Cuaderno de bitácora XIX: Iván Klánsky (y Carlos Santo) en Novelda.

El piano nos miraba desde el centro de la sala, como una brújula que no señalara siempre al norte. Sus notas eran su aguja magnética que giraban y giraban incansables sobre nuestras cabezas, sin importarle en qué punto cardinal estuviéramos sentados. Se vistió la sala de silencio, aguardando las manos que comenzaran el concierto. Aplausos agradecidos por lo que vamos a escuchar, como una promesa de la belleza que se avecina. Sin más pausas que las que ordena el pentagrama que sólo existe en la mente del pianista, Bach es el prólogo y Schubert, a cuatro manos, dos pianistas, el camino hacia el descanso, necesario para darnos cuenta de lo ocurrido. Desde todas las latitudes y longitudes del pianista, surgen murmullos de admiración; en las tertulias bajo la llovizna que baldea el patio, se habla del asombro, de la maravilla, de lo afortunados que hemos sido por venir. Y nos felicitamos porque aún quedan vueltas que dar a ese glob...