sábado, 26 de abril de 2014

Península Poesía I (Confieso que he leído VII): Marina Tsvietáieva, Antología Poética.

No recuerdo bien como llegaste a mí, quizás la casualidad, o el acierto de una página abierta al azar. Te quedaste para siempre, en mi corazón donde circundaban tus versos y en mi mente, preguntándote en cada lectura por el sufrimiento que guiaba tu pluma. 

No eras conocida, de hecho no estoy seguro de que aún ahora lo seas para los lectores en mi lengua. De tu ruso a mi castellano, el giro es acrobático y casi mortal, y pocos logran caer de pie. Pero merece la pena el esfuerzo de entenderte, de caminar a tu lado por la biografía que dejaste escrita en versos inesperados, desgarradores, profundos. Me pregunto a menudo qué pasó por tu mente al elegir el nombre de tu hija, buscando algo en común contigo, un afecto, un sentimiento compartido que uniera nuestros tiempos con la esperanza de creerte cercana.


   Es todavía nueva la angustia que me recorre cuando leo tu alma, desgranada en tus poemas. La pasión de madre no la diluye el tiempo, más bien la acrecienta a mis ojos. 

(A Ariadna, su hija)

Algún día, criatura encantadora,
para ti seré sólo un recuerdo,

perdido allá, en tus ojos azules,
en la lejanía de tu memoria.

Olvidarás mi perfil aguileño,
y mi frente entre nubes de humo,

y mi eterna risa que a todos engaña,
y una centena de anillos de plata

en mi mano, el altillo-camarote,
mis papeles en divino desorden…

Por la desgracia alzadas, en el año terrible,
Tú eras pequeña y yo era joven.

Noviembre de 1919

Marina y su hija Alia (Ariadna)

Compartimos tu rabia, tu soledad, tu desánimo cuando te viste sin sitio en la mesa. O al menos esa fue la metáfora. No sabremos qué te inspiró ese poema, el último, un epitafio que resume el drama que fue tu vida. Tantas veces leído, recitado, jugando a ser rapsoda. Pero me derrota siempre, la voz se quiebra. Estés donde estés, en mi mesa siempre habrá una silla para ti.


No dejo de repetir el primer verso
y corregir la palabra_
-"puse la mesa para seis"...
Te olvidaste de uno, el séptimo.

Estáis tristes los seis.
Ráfagas de lluvia cubren vuestros rostros.
Cómo pudiste, en esa mesa,
olvidar al séptimo, la séptima..

Están tristes tus huéspedes,
aburrida la garrafa de cristal.
Desconsolados ellos, desconsolado tú,
y, más desconsolada, la que olvidaste invitar.

Sin alegría, sin brillo
ah, no coméis ni bebéis.
¿Cómo pudiste olvidar el número?
¡Cómo te confundiste en el cálculo?

¡Cómo pudiste, cómo osaste no entender
que seis (dos hermanos, el tercero
-tú mismo- con tu mujer, y los padres)-
eran siete- puesto que yo no existo.

Pusiste la mesa para seis,
pero no se reduce el mundo a seis.
Para ser un espantajo entre los vivos,
prefiero ser fantasma, con los tuyos,
(los míos...)
tímida como un ladrón
¡sin rozar un alma siquiera!
Me siento en el lugar -la séptima -
delante del cubierto que no has puesto.

¡Por fin! ¡Volqué mi vaso!
Y todo lo que era preciso derramar,
-la sal toda de mis ojos, toda la sangre de las heridas-
desde el mantel al parqué.

Y ningún féretro, ninguna separación.
La mesa exorcizada, la casa despierta.
Como la muerte en un banquete de boda,
yo, la vida, presenté en esa cena.

Nadie, ni hermano, ni hijos, ni esposo,
ni amigo; y un reproche, pese a todo:
tú -que pusiste la mesa para seis almas,
ni siquiera me pusiste en un rincón

domingo, 20 de abril de 2014

El druida errante II: el Muro de Berlín



   Ayer anduvimos por Berlín. Huele a historia reciente, a hechos que ocurrieron y que sólo conocíamos por libros y documentales, donde casi nunca te cuentan como la gente sufre lo que los gobernantes deciden. Nos impresionó el Muro de Berlín y su historia, conocida de oídas, sobre todo al ponerle cara, nombre y apellidos a las víctimas que se cobró. Tomamos consciencia de vidas partidas en dos, de barreras levantadas en la propia tierra de sus habitantes por poderes extraños a ella. Se ha hablado largo y tendido de las barbaries del Tercer Reich con el pueblo judío, pero no lo suficiente de las sufridas por el pueblo alemán y más concretamente berlinés a manos del monstruo soviético. De un día de turismo maravilloso que fue ayer, nos volvimos a Hameln con la alegría contenida de haber rendido un pequeño homenaje a un pueblo maltratado.

  

   Nos dolió especialmente el mosaico fotográfico donde al trasluz del sol, se pueden ver las fotos de las víctimas que lo fueron del Muro. No se trata de una pélicula bélica o de una historia de ficción, sino de rostros reales, con nombre y apellidos, como tú y como yo, que sólo buscaban la libertad que les habían robado. Ayer descubrimos la tragedia de Peter Fechter, que trató de huir del muro junto con un amigo y fue alcanzado por un disparo. Un joven de 18 años, albañil, al que dejaron morir desangrado, a la vista de todos, en el lado Este del muro.

   Su historia y agonía tuvieron merecido homenaje: Nino Bravo, nuestro gran cantante, hurgaba en la memoria cada vez que cantaba LIBRE, su gran éxito, dedicado a Peter. En la página de Periodismo sin Fronteras encontramos la historia completa de la canción. No voy a repetirme ni a atribuirme un conocimiento que no tenía. 


viernes, 18 de abril de 2014

Obituario: Gabriel García Márquez, Oh Gabo.

Me da pena que te vayas, Gabo. Y no voy a decir ahora que eras uno de mis favoritos, como harán muchísimos que ni siquiera abrieron una de tus páginas. Incluso, discrepo en tu forma de entender el español, ya que tu luchabas por una ortografía y gramática laxas, mientras que este servidor, quizás por mi ignorancia, siempre ha pensado que la corrección de las formas debe ser la base de la belleza literaria.

Pero ello no me impide ser consciente de la importancia de tu obra y tu persona. "Crónica de una muerte anunciada" me despertó a tu mundo, desconocido hasta entonces. Mucho magisterio habitaba en tus manos para comenzar una historia por el final, y que no decayese la narración en ningún momento. Me pareció una pequeña maravilla, propileo de posteriores lecturas. Reconozco que "Memorias de las putas tristes" me dejó frío, como si fuese un vestigio otoñal de lo que fue y ya no queda. Quizás no lo leí en el momento adecuado, pero tengo tanto tuyo por leer, que dudo repetir el intento con este pequeño relato. Como siempre, anda pendiente tu "Cien años de soledad", por aquello de que lo célebre me ahuyenta, y aprovecharé que estoy en el año de los propósitos de enmienda, para ponerme al día contigo, cumpliendo el honor que mereces, y leer en breve tan agasajada novela.

Siento que te dieran el Nóbel, sinceramente. No porque no lo merezcas, que no me cabe duda, sino porque te pusieron al nivel de otros escritores en lengua española, lamentables, a los que también se lo concedieron sin que su obra le llegue a la suela de los zapatos a la tuya. Tu coronel o tu Macondo merecen más loas que el escribidor o la Alcarria, en manos no tan dotadas para la escritura como las tuyas, sin mucho más mérito que dos o tres buenas novelas, y un desván de pedantería en el resto de su obra. Tú sí que lo merecías, al igual que lo mereció Delibes quien no lo llegó siquiera a vislumbrar.

Y digo que lo siento, porque muchos de quienes ahora redactan tus obituarios, se acogen al galardón para resumir tu carrera literaria, sin un sólo comentario a cuanto dejaste escrito, a lo sumo la letanía repetida de tus títulos indispensables, esfuerzo innecesario pues habitan en la memoria de todo mínimo lector.

Siento tu muerte, Gabo. La del 2005, cuando dejaste de escribir y ésta de ahora. Encima me dejas en deuda contigo: me queda tanto por leer de tu realismo mágico, que no sé lo que tardaré en quedar en paz. De lo que estoy seguro es de que disfrutaré con tan afortunada penitencia.

Descansa en paz, Gabo.

martes, 15 de abril de 2014

La biblioteca de la buhardilla II: "De alguna manera (Claro de luna)"

La partitura del Claro de luna descansaba abierta sobre el atril del piano, esperando que ella la interpretase. Es la favorita de Juan, me dijo casi excusándose la primera vez que entré en aquella sala. ¿Juan? Mi novio. Está en Sevilla, le queda hasta julio para licenciarse. Esparcimos los libros sobre la mesa camilla. No entendía muy bien que hacía en la casa de aquella compañera a la que no soportaba, pero que poseía algo que me atraía incomprensiblemente. Quizás era la búsqueda de ese algo, o quizás el contraste tan extremo entre su mundo y el mío lo que me llevaba hasta allí. Aromaban aún los días de la Navidad reciente, apenas recogidos los belenes, devueltos los árboles de plástico a sus cajas y las felicitaciones y buenos deseos al olvido más rutinario. Entre los textos y problemas, las notas de la sonata para piano reclamaban obsesivamente mi atención. Mi mirada iba y venía, buscando la música de Beethoven en aquellos pentagramas. ¿Te gusta la música? Sí, contesté, devolviéndome hacia la mesa con un perceptible rubor culpable, de quien ha sido sorprendido en falta. Mientras la apariencia volvía a la normalidad, en mi mente, absorta, resonaban las notas del Adagio a través de un piano imaginario, sutil, melancólico. Una confesión íntima, transportada desde dos siglos atrás. Una hermosa melodía que invoca a la nostalgia y un monótono acompañamiento que lo envuelve todo de un halo de tristeza. Pienso en Beethoven angustiado, a despecho de un amor no correspondido. Mientras, levemente, va cesando la música en mi imaginación. Todo se diluye en un disminuendo frágil que nos lleva al inevitable silencio reparador. ¿Dónde has estado? Me preguntó divertida. ¿Qué? ¿Qué donde has estado? Parecía que no estabas aquí. Sí, sí que estaba. No era más que una respuesta. Ella me buscaba entre los libros, en la atención hacia sus comentarios, en la geografía concreta y circular de la mesa. No podía encontrarme allí. En aquellos momentos su voz me había sorprendido volviendo de un claro de luna que no me pertenecía. Era su pieza favorita, la de Juan. El sabía que el piano, que aquella sonata, le hablaba del amor de Ana, al igual que Beethoven, al escribirla, decía amar a Guilletta. La partitura, abierta, era un dardo envenenado que, sin saber bien porqué, me había venido a buscar.
         Lo días cambiaron para mi su color. La claridad de la luna revestía de una tonalidad argentea cuanto me rodeaba: las sonrisas, las miradas, los gestos no eran los mismos. En cada palabra, en cada tono de voz, buscaba alguna nota de aquella partitura, siempre abierta sobre el piano, aguardando que Juan regresara. ¿Por qué la miras tanto? Me había preguntado aquella tarde. Yo estaba sentado a horcajadas sobre la banqueta del piano, mientras ella recogía sus apuntes. ¿El que? A Beethoven. No, no es nada. Ana me sorprendió sentándose frente a mí, compartiendo el lado libre del asiento. ¿Porqué lo miras tanto? Me volvió a preguntar mirándome fijamente. Descubrí en sus ojos una dulzura nueva para mí. Agaché la cabeza evadiendo la respuesta. Era la Sonata favorita de Juan, y comenzaba a sentirla como una amenaza, como un símbolo de algo inaccesible: Ana. Ella apoyó su cabeza en la mía. El tiempo pasaba desapercibido por nuestras voluntades. Me descubrí mucho más cercano a Ana de lo que pensaba; desparecían las pinceladas de su ser que yo creía amargas, mostrándome una imagen tan próxima que apenas recordaba tantas y tantas cosas que días antes nos separaban. Levanté mi cabeza para hablarle de la Sonata, de aquel papel pautado que me incomodaba, que traía el recuerdo de una espera de alguien que, con el estío, regresaría al paisaje de sus notas. Me había leído el pensamiento: cerró la partitura para liquidar la nostalgia de lo venidero, y acercó nuestros labios hasta la caricia, compartiendo el aroma de su aliento y el mío. El frágil abrazo que nos envolvió fue encontrando excusas para la intensidad, para recorrer el breve espacio que habitaba entre dos cuerpos que se buscaban. Beethoven atacaba el allegretto de nuestro Claro de Luna; era de una gracia vacilante, pero no era su pieza favorita, la de Juan, era la mía.


         Entre lo furtivo y lo novicio vivía yo el contacto con su alma y con su piel. Cualquier rincón, cualquier momento robado, lo convertíamos en el pretexto perfecto para indagar los resortes de nuestra sensibilidad. Compartíamos melodías, cada uno a su modo: ella acariciaba el piano con las mismas manos con las que me recorría; tocaba con la misma pasión que me transmitía con su tacto sobre mi piel. Yo le cantaba canciones que asemejaban presagios: “De alguna manera tendré que olvidarte...” Te sale de muy dentro esa canción, me decía. Sí, de lo hondo de la pena, pensaba sin darle más respuesta que una tímida sonrisa de complicidad. Yo vivía aquel amor prestado con el espíritu de la hoja caduca. Juan habitaba entre nosotros, en sus tiernas cartas repetidas, en la sensación de recibir caricias antiguas, caricias que ya le habían pertenecido a él un tiempo atrás y que le volverían a pertenecer a su regreso. Cada beso venía acompañado de un porqué sin repuesta. En su boca no hallaba contestación, ni en su cuerpo recorrido hasta el último rincón inimaginable. ¿Por qué? ¿Por qué? Repetía mi mente mientras mi piel reposaba sobre la suya, sudorosa tras la batalla. ¿Por qué me dejas? Me preguntó, recién abril, cuando busqué mi soledad como refugio. Esto no está bien, le dije sin mirarla. ¿No está bien? No, no está bien. Ni está bien por Juan, ni está bien por ti, ni está bien por mi, Ana. Salí de su casa aquella noche con su imagen alojada en mi retina. Aún estaba el Claro de Luna cerrado sobre el piano, cuando me fui. Faltaba en esta historia el tercer movimiento. ¿Cuál sería? Quizás nunca llegaría a saberlo. Con la inquietud de cuanto se deja inacabado, llegué a casa buscándome en algún lugar de mi memoria. En la tarea, tras resonar muchas campanadas desde la lejanía, llegó el agotamiento que me dejó levemente dormido.
         Cuando desperté percibí su olor entre mis sábanas. La noche anterior había dormido conmigo con la excusa de un examen y la ausencia de mis padres. Me asustaba el hueco de su cuerpo; me encerraba en la idea de que Ana era irremplazable. El timbre. Miré el reloj. ¿Quién sería a las ocho de la mañana de un sábado? Era ella. Estaba guapísima, vestida de verde esperanza, adornado el gesto por su mirada negra. ¿Qué haces aquí tan temprano? Llevaba un libro entre las manos. Toma, esto es tuyo.
Me dijiste un día que eras como el protagonista de esta historia, ¿no? me preguntó muy seria. Si. Me miró fijamente durante unos instantes que se me antojaron eternos: entonces, lucha. No te rindas. ¿Qué luche? Si. Por mí. Lucha por mí. No sé el tiempo que transcurrió hasta que reaccioné. Pasaron por mi cabeza cientos de pensamientos incoherentes. No encontraba la serenidad precisa para contestar a su petición. No me estaba pidiendo solamente que no me rindiera, me estaba pidiendo ayuda a gritos para romper el lazo con su pasado, que la mantenía sujeta a un hombre y a una vida que ella no deseaba, y de los que no era capaz de separarse por si sola. Le acaricié la cara con ternura; Ana relajó su estudiada firmeza y entró empujándome hacia el interior, cerrando la puerta tras de si. Estábamos ya desnudos antes de llegar a la habitación. El rastro de nuestras ropas simulaba un camino hacia la desesperación. Cada embestida de nuestro amor llevaba hasta mi mente el primer verso: “De alguna manera tendré que olvidarte...” Y mi rabia contenida se liberaba a cada gesto, derramándome en su interior, como un epitafio convenido. Durante unas horas no existía nada ni nadie a nuestro alrededor: ni Juan, ni Sevilla, ni la luna con su claro que nos viniese a velar la pasión.


         Transcurrieron de nuevo días felices, abstraídos de cualquier futuro posible. Hoy por hoy, sin planes, sin proyecto, sin presupuesto de nuestras vidas, hasta que una tarde de mayo llegué a su casa, inocente, confiado tras la rutina de las últimas semanas. Ana no me devolvió el beso. Repetí, encontrando el mismo silencio gestual. Voy a portarme bien, me dijo. O sea, que todo lo que habíamos compartido había sido una mala obra. Me apoyé en el quicio de la puerta con la mirada perdida. Perdida hasta que mi retina recuperó su consciencia al reparar en el piano: sobre él una partitura descansaba abierta. Me acerqué en silencio, mientras Ana rebuscaba en la cocina: Claro de Luna, tercer movimiento: presto agitato. El amor imposible de Beethoven comenzaba a ser el mío. Cada golpe del martillo en las cuerdas del piano era un latido nuevo que llamaba a la desesperación. Presto agitato. El alma inquieta en el movimiento más largo: el del resto de la vida. Miré hacia la cocina: Ana ignoraba. Salí de la casa tras echar una última ojeada a la partitura: es su favorita, la de Juan. Mi preferida afloraba a los labios mientras franqueaba la puerta: “De alguna manera tendré que olvidarte...” Cuando, al salir, pasé por delante de la ventana, tras la que el piano aguardaba, llegaron hasta mí las notas de una hermosa melodía que invocaba a la nostalgia y un monótono acompañamiento que lo envuelve todo de un halo de tristeza: la mía. 

domingo, 6 de abril de 2014

Confieso que he leído VI: El médico y Los pilares de la tierra

 Dos asignaturas pendientes desde finales de los ochenta, el Médico, principios de los noventa, los Pilares. Expresión máxima de mi aprensión a embarcarme en novelas de fama exagerada con garantía de satisfacción. Ambos regalo de mi madre, que construyó la mayor parte de mi biblioteca de aquellos años. Y en apenas un plumazo, me reconcilio con los autores y sus obras. Más con Gordon que con Follet. El Médico es mucho médico, aureolada de aromas y texturas, rica en historias y en detalles. Es buen escritor el amigo Noah. Seguiré resistiéndome a leer sus secuelas, Chamán y la Doctora Cole, e invertiré el tiempo en cosas mejores.

En los Pilares he llegado a odiar al maldito obispo y al William de las narices. No tienen otro objeto en la historia que conseguir que todo vaya mal para los demás. Ambos son personajes exagerados, algo superficiales y esperpénticos. Al contrario que Gordon, gran parte de la historia no es creíble, lo que en novela histórica puede resultar un defecto, asumible, pero defecto.

En cambio, el ritmo de la historia es trepidante, agil, no cansan sus mil quinientas páginas. Siempre pasa algo, generalmente malo o muy malo, pero te mantiene en tensión durante toda la novela. Por momentos, semeja del género negro o policiaco, especialidad real del autor.

Como odiosa comparación, no consigue, como hace Falcones en la Catedral del Mar, que lleguemos a sentir la grandiosidad de la construcción ni la brillantez de su iluminación natural. Le falta maestría en la descripción. Eso lo echamos de menos. Al menos yo.

Ahora, y gracias a mi amiga Inés, a la que tanto quiero, ando liado con Maldito Karma. De hecho, apenas me quedan unas páginas. Felices libros!!

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...