domingo, 30 de julio de 2017

El Gran Akiba II (Confieso que he leído XVI): Kasparov y sus geniales precedesores I


     Cuando hace algo más de cinco años llegué a Alemania, en mi maleta no llevaba nada que no fuera lo imprescindible para los primeros días. Ropa y poco más. Las únicas excepciones fueron mis trebejos de ajedrez, los primeros que compré con mi dinero allá por 1979 en mi queridísima tienda de Juguetes Elías, y un ejemplar del primer volumen de "Mis geniales precedesores" de Gary Kasparov. Esas piezas son como las flechas del amor que cantaba Karina, van conmigo donde quiera que voy.

   Fueron mi única compañía entonces, aparte de las comunicaciones vía Skype con la familia. Tras recorrer la historia de los jugadores anteriores a los campeones del mundo y la vida y obra de Steinitz y Lasker, primer y segundo campeón del mundo respectivamente, arrinconé el libro. En realidad, arrinconé al ajedrez como nunca antes lo había hecho. Jugaba poco, leía poco, hablaba poco de él. Y lo poco que jugaba, mal, rematadamente mal.

   Desde hace un mes, Caissa ha vuelto. El tablero me llama como lo ha hecho siempre, incluso a gritos. Me dice que después de los 50 aún se puede aprender, competir, crear. Y retomé el libro pendiente. Y me ha regalado las vidas apasionantes de Capablanca y Alekhine, tercer y cuarto campeón del mundo. Vaya dos monstruos, dos maneras opuestas de entender la vida y el juego. Ahora, 160 partidas y casi 500 páginas después, toca cerrar el libro y devolverlo a la estantería. Y abrir el tomo II. Hacía muchos, pero muchos años que no sentía tanta hambre de jaques y mates. Aún me quedan tres campeones antes de llegar a mi admirado Tahl: Euwe y Botvinnik, que no son muy de mi agrado, y Smyslov, el portador de la armonía. Pasaré por aquí a contaroslo.

sábado, 29 de julio de 2017

El Gran Akiba I: De las herencias recibidas: dos novelderos y Karpov.

El ajedrez es un juego que suele darte tantas alegrías como disgustos. Si en otros deportes uno puede justificarse en la derrota, culpando al árbitro de ella, al aro demasiado duro o a lo mal que estaba la pista, aquí argumentos al azar no caben y si pierdes es en exclusiva por errores propios. Por ello, perder, puede ir acompañado de una sensación de impotencia bastante intensa, sobre todo cuando no somos capaces de entender los porqués de tal derrota. Y todo ello no es fácil de asimilar, por muy buena cara que uno ponga tras la partida, y se conserve la básica educación felicitando al rival.

        Eso, sin duda, es la parte dura de nuestro juego. Uno puede aceptar que otro humano corra más, salte más, o coma más huevos duros en una hora. Pero asumir que el de enfrente piensa mejor que tú, ya es harina de otro costal.

        Pero por suerte, el ajedrez no es sólo competir. Su historia, el conocimiento de su técnica, el estudio de las mejores partidas de los grandes jugadores de todos los tiempos, abren un campo inmenso al conocimiento, y por lo tanto al placer, en este caso intelectual, que está al alcance de cualquiera con interés. No hace falta jugar como un gran maestro para disfrutar de estas facetas del ajedrez, como no hace falta ser Pío Baroja para disfrutar de "El arbol de la ciencia".

       Y dentro de esa Historia del Ajedrez, donde podemos conocer a jugadores de todas las épocas y disfrutar de partidas realmente hermosas, también tenemos la "Pequeña Historia", esa que nos toca de cerca, que formó parte de nuestra cotidianidad en algún momento y que, con la perspectiva del tiempo, nos recuerda de que fuimos testigos de algo entrañable.

        Allá por el año 1981 el incansable divulgador ajedrecístico Román Torán Albero, fundaba la revista 8x8. A diferencia de su competidora, la revista Jaque, la publicación de Torán incidía más en la enseñanza y práctica del juego que en la información y la idea funcionó bastante bien, pues gozó de gran aceptación entre los ajedrecistas aficionados. En esas, la dirección de la revista organizó un concurso en el que había que solucionar unos problemas de ajedrez y entre los acertantes se sortearía el participar en unas simultáneas con el entonces Campeón del Mundo, Anatoly Karpov, a celebrar en Madrid. Un noveldense, Plinio Montoya Belló, ajedrecista bastante fuerte, fue uno de los afortunados ganadores. Para quienes rodeábamos en aquel entonces a Plinio, yo era amigo de su hermano Félix y todos frecuentábamos los círculos ajedrecísticos, aquello fue una auténtica fiesta. Estuvimos antes y después de la celebración de la simultánea, acosando a preguntas al afortunado, y pidiéndole que nos enseñara la foto, en aquel entonces no se hacían miles como ahora, y la partida, así como el ejemplar del libro de Partidas Selectas de Karpov, que el campeón le firmó. Fue una experiencia bastante bonita para todos. Y durante muchos años fue el único noveldense que jugó con Anatoly Karpov.

      Veintiocho años después, en Valencia, pudimos sacar, ya con cámara digital, esta foto:


  Muchos pensarán que la publico como padre orgulloso, ya que la muchacha de amarillo es mi hija Ariadna, jugando en 2009 con el XII Campeón del Mundo, Anatoly Karpov. Y tendríais razón. Pero en esta foto hay algo más, mucho más. Yo tenía 17 años cuando mi amigo Plinio fue a jugar con Karpov a Madrid, y aquello fue una experiencia para mí: un conocido jugó con alguien inaccesible. Impensable. Ahora mi hija hace lo mismo y soy testigo de ello. Al fondo de la foto, con una camiseta gris, perilla canosa y mirando atentamente la partida, está Plinio Montoya. Casi tres décadas más tarde, el pasado y el futuro de mi vida ajedrecística se unen en una instantánea inolvidable. Plinio era un jugador muy fuerte (ya apenas juega) al que nunca pude ganar, aunque en nuestras últimas partidas, en los años 80, él tampoco podía conmigo, varias tablas muy luchadas. Mi hija tiene un estilo y una comprensión del juego parecida a la suya, ambos muy Karpovianos. Mi amor por el ajedrez, casi infinito, reúne ante uno de sus dioses a dos de sus más directos testigos.

     Aquella tarde en Valencia, fue una de las mejores que me ha regalado este juego. Conocer a Karpov y a Kasparov formó parte de ello. Pero esta foto, esta histórica foto, que une a los dos únicos noveldenses que han jugado con un Campeón del Mundo, es un recuerdo inolvidable.

El Gran Akiba 0: nueva sección.

Poco a poco voy a ir abandonando mi blog "El Gran Akiba" donde subía artículos de ajedrez, para incorporarlos a este "Crónicas de Broceliande". Comenzaré por trasladar aquello que creo que merece la pena conservar antes de escribir artículos nuevos en esta sección. Espero que os guste.

domingo, 2 de julio de 2017

Península Poesía II (Confieso que he leído XV): El invierno a deshoras, Valeria Correa Fiz.

Llevaba tiempo sin leer poesía. Demasiado diría yo. Pero hace unos meses leí un libro de relatos de Valeria Correa Fiz, "La condición animal" que me gustó especialmente. A poco de terminar, llegó la noticia de la publicación de su poemario "El invierno a deshoras" lo que despertó mi curiosidad. ¿Porqué? Por varias razones: en primer lugar, me atraen los autores que compaginan la prosa con la poesía, siempre encuentras restos de una en la otra y viceversa, y ese mestizaje suele ofrecer piezas de especial belleza. Manuel Rivas, José Luis Ferris, Luisa Castro pueden ser algunos ejemplos válidos. Y en segundo lugar, porque me suele resultar muy atractiva la voz narrativa o poética de una mujer. Quizás sea por aquello de ser una voz "desde el otro lado" de mi propia sensibilidad, una visión diferente de la realidad y la fantasía.

     Y sí que fue muy distinta. Sentí como si mirara dentro de un espejo, tres metros más allá de su línea de reflejo, viendo la realidad, mi realidad, desde un punto de vista desconocido. Una poesía tan sincera, tan abrumadora, que por momentos tenía que aparcarla para asumir lo que estaba leyendo. Me ocurre con Valeria lo mismo que me sucede con Serrat, que parece que te está cantando sólo a ti, que eres el único destinatario de sus canciones. Y es que "El invierno a deshoras", con sus poemas tan extensos, más de lo que a mí me suele gustar, te invita a la conversación entre versos. Algunos se diría que son relatos disfrazados de poesía. Casi.

    Decía que prefiero la poesía corta, veinte, treinta versos a lo sumo. Pero tampoco es un dogma de fe. Ángel González o Pablo Neruda son dos de mis poetas favoritos y sus obras no son siempre un dechado de brevedad. En el otro extremo está mi querida Ada Salas, cuyos poemas son casi haikus. Valeria justifica la extensión de sus poemas con la sensibilidad que derrocha en ellos, la fuerza que comparte con el lector al que hace cómplice de sus vivencias.

   El primer poema me robó las armas. Me recordó por completo a mi admirada Marina Tsvietaieva. Esa prosa directa, hablándonos a los ojos, prometiéndote amor y afecto. Tendiéndote la mano.

"Voy a salvarte de todo
hasta de la aguja temible de ti mismo."

   Sé que la poesía no está de moda. Debería. Nos invita a la belleza, a la reflexión, a la felicidad de una lectura sin máscaras. Yo os invito a leer este "El invierno a deshoras".

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...