sábado, 25 de noviembre de 2017

Penísula Poesía IV: Le dormeur du val, Arthur Rimbaud.

En la primavera de 1980, mi profesor de francés nos puso como ejercicio el escuchar una canción y tratar de entender la letra. Era algo que nos encantaba, porque salía de la rutina de una clase normal. En aquella ocasión, la canción se quedó para siempre en mi memoria y en mi corazón. Aquel disco, que luego compré y aún conservo, es una colección de canciones impagables, cantadas con un sentimiento difícil de encontrar, pero la que cierra el LP tiene el sabor de lo especial.

La canción trata de un hombre que acaba de recibir la documentación para incorporarse a filas, algo que él no piensa hacer. Se titula "El desertor" y es una canción anti belicista con letra del inolvidable Boris Vian.

    Pero no fue sólo la canción lo que convertía al último corte del disco en mítico. Previamente a la canción, Serge Reggiani recitaba un poema, "Le dormeur du val" de Arthur Rimbaud. Primero me impresionó la forma de recitarlo: abundaban, y abundan, los que confunden recitar con gritar un poema, como si darse golpes de pecho o clamar a los cuatro vientos aportara algo a la obra. Reggiani entiende que la fuerza radica en los versos de Rimbaud y él se limita a darle el ritmo y la flexión precisa de la voz para que el poema luzca en todo su dramatismo. Años más tarde, al comprar el disco y ponerle la canción a mi madre, que no tenía ni idea de francés, recuerdo que comentó que aquel poema estaba muy bien recitado, y me hacía ponérselo de vez en cuando. Acabó por entenderlo.

    Seguramente en ese poema se encuentra el verso más bello que jamás se ha escrito. Pero luego desvelaré cual es. Permitidme que os hable de la historia que cuenta el poeta.

    Habla de un soldado, tendido en la hierba, en un día luminoso y un paisaje bucólico, en la montaña por donde corre un riachuelo. Rimbaud nos hace creer que duerme, incluso con los pies entre los gladiolos y sonriendo como un niño. Nos engaña haciéndonos pensar que el soldado forma parte de la belleza de ese paisaje hermoso.  Pero la realidad está muy lejos de ello; los tres últimos versos del soneto nos revelan que el soldado está muerto, que tiene dos disparos en la parte derecha del pecho. Es, casi con seguridad, uno de los primeros poemas pacifistas de la historia. Es de los pocos que podría recitar, sin gritar como Reggiani, casi de memoria.


    El primer verso del último terceto es demoledor, el que os decía que considero el más bello de toda la poesía. Sí, ya sé que soy exagerado, pero me lo vais a permitir.

"Les perfums ne font pas frissonner sa narine"

    Si lo traduzco literalmente al castellano, sonará como un estornudo, pero servirá para entender qué quiere decir: "los perfumes no excitan su nariz". Una forma bellísima de decirnos que nuestro soldado está muerto. El poema en sí es maravilloso. 



C'est un trou de verdure où chante une rivière,

Accrochant follement aux herbes des haillons

D'argent ; où le soleil, de la montagne fière,

Luit : c'est un petit val qui mousse de rayons.


Un soldat jeune, bouche ouverte, tête nue,

Et la nuque baignant dans le frais cresson bleu,

Dort ; il est étendu dans l'herbe, sous la nue,

Pâle dans son lit vert où la lumière pleut.


Les pieds dans les glaïeuls, il dort. Souriant comme

Sourirait un enfant malade, il fait un somme :

Nature, berce-le chaudement : il a froid.


Les parfums ne font pas frissonner sa narine ;

Il dort dans le soleil, la main sur sa poitrine,

Tranquille. Il a deux trous rouges au côté droit.



Una traducción más o menos literal, diría: "En la verde campiña, donde se oye un riachuelo, enganchando desenfrenado jirones de plata, el sol de la montaña luce en un valle al que acaricia con sus rayos. Un joven soldado, con la boca abierta, la cabeza desnuda y la nuca húmeda del frescor azul, duerme. Está tumbado en la hierba, bajo el cielo, pálido sobre la cama verde donde llueve la luz. Duerme con los pies sobre los gladiolos; sonríe como lo haría un niño enfermo. Es la siesta. Naturaleza, acúnale dulcemente, tiene frío. Los aromas no le llegan a estremecer. Duerme en el sol, la mano sobre el pecho. Tranquilo. Tiene dos agujeros rojos en el lado derecho"

Más de un siglo después de ser escrito, el poema de Rimbaud está, si cabe, aún más vigente. Os dejo el enlace con la interpretación del genial Serge Reggiani.




viernes, 17 de noviembre de 2017

Confieso que he leído XVII: Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares.

No sé si volveré a escribir. ¿Para qué si lo que me hubiera gustado escribir ya lo ha escrito Julio Llamazares? O quizás deba hacerlo aún con más razón, porque he encontrado ese libro de texto que todos los que aspiramos a que algún día nos llamen escritores buscamos.

Quería escribir desde la sencillez, y la sencillez encontré.
Quería descubrir una prosa límpida, transparente, y pude ver el fondo de la historia porque las palabras no tapaban nada de lo que el artista quería decir.
Quería encontrar una forma de mostrar la belleza de la nostalgia, y esa belleza encontré.
Quería aprender palabras que me acercaran a las cosas que cuento, y había muchas debajo del árbol aún sin ser Navidad.

Y es que Julio cuenta la misma historia una vez. Dos. Tres. Muchas. Una por cada personaje implicado. Al estilo de Naguib Magfuz en "Festejos de Boda", del que ya hablamos en  Confieso que he leído IX, o de Luciano G. Egido en su "La fatiga del sol". El primer capítulo es increíblemente hermoso, casi poético.

Julio Llamazares nos habla del desarraigo, de la nostalgia de una tierra abandonada a la que el abuelo, una vez muerto, quiere volver, que sus descendientes esparzan sus cenizas por el lago en el que se sumergió su pueblo hace cuarenta y tantos años. Y todos y cada uno de ellos da su versión de los hechos. Conmovedor.


No es un libro fácil, de los de andén de estación. Es una novela, casi una novela, para paladearla y reflexionar en ella, para buscarse entre los aromas de un paisaje y de un tiempo pasados que siguen estando, de alguna manera, ahí. Hay pocos escritores en las letras españolas como Julio Llamazares, deberíamos aprovecharnos de él leyéndolo.

He buscado críticas. He encontrado una negativa que me ha demostrado una cosa: los críticos no son más que escritores frustrados, incapaces de entender lo que los genios escriben. Es lo que suele ocurrir.

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...