viernes, 20 de octubre de 2017

Leer para escribir IV: Isabel Hernández, mi Maestra.

    Hace unos días compré por internet un ejemplar del Diccionario de uso del español abreviado, María Moliner. De segunda mano. No tenía ningún diccionario en mi casa de Alemania y, aunque utilizo el de la RAE online, me gusta el manejo del libro tradicional. Un comentario de mi hija puso mis recuerdos a trabajar. Ella me dijo que pertenecía a la generación de las nuevas tecnologías, y prefería los recursos informáticos.

    Ese comentario me hizo pensar a qué generación pertenezco yo. Uso con normalidad y naturalidad los recursos informáticos, pero abandonar el diccionario me parecería ser infiel con el esfuerzo que realizaron mis maestros y profesores, no es lo mismo, en mi educación escolar. Y vino a la memoria, una vez más, mi querida tutora de tercero de primaria, Isabel Hernández, en el colegio de los Padres Franciscanos de Alicante.

    Sólo estuve un curso con ella, pero los pequeños hábitos que inculcó en mí llegan hasta hoy en día, cuarenta y cuatro años después. Fue mi padre el que plantó la semilla de la lectura. Él murió cuando yo tenía 7 años y ya había comprado más de cien libros para mí. Al morir, mi madre heredó su costumbre, nunca le dolió el dinero si era para un libro, siempre que lo leyera.

    Pero la semilla precisa de tierra y agua para germinar. En tercero de EGB me encontré a la mejor jardinera que podría haber soñado. Se llamaba Isabel Hernández y he de saldar de alguna manera la deuda de gratitud que mantengo con ella, a quien le debo lo buen lector y escritor que pueda yo ser hoy en día.

   Al recordar aquel aula del primer piso del Colegio San Antonio de los Padres Franciscanos, lo primero que me viene a la memoria es el olor del armario donde guardábamos los diccionarios y bolígrafos. Dice Proust que los recuerdos asociados al aroma son los que más perduran. Ese olor permanece en mi recuerdo como tinta indeleble en la hoja escrita. Fue la primera vez en mi entonces corta vida que me sentí protegido en un aula, sin miedo a un golpe, a un grito, a un la letra con sangre entra de mi colegio anterior. La señorita Isabel tenía el imán de la curiosidad en la voz, nos atraía hacia ella con una fuerza invisible que no pudiéramos enfrentar.

    Mi padre me enseñó a leer desde muy pequeño. Ella me educó a apreciar lo que leía. Me mostró la magia de los puntos, las comas, las pausas en los textos. A encontrar matices que no conocía. Leía de corrido, deprisa, como un loro. Aquello cambió. Aprendí a saborear las lecturas, a entenderlas, a no tener prisa por acabar. A ello tuvo mucho que ver lo acertado de la elección del libro de lecturas de aquel curso. El Senda 3 de Santillana.

Una pandilla de niños, capitaneados por Pandora, la dueña de los vientos, nos llevaría a lo largo de todo el curso de aventura en aventura. Hubo un fragmento que me impactó, y que además la señorita insistió en que lo leyéramos varias veces. En él, Pandora se sorprendía de lo bien que hablaba uno de sus nuevos amigos. Le felicitaba en público y él se sentía muy feliz.
Ese simple detalle provocó que desde entonces procurara hablar siempre con propiedad. No podíamos defraudar a Pandora ni, por supuesto, a la señorita Isabel que le daba mucha importancia a que habláramos bien.

     No es sólo la lectura lo que inculcó mi profesora. Una costumbre que también ha permanecido a lo largo de mi vida, algo de lo que hablábamos al comenzar: el diccionario. Mi maestra nos hacía coger el diccionario cuando empezaba la hora de lectura, y buscar las palabras que no entendiéramos de las lecturas del día. Luego las escribíamos en la libreta con su significado. Fue ella la que nos enseñó a viajar por aquel mercado de palabras y significados. La que nos ayudó a memorizar el abecedario y nos ponía listas de palabras para buscar como ejercicio. El hábito de anotar las palabras que no entiendo, no fue sólo una costumbre escolar.


     Esta ficha es de hace poco. Lo que mi profesora inculcó en mí, perdura. De vez en cuando cojo unas pocas fichas de palabras que en su día no conocía, y escribo un relato, un poema, una reflexión donde aparezcan todas ellas. Como ejercicio. Y como homenaje a una Maestra que si bien sólo estuvo un curso conmigo, ha permanecido toda una vida a mi lado. Muchas gracias, Señorita Isabel.

jueves, 12 de octubre de 2017

El cortejo de las musas III: Soñar para escribir.

Quiero escribir. Aparto los aparejos y me niego hasta la más mínima letra. Ni pensar en una palabra entera. Utopía la frase. Milagro el párrafo y para el cielo fiáis una página siquiera. He de soñar primero.

Dejé Coruña. Dejé Novelda. No vivo en Hamelín, donde el flautista, aunque mi yo real camine por ella. No lo contéis a nadie, pero en realidad vivo en una vieja aldea inexistente de la Costa da Morte. He venido hasta aquí para que sus moradores imaginarios me cuenten una historia que escribir. Están enfermos, todos. Morirán. Algunos al menos. El cura no. La mala hierba ya se sabe. Vendrá un visitante de un pueblo del mar de Iroise. Su aldea quedó enterrada bajo cruces sembradas por la misma enfermedad. Él también murió, y al fallecer se refugió en el bosque de Broceliande cuyas crónicas me permite contaros. Era un druida. Merlín fue uno de sus ancestros.

Recorro las calles del pueblo, casi difuminadas en el olvido; la costa, ora rocosa, ora mansa playa, me lleva hasta el puerto donde amarran cadáveres de naves que zarparon un día, y otro, y al siguiente, hasta que les llegó la derrota del abandono. Hablo con vivos y difuntos. No veo el día de sentarme ante la hoja en blanco. De narrar lo que ocurrió en esa aldea que llevo visitando más de un año. Secretamente. Sólo unos pocos lo sabían.

Los veo conversar, al cura y al druida, sentados ante el parapeto rocoso del acantilado. Estoy sentado entre ellos. No me ven. No saben que estoy allí. Les escucho y contaré lo que dicen. Diré que me lo inventé todo, que es fantasía, ficción, leyenda. Pero vosotros, cuando la leáis, os creeréis hasta la última palabra, porque dentro de vuestras mentes, vuestros corazones, seguís mirando la vida con ojos de niño.

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...