lunes, 21 de mayo de 2018

Beethoven y la Guerra de Cuba III: La carta.

Francisco Guerra y Ludwig van Beethoven esperaban en el calabozo la hora de su ejecución. Al alba serían llevados al muro del cementerio y fusilados por desertores. Habían llegado aquella mañana a La Habana; los detuvieron nada más bajar del barco. Se les juzgó a mediodía. El juez dejó la sentencia para después de la siesta.


        - ¿Merecerá la pena que comamos? - preguntó Ludwig a su amigo.

        - Al menos nos fusilarán con la barriga llena.

    Abrió la puerta el cabo de guardia, seguido de dos soldados con la comida.

        - Tomad el rancho. Lentejas. Os hemos quitado el chorizo; igual os fusilan antes de que hagáis la digestión, y sería una lástima desaprovecharlo.

        - No jodas, cabo.

        - De postre, manzana, que aprieta las tripas. Os vendrá bien para que no os vayáis por la pata abajo.

    Y se marchó la comitiva, dejando a los reos mirando las bandejas sin un ápice de apetito.

        - Ya te dije yo que no era una buena idea escribirle esa carta al Gobernador Militar diciéndole que desertábamos. Por mucho que fuera tu padre - protestó Ludwig.

        - ¿Quién iba a pensar que la Regente María Cristina lo nombraría Consejero Real y que se iría urgentemente a Madrid?

        - Pues por lo visto, al nuevo Gobernador no le ha debido hacer ninguna gracia la cartita. Sí que se dio prisa el correo, sí, que aún no habíamos bajado del barco y él ya la había recibido, leído y organizado la bienvenida.

    Después de la siesta, los llevaron al despacho del juez coronel.

        - Sientense, ordenó.

    No había más asiento que el ocupado por el juez. Lo dos acusados se miraron y permanecieron en pie.

        - ¿No me han oído? ¡Qué se sienten!

        - No hay ninguna silla, mi coronel - repuso Ludwig.

        - ¿Con remilgos ahora, soldado? Es una orden.

    Francisco Guerra y Ludwig Van Beethoven se sentaron en el suelo, perdiendo de vista la cara del coronel. Oían el pasar de hojas y el rasguear de la pluma sobre los documentos al ser firmados. El juez comenzó a hablar.

        - Carta fechada a bordo del Montevideo en marzo de 1896. Dirigida a don Atanasio Guerra y Miracielos, Gobernador de la Capitanía General de Cuba, duque de Rubí y marqués de Tenerife. ¿Ha estado en Tenerife, muchacho?

        - Sí, mi coronel - contestó Francisco.

        - ¿Dónde está usted que le oigo pero no le veo?

        - Sentado en el suelo, señor.

        - ¡Levántese, hombre!

        Se levantaron los dos de inmediato. El coronel miró a Ludwig.

        - ¿Usted también ha estado en Tenerife? - le preguntó.
     
       - No mi coronel.

       - Pues vuélvase a sentar.

    Volvió a mirar a Francisco.

        - Una lástima que don Atanasio haya sido llamado a Madrid por la Regente. Tuvo que volver urgentemente a la capital. Lo siento por su madre.

        - ¿Qué pinta mi madre en todo esto, señor?

       -  Hombre, Guerra, la Regente ha cesado a su padre para tenerlo cerca de palacio y poder invitarlo a realizar, ¿cómo lo llamaríamos?, prácticas de alcoba.

        -  ¿Prácticas de alcoba?

        - ¿Quiere que se lo explique? - preguntó el coronel.

        - No es necesario, señor.

        - Me lo temía.

    El juez siguió con su relato de los hechos.

        - Esa carta la escribió el señor Beethoven a dictado suyo, y en ella manifestaban su intención conjunta de desertar. ¿Esto es así?

        - Era una broma dirigida a mi padre, mi coronel. En ningún momento pensamos en desertar.

        - Pero no tienen ustedes ninguna prueba o testigo que puedan sostener su afirmación de que todo esto era una broma. ¿Me equivoco?

        - No, mi coronel.

        - Pues sintiéndolo mucho, serán ustedes fusilados mañana al amanecer. ¡Guardia! llévelos de nuevo al calabozo.

    No les dieron de cenar, no fuera que les sentara mal y no pudieran fusilarlos. No durmieron en toda la noche, desvelados por el miedo. Un capellán castrense estuvo con ellos hablándoles de la Palabra de Dios, impregnándoles del temor divino y de la importancia del arrepentimiento ante lo inminente del fatal desenlace.

    A las cuatro de la mañana, Ludwig explotó.

        - ¡Cuartelero, cuartelero! - gritó.

    El guardia se acercó a la reja de la celda.

        - ¿Qué pasa?

        - Llévate al cura, por Dios. Llévatelo o me corto las venas con el filo del cáliz y mañana no fusiláis a nadie.
 
        - Hijo, ¿porqué me tratas así?, ¿qué te he hecho? - se quejó el cura.

        - ¿Qué porqué le trato así? Suerte tiene de que no tengo dos maderos y clavos a mano, porque lo crucifico a pelo, sin pasar por Pilatos, ni por las tres caídas de Cristo, ni por el Gólgota que lo fundó. Como el Nazareno, bien clavado a la cruz. Y a los lados, en vez de un ladrón bueno y uno malo, dos gallegos gilipollas que llevan seis horas soportando su sermón. ¡Largo!

    Al amanecer entró la guardia a buscarlos. Les ataron las manos a la espalda y salieron en formación hacia el cementerio del cuartel. El pelotón ya estaba formado a unos metros del muro principal. Los colocaron frente a ellos y cuando el cabo iba a vendarles los ojos, Ludwig protestó.

        - ¿No tenemos derecho a una última voluntad?

        - Tú has leído muchas novelas, muchacho - contestó el sargento. Siga con ello, García.

    El cabo les vendó los ojos y se retiró de la línea de fuego. A Francisco y a Ludwig les temblaban las piernas. Notaban el sudor correr por sus espaldas, especialmente frío. El sargento dio las voces.

        - ¡Apunten!

    El silencio se adueñó de la escena. Hasta el murmullo del mar, tan cercano, calló. El aire se detuvo. Las gaviotas dejaron de graznar.

        - ¡Fuego!

    Y las armas resonaron en toda la bahía. Francisco y Ludwig cayeron de rodillas. Gritaban aterrorizados; los disparos aún retumbaban en sus cabezas. Les temblaba todo el cuerpo de terror, pero no sentían dolor. Notaban deslizarse algo por sus pechos, no sabían si sudor o sangre, tapados aún los ojos por las vendas. Volvió el silencio.

        - ¿Estás muerto? - preguntó Ludwig.

    De pronto se oyó una carcajada general. Alguien les quitó las vendas. Tardaron un rato en ver algo, justo el tiempo de desatarles las manos. Un hombre alto, uniformado, distinguido, se dirigió a ellos.

        - ¿Papá?

    Anastasio Guerra y Miracielos había contestado la carta de su hijo fusilándolo. Un poco al menos. Y lo abrazó.

sábado, 19 de mayo de 2018

El Cortejo de las Musas IV: La perspectiva del pintor.

Dicen que uno de los mayores problemas con el que se encontraban los pintores del Antiguo Egipto al decorar los hipogeos, era lo estrecho de las estancias, que les impedía dar un paso atrás para ver el efecto de la obra.

Yo he dado un paso atrás. No para ver mi obra, que no tengo, simplemente cuento historias. Tampoco para descubrir si realmente me gusta escribir, ni si me hace feliz despertar emociones a mis lectores imaginarios. (El lector nunca existe, es un ente irreal: nadie lee o debería leer delante del autor)

No se trata de nada de eso. He dado ese paso para preguntarle a la hoja en blanco si me quiere. Si me lo va a poner difícil. Si me lo va a seguir poniendo cada vez más difícil, mejor dicho. He arrastrado los pies para ver mis huellas, y comprobar si en realidad dejan la pisada que quiero dejar. Si esa hoja no está mejor virgen que escrita. Todo eso transcurre por mi mente, mientras me resisto a decidir qué hacer con el pincel que aguarda rematar el fresco en la pared.

Hace meses que dejé mi grupo de escritura creativa. Adela, te echo de menos. Ya lo sabes. A los demás también, pero es que tú me entiendes tanto cuando escribo, que conversar contigo es darme cuenta de lo que hago bien y de lo que hago mal. Siempre tendremos un papalote que volar.

He echado de menos a mi guía, a mi "seño", quisiera que fuera mi amiga. Isabel es la culpable de tanta pregunta, porque nunca me dejó quedarme en la superficie, y allá donde me zambullí suceden estas cosas. Cada palabra que enhebro es gracias al hilo y a la aguja que ella me enseñó a manejar, y aún espero que me cuente más secretos de la costura.

Han sido los tres últimos meses un tiempo sin escritura. Sin leer siquiera un línea. Una frase. Una palabra bien escrita. Hoy me he sentado ante mi cuaderno, que me esperaba impaciente. No, sin prisas, no he escrito nada. Lo he apartado, y he abierto el ordenador. Quería sacar fuera todo esto que os cuento. Compartirlo con vosotros. Mañana, abierto el cuaderno, o alisada la hoja en blanco, cogeré el bolígrafo. Veremos si se entienden.

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...