sábado, 17 de diciembre de 2016

La biblioteca de la buhardilla VIII: La casa del Belén.

Lolita Lombao vivía en una casa del Belén. Cada noche sus ventanas se iluminaban de rojo inesperadamente y la vivienda iba y venía de la oscuridad a la luz, espolvoreando su reflejo sobre un fino hilo de lluvia que regaba de rojo toda la calle siquiera por un momento.
Xanín esperaba ver toda aquella magia acurrucado tras su ventana al otro lado del descampado, invisible a aquellas horas de la tarde. Algunas noches no sucedía. A la magia me refiero. La casa de la amiga de su madre permanecía a oscuras como si el prestidigitador hubiese olvidado su varita en el camerino y no hubiese conejos para sacar de la chistera. Entonces Xanín se bebía el vaso de leche tibia y se marchaba a dormir a las puertas de la desilusión.

Cada noche se sentaba tras la ventana mientras su madre preparaba la cena para la familia. El reflejo intermitente de su propio Belén le iluminaba el rostro como un rubor espontáneo que duraba lo que un parpadeo. Cuando la casa de Lolita Lombao se iluminaba, Xanín corría donde su madre a avisarle de la buena nueva: "se ha encendido, mamá, se ha encendido; es una casa de Belén gigante".

Una noche, la noche de un mal día, se encendió la luz de la vecina. La alegría de Xanín se evaporó junto con la magia que él suponía: "No es un Belén, no seas crío. Lolita es sorda, y cuando tocan el timbre se encienden lámparas rojas en toda la casa para que sepa que están llamando". La lluvia de la calle dejó una muestra en sus ojos y rodó sobre sus mejillas para llegar al suelo. Xanín se fue a la cama sin beberse la leche, agarrado a la tristeza como a la almohada. Se quedó desconsoladamente dormido, tanto por la magia ausente como por la crudeza con la que partió.

Transcurrían los días de la Navidad con sus luces, adornos, villancicos y dulces. Xanín había perdido los ojos que hacían brillar todo aquello. Su madre, una mañana, lo vistió como para un paseo y, abrigados, bordearon el descampado por la acera para llegar a casa de Lolita Lombao. Subieron. La mujer les abrió la puerta. Pasaron a la cocina donde las dos mujeres estuvieron charlando un buen rato mientras el niño coloreaba unos cuadernos que se había llevado de casa. En un momento en el que la anfitriona fue al baño, Xanín le reprochó a su madre: "No es sorda, estáis hablando todo el rato". Su madre le replicó, "me lee los labios. ¿No notas que habla raro? Es porque no se escucha".
Xanín no lo había notado. La mujer entró con algo entre las manos. "Toma, Xanín, esto es para tí. Es de cuando vivimos en Alemania. Son villancicos" Y le tendió un disco de 45 revoluciones, con la cara de un niño angelical mirándole a los ojos con inocencia.

Volvieron a casa. Las luces del Belén, las del árbol, las guirnaldas por todas partes y el centro de mesa con ramas de pino y velones no habían recuperado la magia. Xanín seguía viendo todo gris desde el día en que supo que la casa de Lolita Lombao no era una casa del Belén. Aquella noche se sentó ante la ventana a esperar que su padre llegara de trabajar, mientras escuchaba villancicos en el tocadiscos y en la casa salpicaban las luces del Belén. Iba cambiando uno a uno los discos cuando terminaban. Llegó al nuevo, que había dejado para lo último pues pensaba que, en alemán, no le iba a gustar. La aguja del tocadiscos acarició unas voces limpias, serenas, que cantaban como abrazando a quien escucha. Xanín se envolvió de aquella Noche de Paz en lengua extraña, del titilar del árbol y el Belén, del aroma a serrín y pino y del sabor a turrón y mazapanes. A lo lejos, la casa de Lolita Lombao volvía a iluminarse de rojo. No había nadie en la puerta que tocara el timbre, era la magia. Miró al niño que le observaba desde la portada del disco. Le habló. Sí, el niño le habló como todos hablaban a Lolita Lombao: sin voz. Y él le leyó los labios: Feliz Navidad.

(En recuerdo de Lolita Lombao, amiga de mi madre a la que sólo vi una vez. Y me regaló un disco que guardo como un tesoro y del que habla el cuento y cuya portada ilustra este relato)

domingo, 25 de septiembre de 2016

Confieso que he leído XII: Rue des boutiques obscures, de Patrick Modiano.

Suelo ser reticente a la lectura de obras premiadas o de autores premiados. Y mira por donde con esta obra del francés Patrick Modiano he matado dos pájaros de un tiro: la novela es Premio Goncourt y su autor Premio Nobel de Literatura. No sé cual fue el detonante que me llevó hasta ella, o hasta él, pero lo cierto es que ha resultado ser un momento de iluminación importante, porque Modiano es un autor premiado con justicia.

Su prosa es ágil, concisa. Sin adornos innecesarios, ni concesiones a esa literatura recargada que tan a menudo suele reconocerse con galardones a toda luz inmerecidos. El autor va a lo que va, a contarnos una historia de una búsqueda, la de sí mismo, que emprende el protagonista, que ha sufrido un lapsus de memoria, una amnesia que él no sabe de donde procede, pero que le embarca en una investigación de lo más singular.

Modiano profundiza en las miserias del protagonista, sobre todo en lo que se refiere a su temor de que no le llegue a gustar lo que descubra sobre sí mismo. Es particularmente entrañable como el autor nos muestra la ilusión del personaje cuando sus pesquisas parecen llevarle a un pasado halagüeño y prometedor, y el contraste de estas situaciones con otras donde su historia resulta mucho más sórdida y oscura.

Como en la novela de Saramago, "Todos los nombres", el protagonista sufre a veces más por aquello que imagina que por aquello que realmente sucede. Como el portugués, Modiano juega con nosotros al tiempo que lo hace con su personaje, mostrándonos el caramelo del desenlace casi desde la primera mitad de la novela, cuando en realidad todo resulta estar mucho menos a la luz de lo que cabría pensar en un principio.

Es cierto que al haberla leído en francés, me he perdido muchos matices que deben ser importantes para la comprensión de la historia. No me importará releerla en español, ya me he hecho con ella, por cierto. Será de nuevo un gran placer leerla.

viernes, 29 de julio de 2016

Confieso que he leído XI: Manual de Jardinería (para gente sin jardín), Daniel Monedero.

A estas alturas mías, a la edad me refiero, va resultando cada vez más difícil que nada me sorprenda o, al menos, me deje un regusto a nuevo, a terreno virgen, que le reconcilie a uno con la literatura, entre otras cosas, y abandone durante un tiempo esa sensación de más de lo mismo que muchas veces nos acogota el alma.

Llevo mucho leído en este 2016. Y mucho escrito. Y hace poco me encontré con una lectura que me gustaría no haber leído nunca. Jamás. Porque quisiera haberla escrito. Ser su autor, su padre, su madre y su espermatozoide más rápido en la carrera por llegar a las galeradas. Pero no fue. E inclinado el rey, admitida la derrota, no queda más que disfrutar de una lectura fresca, inesperada, útil para el alma y los sentidos, que es mucho decir. Se trata de un conjunto de relatos que prestigian a su editorial ya prestigiosa de por si.

Daniel tiene mucho oficio. No es que escriba, es que es Escritor, que no es lo mismo. Sabe lo que quiere contar y, aún más importante, lo que quiere esconder de nuestra vista y dejarnos vía libre a la imaginación. Es un catalizador de emociones, de sentimientos, de dilemas, dudas y enigmas.

Además, estoy en deuda con él. No sé si algún día escribiré algún pliego que se la pague. Me presentó a Wislawa Szymborska, poetisa polaca, premio Nobel de Literatura. Encima, leí su cuento, por casualidad, en Leknica, una ciudad de Polonia, fronteriza con Alemania, sentado en uno de sus parques. Era la primera vez que estaba en ese país, y me emocionó la coincidencia. La poesía de Wislawa vive ahora en mi libro electrónico, y a ella acudo en busca de socorro cuando noto que se me va secando el alma por la rutina de lo cotidiano.

Fue un honor conocer a Daniel en Madrid el mes pasado. Espero nuevas coincidencias en las que seguro que salgo ganando. Es una gran persona, y un enorme escritor. Merece que le otorguéis el premio de vuestra lectura. Yo ya espero próximas entregas.

Pinchando aquí lo podéis pedir a la editorial.

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...