarán del mundo ideal que se crearon para decirse que vivían por encima del resto; otros, perderán la autoridad que se otorgaron para mirar por encima de su hombro lo que, en realidad, les sobrevolaba majestuoso. A mi, quién sabe qué me ha de deparar el mañana, pero me encontrará dispuesto a la batalla, como cada día, para poder seguir negándome a madurar.

jueves, 11 de octubre de 2012

La biblioteca de la buhardilla I: Ausencia III

   
 El niño besó a su padre en la mejilla, mientras buscaba inquieto un parpadeo que le mostrase que la siesta había terminado. Entonces se pondría la gabardina, le cogería su diminuta mano y juntos irían a pasear por los Cantones. ¿Estás dormido? le preguntó susurrándole al oído.  Detrás, en la misma habitación, la familia conversaba sin consideración alguna: chist, ordenó llevándose el índice a los labios, que vais a despertar a papá.

    Pedro se quedó esperando, como llevaba haciendo durante varios meses de ausencia de su padre, sentado sobre la alfombra, donde estaba a punto de llegar el tren de las cinco y media: una locomotora negra de cuerda tiraba de cuatro vagones verdes, todos de segunda, renqueante ante la escasez de combustible. Ya quedaba lejana la lluvia que les sorprendió aquella tarde, cuando el otoño había teñido todo de ocres caducifolios que invitaban a la tristeza. Papá, tú también pareces amarillo, le dijo Pedro, mientras le tocaba la cara con sus manitas, cuando su padre se agachó para colocarle mejor el cuello del abrigo.

    La tarde iba abandonando las calles, mientras paseaban por ellas contemplando escaparates y el padre le contaba viejas historias de mar, mil veces repetidas, que Pedro escuchaba cada vez con el asombro de lo nuevo. ¿Y el oleaje saltaba desde el puerto hasta la playa? Si, hijo. ¿Y las personas, y los coches? Eso ocurrió hace ya mucho tiempo, no había coches, y la gente sabía muy bien cuando iban a pasar esas cosas, y se refugiaba en Monte Alto. ¿Y los acordeones aún suenan? No hijo, no suenan. Aquel barco cargado con ellos naufragó hace ya demasiado tiempo. Pues yo creo que si que suenan, papá. ¿No los oyes?

   Pedro entraba a ver si su padre dejaba de dormir, al fin, cada vez con mayor impaciencia. Miraba por la ventana: se está haciendo de noche, no vamos a poder ir. La familia, más numerosa ahora, seguía molestando aquel sueño apacible, con la tertulia incansable, que ya se oía desde la solitaria estación de tren, donde nadie aguardaba la próxima salida.

   El niño se quedó dormido sobre la alfombra, a pocos centímetros de la locomotora, soñando con  las calles mojadas de lluvia, llenas de historias y luces, abrigada la mano por el calor de su propia sangre. Cuando despertó, el sol entraba por la ventana, prometiendo un buen día. Se levantó cuidadosamente, tratando de no despertar a Marta que dormía abrazada a la almohada. Fue a la habitación de su hija, se arrodilló junto al cabezal, y dándole un beso, aguardó a que abriera los ojos. Hola papá, dijo la niña, buenos días. Hola, hija, ¿nos vamos a dar un paseo? ¿Adonde, a oír los acordeones del abuelo? Si, cariño, a oír los acordeones del abuelo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El druida errante I: Los colores del otoño de Emmerthal

Aún no ha amanecido cuando comienzo mi viaje. Uno percibe que es día de fiesta, porque no hay ningún vestigio de la frenética actividad que transcurre por las venas de la ciudad a las siete de la mañana, un día cualquiera. No hace el frío que esperaba: aguarda al alba, pienso. Y es que hoy el sol se hace más de rogar: entre la pereza y la nubosidad que le cobija el sueño, diríase que remolonea tras el horizonte.

En el corto viaje en tren, apenas un suspiro, son mis compañeros un matrimonio alemán, a cuya mujer, nerviosa en talla respetable,  podríamos confundir con el revisor, pasillo para arriba, pasillo para abajo; un grupo de jóvenes de aspecto hispano que hablaban en alemán, y una extraña muchacha musulmana, que no acababa de encontrar la postura para acomodarse, acurrucada en su asiento, tapada con su cazadora de piel negra.


   La estación de Emmerthal está dentro de la ciudad. Sopla una vivificante brisa del norte que espabila al más pintado, aunque sigo sin sentir frío. Apenas a unos metros de la estación, comienza una ruta por la naturaleza autóctona circundante, que termina abruptamente, cortada por el río que parte el camino en dos.


 Escribo sentado en un banco del Jardín de la Iglesia luterana de Pietri, en Kirchohsen, una de las pedanías de Emmerthal. Me viene a la cabeza la idea de que, si las Iglesias Católicas en España, gozaran de este espacio, la feligresía aumentaría de forma espectacular.




Arrecia el aire, ahora de Levante, y he de claudicar, dejar de hacerme el jovenzuelo y abrigarme algo.Espero encontrar pronto algún sitio donde calentar las entretelas con un café con leche.

En este parque, alfombrado de hojas caducas, son ténues los colores del otoño. Tan solo algunos tonos rojizos y ocres alternan con el verde aún generoso. Como si el tiempo pasara más lentamente que en los alrededores, donde la exuberante naturaleza ya pinta de multicolores el camino hacia los rigores invernales.

El sol sigue acobardado, escondido tras las nubes que prometen lluvia. Apenas gente por las calles, tan solo algún caminante eventual. Uno de ellos, casi un anciano, se me quedó mirando mientras fotografiaba la Iglesia, como quien observa, igual que en un zoo a los monos, a un turista dándole importancia a algo que para él ya no la tiene. De algún modo, turista soy, aunque no sé si en las estadísticas, en las malditas estadísticas, seré un turista interior, por venir de Hameln, o exterior, por ser español. Pero en realidad, a mi, ¿qué más me da?


He recorrido medio Emmerthal sin encontrar posada. Hagenhofen está apenas a un kilómetro, medio a cada lado del río Wesser, único encanto, junto con el puente que lo salva, que guarda este lugar.


    Al fin una cafetería-panadería, camuflada en forma de gasolinera. Café con leche a temperatura imposible, que alarga el hambre diez minutos más, y dos donuts que caen rápidamente. Parece que con mi estómago en silencio lo veo todo con mayor claridad y los colores se despertaran de su letargo.

    Descanso cerca del puente donde el río dibuja hermosos meandros. La luz que falta la regala el agua con su reflejo, mientras los árboles se inclinan adorándola, en vez de reverenciar los rayos del astro rey. Emmer a mi izquierda, Kurchohsen a mi derecha. La carretera parcheada que las une, cede su espalda más a transeúntes que a motores. Una madre, joven y bien parecida, pasea en bicicleta con su hijo sentado tras de ella. Pareciera sacado de un cuento de los Hermanos Grimm, en el que disfrutara del privilegio de ser lector y lectura al unísono.

                                           
                                                   



    Las nubes que se disipan al Este, amenazan lluvia por el Oeste. Pero aún no; el aire viaja raudo por las alturas y no alberga reposo que autorice la tormenta. Creo que llegaré a casa seco, lo que sería toda una novedad por estos pagos.

    Las estaciones de tren siempre han tenido un cierto aroma a huida, a misterio, a peregrinaje. A ilusiones más allá del punto en el que se cierra el abanico de vías, para perderse de nuestra vista. Muchas son hoy abandonadas, clausuradas como antiguamente las mujeres deshonestas, para sustituirlas por frías máquinas expendedoras y andenes metálicos, sin ninguna consideración hacia sus efímeros huéspedes: los viajeros.


En una de esas ando. Tras robarle una hoja caída al muelle almohadón que circunda el tronco de un árbol, me apresuré a darle acomodo entre las de mi cuaderno. Ella, siempre ella, - como han influido las mujeres en mi vida, y sobre todo una- (ya quisiera yo utilizar los guiones como Marina Tsvietaieva, que le daba ritmo a sus textos gracias a ellos. Otra mujer, cómo no.),  será la única deponente de mis andanzas en este día.
 
No he puesto mi foto más grande por presumir, es para que veais que estoy entero y sanote. 

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...