Beethoven y la Guerra de Cuba I: La partida.

Capítulo 1
La Coruña 1896
            Ludwig van Beethoven no sabía si ahorcarse desde la cofa del barco o tirarse directamente por la borda a las frías aguas del Atlántico. Llevaba ya tres días de navegación a bordo del “Montevideo” en el que había embarcado en el puerto de La Coruña, con destino al matadero en el que se estaba convirtiendo la Guerra de Cuba. Andaba el hombre más que harto de lo sonoro de su nombre, herencia de su famoso tatarabuelo, que le impedía pasar inadvertido en ninguna parte. La última, la que le llevó a la desesperación, el sorteo de quintos para embarcar hacia las Antillas.
            Fue un domingo por la mañana, un par de semanas antes de zarpar, en la Comandancia de Marina de La Coruña al acabar la misa de doce. Su padre se había empeñado en asistir al sorteo y no aguardar a que aparecieran los nombres de los reclutados en la prensa del martes o miércoles. Cuando llegaron, había un pequeño revuelo entre los miembros de la mesa de selección: no aparecía el bombo de los sorteos de quintos. Era un bombo con unas bolas de madera, una por cada letra del abecedario. Se extraería una que marcaría la inicial del apellido que encabezaría la lista de valientes soldados del glorioso ejército español. A partir del afortunado, se listarían los quinientos veinte jóvenes que correspondían a la provincia. El resto se libraría del infierno. Pero el bombo no aparecía. Mientras los soldados auxiliares rebuscaban por toda la Comandancia, el coronel al mando repasaba la lista de aspirantes. A la altura del tercer o cuarto pliego, se detuvo con cierto aire de curiosidad en uno de los nombres. Llamó al cabo furriel.
-       Cabo, venga aquí un momento.
-       A la orden de usía.
-       ¿Este nombre es una broma? – preguntó señalando una de las líneas.
-       No, mi coronel, hay un mozo con ese nombre.
-       ¿Sabe si ha venido?
-       Lo ignoro.
El coronel se levantó, pidió silencio sin que pareciera un ruego, y una vez se hizo con la audiencia, llamó con voz clara y rotunda.
-       Ludwig van Beethoven.
La sala se vistió con un silencio espeso como un puré. Los que no sabían si reír se cruzaban las miradas con los que pensaban que el coronel se había vuelto loco.
-       Ludwig van Beethoven.
Del fondo de la sala, ante el asombro general, se oyó una voz tenue, gutural, inesperada.
-       Presente.
Y una mano alzada reafirmó a la palabra, confirmando su presencia en aquel acto.
-       Acérquese muchacho, acérquese – ordenó el coronel.
Ludwig se fue haciendo sitio entre la concurrencia, que le miraba como buscando la partitura de alguna sinfonía escrita en los puños de su camisa. Llegó ante la mesa que presidía la sala, donde el coronel le aguardaba.
-       ¿Es usted español? Porque ese nombre no es muy común por aquí.
-       Sí señor.
-       Pues mire por donde, va a tener usted el honor de ser el primero de la lista para servir a Dios, a la patria, y a nuestro rey Alfonso. Algo glorioso para todo español que se precie.
-       Mi madre es alemana, coronel. No sé si quizás eso puede resultar algún impedimento para que me conceda tal privilegio.
-       El Imperio Alemán es un gran aliado de nuestro país. Puede usted partir tranquilo y satisfecho.
Y acabó el acto con el capellán castrense rezando un padrenuestro, que el pobre Ludwig pensó que era por las futuras almas en pena que aún corrían por sus cuerpos, para ir ganando tiempo antes de que se amontonen las extremaunciones.
Recordando aquel domingo, Ludwig miraba la estela que la quilla iba dejando en el mar, apoyado en la barandilla de cubierta, pensando en arrojarse desde allí mismo. Había descartado ahorcarse: no sabía hacer el nudo corredizo y le daba miedo matarse mal. Además, escuchó una vez que los ahorcados se empalman al morir asfixiados y no quería ser objeto de burla entre sus compañeros. “Míralo, se murió feliz”.
Tampoco se decidía por lanzarse al mar. El agua estaba muy fría y su madre le advirtió varias veces antes de zarpar: “lleva cuidado, no te mojes los pies, a ver si te resfrías.” Y una cosa es suicidarse y otra no hacer caso a una madre.

En esas andaba, cuando sonó el toque de fajina. La cubierta se quedó vacía a la hora de comer y nadie podía desbaratar sus planes. Pero la verdad es que tenía hambre. “Mejor con la barriga llena – pensó. Aunque eso descartaría el tirarme al mar. Al menos hasta que pasen las tres horas de la digestión”. Y bajó al comedor envuelto en su dilema sin resolver.

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