martes, 30 de diciembre de 2014

Feliz año nuevo 2015

Había pensado, como cada vez en estas fechas, felicitaros el venidero año nuevo. Siempre, de una manera o de otra, a amigos y conocidos o a los eventuales lectores en general, he guardado la cortesía de escribir unas líneas, más o menos inspiradas, para aunar sentimientos y comenzar el siguiente año con ánimo y esperanza.

Y en esas andaba hace unos momentos: no sabía si hablaros del concierto de la Filarmónica de Viena, o de las campanadas desde la Puerta del Sol, o de la excentricidad de la órbita de la luna alrededor de la cabeza de los lunáticos. Buscando inspiración, los auriculares llenaban mis oídos del concierto que el gran Eros Ramazotti dio en Roma hace unos años. Y llegando a mi canción favorita del italiano, Musica é, algo se removió en mis entendederas de forma compulsiva, para llegar a la conclusión más inesperada: no os voy a felicitar.

No, definitivamente. Y creo que os hago un favor. Y me lo hago a mi mismo. Lo dejaré para el último día del año. Porque es mañana, 31 de diciembre, cuando deberíamos decir: Feliz 2014. ¿Lo ha sido en verdad? ¿Influyeron en el devenir del año los buenos deseos proclamados bajo el muérdago, tras la docena de uvas y la copa de cava? Quizás deberíamos preguntar persona por persona: ¿Te felicito el 2014 o mejor unas condolencias? Porque tal y como anda el patio, las castañuelas están para guardarse en el cajón a la espera de tiempos mejores en los que castañetear.

No sé como reaccionaré cuando me feliciten el 2015 poco después de las campanadas. Podría decir: anda que te luciste el año pasado, majo. Y la verdad es que a mi familia y a mí nos ha ido bien, a pesar de caminar senderos ajenos, y que dure la experiencia. Pero pienso en tantas y tantas gentes que hicieron malos los deseos a la media hora de proclamarlos a los cuatro vientos. Porque quienes tienen en sus manos poner los ingredientes para cumplirlos, se empeñan en dejarlos sobre la mesa de a quienes ya les sobran para celebrar mil vidas.

Por eso no tengo ganas ni fuerzas de repetir esa frase tan manida. Quizás sea porque ya ando por el quincuagésimo cambio de año, y el cansancio es tanto que ni una buena siesta lo remedia. No sé qué será, pero algo es.

Por si acaso, por si realmente no fuera nada, y todo esto no es más que un engaño cartesiano, una ilusión maldita que embota la mente y nubla el juicio, o quizás la falta de sol mediterráneo, lo dejaré como quien no quiere la cosa, aquí, al final, igual que una postdata:

Feliz año nuevo.

sábado, 27 de diciembre de 2014

La biblioteca de la buhardilla IV: La castañera de Jaume Segarra

Hay recuerdos que sólo se almacenan en blanco y negro. El tiempo pasa, y la memoria resguarda su espacio rechazando lo menos útil, que muchas veces es el color de la nostalgia. Cuando no coloreamos arbitrariamente las imágenes del pasado, directamente vienen a vernos en infinitos tonos grises, matizados de albar y azabache al gusto o a la necesidad.

También puede suceder que la irisación de lo recordado, sea la orden de una fotografía desteñida, casi sepia, notaria de lo que fueron un tiempo y un lugar ya lejanos.

Como la niña de la película de Spielberg, yaciendo sobre cadáveres en blanco y negro, vestida con su caperuza roja, el aroma amarronado y cálido de las castañas en pleno mes de enero, sobresale cromado sobre las manos encallecidas que las mareaban en el tambor, aguardando el color perfecto de lo asado con afecto. El cartón paría calor de castañar con que aliviar el frío del invierno. Su carne saciaba el hambre, hija de jaques y mates, tras horas y horas de dura partida, disputada tras los cristales empañados desde los que divisar a la anciana castañera. La lluvia no la acobarda. Ni la calle llena de compras navideñas, o vacía de cuesta de enero. Ella espera. Dos jóvenes, siempre, dejarán los diez duros sobre su mano, esperando el agasajo que les haga más corta y llevadera la caminata hasta la Estación. Ora de trenes, ora de autobuses, dependiendo de la hora. Llegarán a puerto, cercana la medianoche. Ahitos de ajedrez y castañas. Casi treinta años después, al pasar frente a la fachada de la Iglesia Bautista, aún nos espera aquella mujer, mirándonos como un abrazo, mientras llena el cucurucho de papel con el pulso renqueante, y feliz de que, pasado el tiempo, igual que en un cuento de Anderssen, nuestro recuerdo la devuelva, siquiera por un instante, al lugar que le pertenece.


(Publicado originalmente en mi blog www.elgranakiba.blogspot.com el día de Nochevieja de 2009)

domingo, 14 de diciembre de 2014

Confieso que he leído X: El Capitán Alatriste, Pérez-Reverte

Ni te imaginas la alegría que me dio tu autor cuando te creó. Incondicional entusiasta de las aventuras de capa y espada, me quedó la miel en los labios con la genial "El maestro de esgrima", una de las mejores novelas del último cuarto del siglo XX en castellano. Por suerte, llegaste tú, con tus cuitas con el malvado Malatesta, tu fiel Iñigo y su amada Angélica de Alquezar, el genial Quevedo y otros tantos personajes magistralmente perfilados, en los que cada uno tiene su insustituible papel.

Lo he pasado bien leyendo tus aventuras, sobre todo esta primera entrega, y otras más que contaremos en un futuro. Y cada lectura, repetida, me llega con ojos nuevos, como si fuese la primera vez cada una de ellas. La intriga de una lucha a espada y su desenlace, las maquinaciones palaciegas, que nunca sabe uno como van a resultar, la fidelidad de unas amistades que nunca te fallan, aún a riesgo de tener que cruzar hierros en cualquier taberna del Madrid antiguo.

      Es en estos lodos donde mejor se maneja tu escribiente, Arturo domina este tipo de novela como nadie en España. No sabría como agradecerle tantos buenos ratos. Lo que sí que es todo un regalo es que las cuatro novelas que prometió en un principio, vayan ya por siete y no sepamos cuando tendrán fin. Espero que no tarde mucho en contarnos tus nuevas aventuras, que tres años son muchos sin ellas. Vamos, Arturo, no te hagas de rogar, hombre.

Web del Capitán Alatriste

Nuestro héroe

sábado, 13 de diciembre de 2014

Patio de butacas III: El Dorado, con John Wayne y Robert Mitchum

En la videoteca de mi hermano, ocupaba el número 2 de las grabadas aún en sistema Beta. Dudo que queden restos de la película en aquella cinta, pues la vi hasta desgastarla. Ahora, por fin, la conseguí en DVD, aquí en las tierras de Alemania, por suerte con el doblaje en castellano.

Un delicioso western, con un fino sentido del humor, y una historia de viejas amistades, que llevan a John Wayne, Cole Thorton, a ayudar a un borrachín Robert Mitchum, Sheriff Harrah, en una disputa entre familias por unos terrenos con agua potable para el ganado. El entrañable personaje de Mississipi, encarnado por James Caan, resta mucho dramatismo a la cinta.

Es curioso, pero John Wayne ya se apellidó Thornton, una ene más, pero igual pronunciación en la realidad, en otra película: El hombre tranquilo, de la que hablaremos en un futuro.



      Esta película demuestra que, cincuenta años después, las buenas historias, bien contadas y bien interpretadas, siguen vivas y aún despiertan nuestro interés y consiguen que pasemos un buen rato. Por encima de otras, quizás más famosas, esta El Dorado, ocupa un lugar preferente en mis afectos del Séptimo Arte.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La biblioteca de la buhardilla III: Es Navidad.

            El camión se alejaba renqueante por la calle estrecha en la que había descargado su mercancía, sin que nadie se entretuviera en contemplar la espesa polvareda que levantaba a su paso. Era temprano, recién amanecido el mes de diciembre, frío, húmedo y sin embargo soleado, abrigadas las casas de leña y braseros donde calentar los pies y las almas. Comenzaban a llegar los aromas de la Navidad cercana, cuando la pobreza trata de sacar la cabeza del fondo, aflorando sonrisas y afectos, al tiempo de compartir la humildad de una mesa llena de esfuerzos y escasa de manjares, justos los dulces que llegan apenas a la boca de los más pequeños, triunfantes con el pequeño agasajo del turrón de una tableta repartida entre varias familias del vecindario.

            La guerra dejó muertos que ya no sufren, pero aún fueron más los heridos por la posguerra de hambre y casas rotas, de escasez y racionamiento que a duras penas a todos llegaba. En cada familia había un ausente de la Nochebuena, uno de esos que ya no vuelven y de los que no quedaba más consuelo que el “Dios lo tenga en su gloria” que curas y plañideras repartían entre sus deudos, con más rutina que sentimiento. Caía la vida casi en la resignación de lo inevitable, entre lo llevadero del verano y lo insoportable de los rigores invernales, alimentada la ilusión por las soflamas infumables de los camisas azules, que apelaban al Generalísimo, a Dios y a la Patria, olvidándose de las necesidades terrenales de su glorioso pueblo.

            Disipada ya la nube de polvo y humo, volvió la tranquilidad a la calle. Decenas de cajas de madera se amontonaban frente al número 7, esperando ser almacenadas. Josefina cruzó de acera y asomó la cabeza por la puerta de la casa de enfrente a la suya:

-         Xiques, eixiu que que hem de ficar les caixes a casa
-         Anem ja, nena

Tres mujeres salieron inmediatamente a ayudar a su hermana mayor.

-         Si qué heu demanat torró enguany, comentó Guillermina
-         L’any passat es va vendre tot, pareix que la gent va animan-se
-         Dona, un poquet si que sembla que haja millorat. I a mès, el raïm ha anat molt bé, sense cap pedregà.
-         No xarrèu tant, que hi ha molta feina. Encara no hem posat la dina i ja casi és migdia!
-         Ale, Manola, tira tu davant.

            Entre las cuatro, en poco más de una hora, tuvieron todo el turrón en el almacén, clasificado y ordenado: Xixona, Alicante, tortas imperiales, mazapán y pastelitos de gloria.

-         No has demanat Pan de Cádiz, preguntó Manola
-         No es ven molt, pèro tenim dos en la caixeta de mostres. No patisques que el teu home no s'en queda sense ell.

            Manola sonrió y le dio un sonoro beso a su hermana mayor.

-         El que val la meua germaneta!!
-         Mirales, sempre barallan-se i ara a partir un pinyó, rió Guillermina guiñándole el ojo a su hermana María.

            Se rieron las cuatro, contentas de haber terminado la parte dura del trabajo.

-         Ara a fer els paquets de les comandes. Esta vesprada, en vindre Luis i Manolo, ens posem tots, i demà els xicots poden començar a repartir els paquetets, dijo Josefina.
-         Primer tenim que apartar el de mosatros, nena.
-         Si, Guillermina, anem a deixar-lo en el pastaó de la mare. Alli no ho vorà ningú.
-         Tens el paper on vam anotar-ho tot?

            Las hermanas separaron cincuenta pastillas de turrón, entre Xixona y Alicante.

-         Agarrem vint-i-cinq de cada?
-         Millor trenta de blà i vint del dur, que molta gent no pot amb l’armela sansera.
-         Tens raó, concedió María
-         Hem de pagarli a Josefina 1,078 pesetes.
-         Jo tinc cinquanta pesetes de la mare, que vol ajudar, dijo Guillermina dejándolas sobre la mesa.
-         El senyor cura em va donar 100 pesetes, pero no s'ho digueu a ningú que sino té cúa a la sacristía demananli.
-         Vint duros l'hi has sacat al pare Andrés? Manola, filla, no sé com ho fas.
-         Josefina, dona, el agarraría en un renunci

            Todas rieron. Guardaron las pastillas en el amasador de la casa de su madre y volvieron a sus quehaceres cotidianos, entre pucheros, niños entrando y saliendo y avemarías de bienvenida.

            Los días transcurrían lentos, abrazados a la vejez del otoño que se despedía ceremonioso, con un manto de hojas ya desgastado sobre las calles,  que el viento del norte dispersaba, para ocupar su sitio el rocío helado de las auroras, roto por las recias ruedas de los carros y los cascos de las mulas, transformando el límpido espejo de la madrugada en un barrizal que era recogido por las mujeres cada mañana.

            Al amanecer de la Nochebuena, las cuatro hermanas ya andaban entre fogones, ayudadas por su madre que compartía, orgullosa, la generosidad de sus hijas.

-         Mentre bull el caldo, anem retallant el torró, dijo María

            Las cinco se pusieron a cortar porciones de turrón, que envolvían con papel de periódico y luego colocaban en unas cestas redondas de mimbre. El aroma del caldo iba impregnando toda la cocina, repicando la tapadera al llamado del hervor. Dejaron al fuego hacer su trabajo, mientras ellas continuaban el suyo. Cuando terminaron de envolver los dulces, colocaron las cestas en el salón y volvieron a la cocina a resolver el trajín de las ollas.

-         A quina hora vindrà l’home amb el carro de brases?
-         A les sis, Manola, respondío Josefina.
-         Von aneu totes menys tú, Josefina, així m'ajudes amb la sopa.
-         Si, mare. I els xicons poden anar amb elles.
-         Deixem les olles amb el foc fluixet, que no s'enfreden, i en vindre l'home ho saquem tot, dijo Guillermina.

            A las seis de la tarde, puntual, el carro del tío Tobías estaba dispuesto en la calle. Con tres braseros en su plataforma, mantendría calientes las ollas el mayor tiempo posible. Las colocaron cuidadosamente sobre las brasas, y luego las cestas en los laterales exteriores. El carro echó a andar con las tres hermanas al lado del carretero, que iba andando junto a la mula, mientras los niños zumbaban a su alrededor, jugando alegres y despreocupados.

Enfilaron la calle San Pedro, donde no habían llegado las escasas luces de colores que adornaban la Navidad y pareciera que en lugar de la Nochebuena transcurría por las casas y vecinos apenas un día normal. Los niños jugaban como cualquier otra tarde, aguardando las voces que los llamaran a la cena o quizás ya directamente al sueño.

Pararon la carreta al principio de la calle, concurriendo de inmediato niños y vecinas cargados de preguntas con que saciar la curiosidad. Al aroma cálido de las ollas, despertó el hambre de la audiencia y fueron aún más conscientes de lo pobre de sus mesas.

-         Traed recipientes para que os pongamos algo para la cena, dijo Guillermina a las mujeres que se habían acercado. Niños, avisad a toda la calle, venga, continuó dirigiéndose a los chavales del barrio.

Salían las madres por los portales, temblando las viejas soperas en las manos ávidas del calor de un buen caldo acariciando su vientre de porcelana.

-         ¿Cuántos sois en casa, Maruja?
-         Cinco, Manola

Y le llenaba el recipiente con cinco cucharadas soperas generosamente colmadas de sopa cubierta y cinco trozos de carne adobada. Los niños dejaban un paquetito de turrones en cada casa, seguidos por los críos de la calle que preguntaban por el contenido de aquellos trozos de periódico que nadie leería, portadores del dulce remate de la cena de una Nochebuena inesperada para aquellas familias.

-         Qué Dios os lo pague, repetido hasta la saciedad, qué Dios os lo pague, tras las lágrimas brotando de la pena y el agradecimiento, qué Dios os lo pague, y la mente buscando el momento en el que la Navidad dejó de ser feliz en un pasado demasiado reciente aún.
-         Feliz Navidad, repetían las hermanas. Dios quiera que el año que viene no haga falta hacer esto.

Anduvieron cerca de dos horas envueltas de emociones agradecidas, caras ilusionadas de niños que no esperaban Navidad alguna y lágrimas solidarias que brillaban al reflejo de la noche, como los adornos de un árbol tras la ventana semiabierta de un hogar satisfecho.
Las puertas de las casas se fueron cerrando tras ellas, reunidas las familias en torno a una mesa provista de generosidad y calor. Volvieron las hermanas y los niños a la casa de la abuela, donde también les esperaba la misma cena que habían repartido.  Llenos los platos de sopa y las porciones de carne en el centro, bendecida la mesa, como cada día, se alimentaron de risas y familia, de mirarse unos a otros, de tocarse el hombro o la mano, besarse el rostro o regalarse un guiño cómplice. Los pequeños colocando al Niño Jesús en el Belén, los mayores apurando la jarra de vino con que brindar por la suerte de estar juntos.

-         Ara mateix es la Misa del Gall. No anem a tardar molt en anarmon.
-         Faltan aún veinte minutos, Manola, no te preocupes que no hace falta que seamos los primeros, le contestó su marido.

Un sonido les envolvió súbitamente. Un murmullo tierno que llegaba desde la calle, regando la casa de música y color. Josefina se acercó a la puerta y la entreabrió. Cuando se giró hacia el interior estaba llorando, y las manos le temblaban mientras se tapaba la boca conteniendo la emoción.

-         ¿Qué pasa, Josefina? Pregunto su madre

Entonces la hija abrió las dos hojas de la puerta de par en par y una muchedumbre apareció ante los ojos de todos; la calle abarrotada de voces entonando canciones que llamaban a las puertas del cielo, adornaban la noche más feliz a aquella familia. Uno de los nietos de la abuela Pepica cogió al Niño Jesús de su pesebre, y pasando por delante de los mayores que escuchaban al numeroso coro, se sentó en el suelo, acunándolo. Todos, abrumados por el espíritu de aquella Navidad, se unieron en una sola voz, para cantar aquel villancico tan repetido:

“Noche de paz, noche de amor...”


Feliz Navidad, donde quiera que estéis.


La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...