Entradas

Confieso que he leído V: Mis diez favoritas.

Imagen
Quizás podría enumerar alguna más, pero hay que marcar límites. Digamos que mis favoritas son estas diez: El árbol de la ciencia, Pío Baroja Los pazos de Ulloa, Emilia Pardo-Bazán La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza Ensayo sobre la ceguera, José Saramago O lapis do carpinteiro, Manuel Rivas La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón Son de mar, Manuel Vicent El cant de la joventut, Montserrat Roig Los niños tontos, Ana María Matute La sombra del ciprés es alargada, Miguel Delibes Espero que os gusten.

Confieso que he leído IV: La Sombra del Viento, Carlos Ruíz Zafón

Imagen
No te esperaba, la verdad. Acomodado el paladar a los buenos conocidos, Delibes, Mendoza, Matute, entre otros, y a los no tan buenos pero también grandes contadores de historias, Pérez-Reverte y Vázquez-Figueroa, por ejemplo, que ya urdía uno que las posibilidades de encontrar algo que llegara hasta la sorpresa, se antojaba cuanto menos que improbable. Barcelona tuvo que ser, un cementerio tuvo que ser, de libros tuvo que ser. La Ciudad de los Prodigios que nos contara Mendoza en otra irrepetible, bordeando la Catedral del Mar que no tardaría en llegar a la mano de Falcones. Qué tendrá la ciudad Condal para hechizarnos en cuanto la pluma se embala hablando de ella. Tan increíble me resultó tu lectura, que tres veces quedé incrédulo buscando la fe necesaria para confiar en lo que leía. Ni por esas. Tengo pendientes al menos otras tres, esperando ser más afortunado en el futuro. Gracias, Zafón, por escribirla.

Confieso que he leído III: Wilt, Tom Sharpe

Imagen
 Hombre, Tom, ¿cómo se te ocurre morirte, precisamente ahora que la crisis da para tanto sarcasmo? Además, vaya disgusto para la buena gente de Palafrugell: ya se les marchó el gran Pla, don Josep, y ahora tú, después de varios lustros de adoptarte como catalán. Tus paisanos igual ni se enteran, de tanto que les has dado para el pelo, con impertérrita justicia ante las críticas que suscitaste. Y es que cómo se te ocurre no mirar al mundo desde la atalaya del Imperio de su Graciosa Majestad, que no sé si se dice así, ni me importa, donde todos somos súbditos de los aires de grandeza de la pérfida Albión. Por eso eres grande, porque quisiste vivir entre nosotros, en la Costa Brava catalana. Y porque nos hiciste felices con tu humor negro, nigérrimo, que conocimos al presentarnos a tu querido WILT. Qué gran aprendiz  de matarife, el buen Henry, ensayando el asesinato absurdo de su absurda esposa. Tuviste una genial idea al hacer coincidir sus ensayos de matón, con los delirio...

Confieso que he leído II: Holocausto Manhattan, Bruno Nievas

Imagen
Esperaba más de ti, lo confieso. Después de ponerme el caramelo en la boca e invitarme a disfrutar de la promesa de algo fresco, ágil, innovador, casi sorprendente, resulta que te empeñas en que el dulce dure demasiado y termino aburrido de darle tantas vueltas a lo mismo durante muchas páginas. Me traes desde Auschwitz a Manhattan, del siglo XX al XXI, sin transición ni espera, sin avisar, recreándote en la violencia, quizás demasiada y dejando personajes a medio hervir. Cuándo el nombre es su mayor distintivo, llega un momento en que uno no sabe de quien estás hablando. Y me pasa. Demasiadas veces. Tampoco tu historia soportaría el tan traído y llevado tema de la paridad. Sólo una mujer, rodeada de policías, militares, conspiradores y otros hombres absolutamente sonados, que encima es la protagonista del final, que nos trae algo del aromilla de los folletines de posguerra. He pasado un buen rato, para qué negarlo, pero me sobraron cincuenta páginas. Tiene mérito: de algunas d...

Confieso que he leído I: La Catedral del Mar, Ildefonso Falcones.

Imagen
Vivía yo entre los escépticos, como siempre que los trompeteros anuncian la llegada del Mesías, para dejarnos finalmente con la desilusión de un profeta más. Arrinconado en la estantería junto tantos otros de igual factura, que aguardan mejores ánimos lectores. Llegaron, al fin, los esperados deseos, al igual que la primavera, que nadie sabe porque lo hace. Así lo dijo el poeta, y así debe de ser. Fue en buena hora, porque no es sencillo encontrar hermosas historias en manos de hábiles trovadores, que nos las hagan llegar a través de la literatura, en forma de novelas que merezcan el nombre de tal. Pocas hay, y Maese Falcones compuso una. Termina uno esperando ver la Catedral construida, y a fe mía que terminas viéndola crecer hasta que la última piedra es colocada. Ves los rayos de sol entrando por las vidrieras, recorriendo toda su planta, iluminando de colores su interior, evocando a la alegría. No nos cabe en la imaginación una Catedral lúgubre y triste: es un templo Medite...

Es Navidad

Equivocaron los Mayas la profecía sobre el fin del mundo. No acabó este valle de lágrimas en la fecha prevista, entre sunamis, lluvias de meteoritos y otras catástrofes anunciadas. Tal vez, lo que su oráculo detectó y no supo interpretar es que, dos mil doce años más tarde, se repetiría la escena que tuvo lugar en Belén, cuando nació Jesús entre un buey y una mula, por mucho que el iluminado del Vaticano venga ahora a trastocarnos la tradición, en vez de dedicar su supuesta infalibilidad a exterminar pederastas entre sus tropas y aliviar el dolor de los que sufren. Si al niño Jesús no le ha importado que durante este tiempo se le acunara entre animales, dudo que vaya a presentar reclamación alguna a los millones de creyentes de buena fe, que nos negamos a dejar esas figuras en la caja del belén durante todas las navidades. Decía que la escena se repite, fiel a los tiempos del Nazareno recién nacido. Todos somos Jesús, muchos de nosotros obligados a buscar posada, fruto de desahuc...

La biblioteca de la buhardilla I: Ausencia III

Imagen
     El niño besó a su padre en la mejilla, mientras buscaba inquieto un parpadeo que le mostrase que la siesta había terminado. Entonces se pondría la gabardina, le cogería su diminuta mano y juntos irían a pasear por los Cantones. ¿Estás dormido? le preguntó susurrándole al oído.  Detrás, en la misma habitación, la familia conversaba sin consideración alguna: chist, ordenó llevándose el índice a los labios, que vais a despertar a papá.     Pedro se quedó esperando, como llevaba haciendo durante varios meses de ausencia de su padre, sentado sobre la alfombra, donde estaba a punto de llegar el tren de las cinco y media: una locomotora negra de cuerda tiraba de cuatro vagones verdes, todos de segunda, renqueante ante la escasez de combustible. Ya quedaba lejana la lluvia que les sorprendió aquella tarde, cuando el otoño había teñido todo de ocres caducifolios que invitaban a la tristeza. Papá, tú también pareces amarillo, le dijo Pedro, mientras le tocaba...