Beethoven y la Guerra de Cuba II: Francisco Guerra.

A esas horas, el comedor era un bullicioso concierto de voces acompasado por los rítmicos golpes de las cucharas de metal sobre las bandejas. Su tatarabuelo habría necesitado muchísimo papel pautado para dibujar esas melodías y el rumiar de esa multitud de muchachos que engullían la ración de caldo en una estancia húmeda, de techos bajos y ventanas diminutas, cerradas, por la que corría la serpiente de la muerte arrastrándose en los tablones hinchados del suelo. Los del primer turno acababan el almuerzo en esos momentos y Ludwig se puso a la cola detrás de un muchacho enjuto, de pómulos marcados y pelo lacio, que enseguida quiso entablar conversación con él.

–Tú eres el del extraño nombre, ¿verdad?

«Lo que falta», pensó Ludwig. «Marcado de por vida, también en alta mar». Se limitó a asentir como respuesta.

–Yo soy Francisco –dijo el muchacho tendiéndole una mano–. Francisco Guerra.

Los dos hombres se estrecharon las manos y Ludwig esbozó una tímida sonrisa que pretendía ocultar la ironía del nombre de aquel compañero. Iban a la Guerra (aunque no estaba claro que el verbo ir fuera el más apropiado, quizá obligados, lanzados a su suerte…) y uno de los combatientes llevaba su destino como apellido. Sin embargo, Ludwig no dijo nada de eso. Se limitó a responder: –Tanto gusto. La cola avanzaba despacio, quizá porque los jóvenes soldados eran reacios a engullir aquel caldo insípido e incoloro sin nada sólido que masticar.

–Yo soy de Pontesampaio –dijo Francisco–. Está en la misma ría de Vigo. ¿Lo conoces?

–Todos conocen Pontesampaio –respondió Ludwig–. La batalla contra los franceses, ¿no es así?

–Exacto. Y, de nuevo, otra guerra.

–Ya. No salimos de una y ya estamos en otra.

Francisco avanzó un par de pasos más y un hombre grueso, con las muñecas abultadas y las piernas cortas le dio una bandeja medio sucia y, casi en el mismo movimiento, le echó dos cucharadas del caldo. Ludwig comprobó que el líquido, entre blanquecino y amarillento, parecía un colado de agua de mar. Cuando llegó su turno, esbozó una sonrisa (su madre siempre se lo decía: «sonríe y las cosas te irán bien»), pero el cocinero seguía con el rictus seco y agrio. Le puso sus dos cucharadas y Ludwig salió de la fila. Francisco lo estaba esperando y juntos se sentaron en una de las mesas que había quedado libre. Ludwig volvió a mirar a su compañero. Tenía los ojos vivos, que lo miraban todo como si fuera la primera vez que observaban el mundo. Tras la primera mueca de asco al probar la sopa, el hambre endulzó el sabor e hizo más llevadero cada trago. Francisco casi había terminado su plato y, entonces, lo miró.

–¿No comes? –le preguntó.

–No tengo mucha hambre, la verdad –respondió Ludwig–. Además, mi madre me dio algunos embutidos y salazones. Los tengo arriba, en mi maleta.

–Como alguien los huela no va a quedar ni el pellejo.

–¿Por eso engulles con tanta avidez?

–Quién sabe cuándo volveremos a comer –dijo Francisco–. Vamos a la guerra. ¿No has leído los periódicos?

Ludwig se encogió de hombros. El levantamiento en Cuba había empezado en febrero del año anterior y claro que había escuchado las historias y los relatos que llegaban de allá, pero prefería aislarse del mundo y hundir la cabeza en la lectura y el estudio. Total, ¿para qué? Ha acabado, igual que otros llamados a filas, embarcado a América para defender la patria. Otra ironía. Años y años de lectura (los poemas de Rubén Darío, de los que no se separaba nunca; las aventuras fantásticas de Julio Verne; el inigualable Benito Pérez Galdós) para terminar en el Montevideo. Enfrente, tenía un futuro incierto. De haber tenido posibles para evitar ser alistado, habría podido estudiar. En la Universidad de Santiago, quizá en la de Oviedo. En unos años podría regresar a La Coruña y trabajar como abogado o periodista, seguir la estela de su admirado Espronceda. Ahora, la guerra había aguijoneado el curso de los acontecimientos y cortaría de raíz las vidas de cientos y cientos de muchachos de su generación. La guerra lo cambia todo. Lo había escuchado miles de veces. Además de los conflictos entre carlistas y liberales, España había sufrido numerosas guerras a lo largo de todo el XIX. Derrotas contra los dominicanos, la independencia de México y el Perú y, de nuevo, por enésima vez, una guerra contra los cubanos. Sin embargo, el siglo agonizaba y, también, las fuerzas de la patria. Ludwig pensaba que el Gobierno mandaba a los muchachos a combatir lo que ellos no podían conseguir por medio de la diplomacia. Pero, en cualquier caso, ¿qué sabía él si apenas acababa de abrir los ojos al mundo y ya lo habían lanzado a ultramar?

–¿Sabes cuándo nos harán la instrucción? –preguntó Ludwig, que tan solo había probado una cucharada de su caldo.

Francisco Guerra frunció el ceño y le dijo:

–Seremos afortunados si nos enseñar a cargar antes de bajar del barco. ¿Nunca has disparado?

Ludwig negó con la cabeza y su compañero lanzó un bufido al techo.

–Yo solo sé escribir y leer –se justificó.

–Escribir, ¿has dicho?

–Así es –contestó con orgullo Ludwig.

–¿Cartas también?

–Cualquier cosa.

–Pues entonces es mi día de suerte. Acompáñame a cubierta. Tengo algo que enseñarte. 

Francisco se levantó como impulsado por un resorte y Ludwig no tuvo otra opción que seguirle, pues el muchacho casi había alcanzado el pie de la maltrecha escalera.

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