martes, 28 de mayo de 2013

Confieso que he leído II: Holocausto Manhattan, Bruno Nievas

Esperaba más de ti, lo confieso. Después de ponerme el caramelo en la boca e invitarme a disfrutar de la promesa de algo fresco, ágil, innovador, casi sorprendente, resulta que te empeñas en que el dulce dure demasiado y termino aburrido de darle tantas vueltas a lo mismo durante muchas páginas.

Me traes desde Auschwitz a Manhattan, del siglo XX al XXI, sin transición ni espera, sin avisar, recreándote en la violencia, quizás demasiada y dejando personajes a medio hervir. Cuándo el nombre es su mayor distintivo, llega un momento en que uno no sabe de quien estás hablando. Y me pasa. Demasiadas veces.

Tampoco tu historia soportaría el tan traído y llevado tema de la paridad. Sólo una mujer, rodeada de policías, militares, conspiradores y otros hombres absolutamente sonados, que encima es la protagonista del final, que nos trae algo del aromilla de los folletines de posguerra.

He pasado un buen rato, para qué negarlo, pero me sobraron cincuenta páginas. Tiene mérito: de algunas de Pérez-Reverte me sobran tres veces más. Y para generar suspense, no basta con dilatar el final, también hay que esconderlo. Demasiado tiempo sabiendo el desenlace de la trama principal. Pero leeré tu próxima novela. Prometes dar mucho más de ti.



sábado, 18 de mayo de 2013

Confieso que he leído I: La Catedral del Mar, Ildefonso Falcones.

Vivía yo entre los escépticos, como siempre que los trompeteros anuncian la llegada del Mesías, para dejarnos finalmente con la desilusión de un profeta más. Arrinconado en la estantería junto tantos otros de igual factura, que aguardan mejores ánimos lectores.

Llegaron, al fin, los esperados deseos, al igual que la primavera, que nadie sabe porque lo hace. Así lo dijo el poeta, y así debe de ser. Fue en buena hora, porque no es sencillo encontrar hermosas historias en manos de hábiles trovadores, que nos las hagan llegar a través de la literatura, en forma de novelas que merezcan el nombre de tal. Pocas hay, y Maese Falcones compuso una.

Termina uno esperando ver la Catedral construida, y a fe mía que terminas viéndola crecer hasta que la última piedra es colocada. Ves los rayos de sol entrando por las vidrieras, recorriendo toda su planta, iluminando de colores su interior, evocando a la alegría.

No nos cabe en la imaginación una Catedral lúgubre y triste: es un templo Mediterráneo, con la luz del sol y la brisa del mar que hacen de Barcelona la ciudad que fue y es: capital de un mar interno, cuna de nuestra cultura. Perdón, Cultura.

No imagino Barcelona sin Colón apuntando a América. Tampoco sin la Gaudiana Familia, ni el Parc Güell. Ni el Barça o Montjuic. Pero si no me hubiera acercado a tocar con mis manos, las piedras que tanto sudaron los bastaixos, llevándolas desde la Cantera Real o desde la playa, donde atracaban los barcos, hasta el Barrio de la Ribera, donde en la Plaza del Borne se alza la Catedral. La novela, y la puerta de la Iglesia, homenajean a estos hombres.

Homenajeadlos vosotros también, leyendo La Catedral del Mar.





La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...