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Confieso que he leído XVIII: La sonrisa etrusca, José Luis Sampedro.

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Como siempre que una novela es alabada por la multitud, me resistí a leerte. Pasó con El Médico, con Los pilares de la tierra y con otras tantas que aún quedan por leer. Este verano corregí mi error. Y doy gracias a los dioses por haberlo hecho. Me he encontrado una novela irrepetible, magistral, donde prácticamente con un solo personaje José Luis Sampedro nos trae y nos lleva del pasado al presente y viceversa, de la vida rústica y a pie de calle de hace años, a la indiferencia urbana de hoy en día. Aunque nos deja abierta la puerta a que, a pesar de esta vida actual, individualista y efímera, queden resquicios para las relaciones humanas sinceras y profundas. El protagonista, un hombre anciano, apartado de su vida rural, que vive sus últimos meses en Milán con su hijo, su nuera y, sobre todo, su nieto, un personaje casi mudo pero imprescindible, encuentra pequeños oasis de vida auténtica en todo ese mundo tan falso e hipócrita de las grandes ciudades. El autor se teje una nov...

El cortejo de las musas IV: La perspectiva del pintor.

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Dicen que uno de los mayores problemas con el que se encontraban los pintores del Antiguo Egipto al decorar los hipogeos, era lo estrecho de las estancias, que les impedía dar un paso atrás para ver el efecto de la obra. Yo he dado un paso atrás. No para ver mi obra, que no tengo, simplemente cuento historias. Tampoco para descubrir si realmente me gusta escribir, ni si me hace feliz despertar emociones a mis lectores imaginarios. (El lector nunca existe, es un ente irreal: nadie lee o debería leer delante del autor) No se trata de nada de eso. He dado ese paso para preguntarle a la hoja en blanco si me quiere. Si me lo va a poner difícil. Si me lo va a seguir poniendo cada vez más difícil, mejor dicho. He arrastrado los pies para ver mis huellas, y comprobar si en realidad dejan la pisada que quiero dejar. Si esa hoja no está mejor virgen que escrita. Todo eso transcurre por mi mente, mientras me resisto a decidir qué hacer con el pincel que aguarda rematar el fresco en la pared...

La biblioteca de la buhardilla XI: La voz de la Navidad.

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     Un niño se sentaba en la acera, con la espalda apoyada en la pared del colegio, cerrado aquel día, contemplando el ventanal del balcón del primer piso del edificio que quedaba enfrente de la escuela. No jugaba, ni leía, ni siquiera se impacientaba. Tan solo aguardaba. Apenas coches en la calzada, las mujeres sacudían las mantas y alfombras, sacaban el polvo de los muebles y espolvoreaban la calle de aroma a guiso y hogar, a través de  las ventanas abiertas de par en par a pesar del frío del invierno reciente. - ¿Qué haces ahí sentado? - le preguntó al niño una mujer que pasaba hacia el mercado. - Espero - contestó. - ¿Y qué esperas, si puede saberse? - insistió - A los ángeles cantando al Niño - respondió inocente. - Qué niño más gracioso. Los ángeles no cantan, ricura.  - Aquí sí. Todas las Navidades viene un ángel a cantar. - ¿Tú de quien eres, chiquillo? - Soy hijo de Manola. Vivo ahí al lado. Mi madre también canta muy bien. Pero cu...

Penísula poesía IV: Le dormeur du val, Arthur Rimbaud.

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En la primavera de 1980, mi profesor de francés nos puso como ejercicio el escuchar una canción y tratar de entender la letra. Era algo que nos encantaba, porque salía de la rutina de una clase normal. En aquella ocasión, la canción se quedó para siempre en mi memoria y en mi corazón. Aquel disco, que luego compré y aún conservo, es una colección de canciones impagables, cantadas con un sentimiento difícil de encontrar, pero la que cierra el LP tiene el sabor de lo especial. La canción trata de un hombre que acaba de recibir la documentación para incorporarse a filas, algo que él no piensa hacer. Se titula "El desertor" y es una canción anti belicista con letra del inolvidable Boris Vian.     Pero no fue sólo la canción lo que convertía al último corte del disco en mítico. Previamente a la canción, Serge Reggiani recitaba un poema, "Le dormeur du val" de Arthur Rimbaud. Primero me impresionó la forma de recitarlo: abundaban, y abundan, los que confunden recita...

Confieso que he leído XVII: Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares.

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No sé si volveré a escribir. ¿Para qué si lo que me hubiera gustado escribir ya lo ha escrito Julio Llamazares? O quizás deba hacerlo aún con más razón, porque he encontrado ese libro de texto que todos los que aspiramos a que algún día nos llamen escritores buscamos. Quería escribir desde la sencillez, y la sencillez encontré. Quería descubrir una prosa límpida, transparente, y pude ver el fondo de la historia porque las palabras no tapaban nada de lo que el artista quería decir. Quería encontrar una forma de mostrar la belleza de la nostalgia, y esa belleza encontré. Quería aprender palabras que me acercaran a las cosas que cuento, y había muchas debajo del árbol aún sin ser Navidad. Y es que Julio cuenta la misma historia una vez. Dos. Tres. Muchas. Una por cada personaje implicado. Al estilo de Naguib Magfuz en "Festejos de Boda", del que ya hablamos en   Confieso que he leído IX , o de Luciano G. Egido en su "La fatiga del sol". El primer capítulo es i...

Leer para escribir IV: Isabel Hernández, mi Maestra.

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    Hace unos días compré por internet un ejemplar del Diccionario de uso del español abreviado, María Moliner. De segunda mano. No tenía ningún diccionario en mi casa de Alemania y, aunque utilizo el de la RAE online, me gusta el manejo del libro tradicional. Un comentario de mi hija puso mis recuerdos a trabajar. Ella me dijo que pertenecía a la generación de las nuevas tecnologías, y prefería los recursos informáticos.     Ese comentario me hizo pensar a qué generación pertenezco yo. Uso con normalidad y naturalidad los recursos informáticos, pero abandonar el diccionario me parecería ser infiel con el esfuerzo que realizaron mis maestros y profesores, no es lo mismo, en mi educación escolar. Y vino a la memoria, una vez más, mi querida tutora de tercero de primaria, Isabel Hernández, en el colegio de los Padres Franciscanos de Alicante.     Sólo estuve un curso con ella, pero los pequeños hábitos que inculcó en mí llegan hasta hoy en día, cuarenta...

El cortejo de las musas III: Soñar para escribir.

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Quiero escribir. Aparto los aparejos y me niego hasta la más mínima letra. Ni pensar en una palabra entera. Utopía la frase. Milagro el párrafo y para el cielo fiáis una página siquiera. He de soñar primero. Dejé Coruña. Dejé Novelda. No vivo en Hamelín, donde el flautista, aunque mi yo real camine por ella. No lo contéis a nadie, pero en realidad vivo en una vieja aldea inexistente de la Costa da Morte. He venido hasta aquí para que sus moradores imaginarios me cuenten una historia que escribir. Están enfermos, todos. Morirán. Algunos al menos. El cura no. La mala hierba ya se sabe. Vendrá un visitante de un pueblo del mar de Iroise. Su aldea quedó enterrada bajo cruces sembradas por la misma enfermedad. Él también murió, y al fallecer se refugió en el bosque de Broceliande cuyas crónicas me permite contaros. Era un druida. Merlín fue uno de sus ancestros. Recorro las calles del pueblo, casi difuminadas en el olvido; la costa, ora rocosa, ora mansa playa, me lleva hasta el puert...