Me niego a madurar

Me niego a madurar,
si ello significa dejar de lado la niñez.
Como podréis comprender,
hoy no estoy dispuesto a perder la sencillez
con la que ama un niño
antes de haber crecido.

Me niego a ser infiel
a mis propios principios
tan sólo por crecer.
Me niego a madurar,
me niego a madurar, repito.
Me opongo a vender
o a negar mi identidad.

    Hace más de veinticinco años que escribí estos versos, y en aquel entonces quien me iba a decir que sería tan difícil ser honesto con lo dicho. No soy un niño, ni lo era en aquellos días. Por supuesto que todos maduramos, pero la queja de esos versos no levanta un protesto contra la huella que nos deja el paso del tiempo, sino contra la pérdida de la utopía, del sentido de la justicia, de la alegría de vivir, de la rebeldía con o sin causa que nos recubre cuando aún no hemos sido deformados por los convencionalismos, el aburguesamiento y la superficialidad que, poco a poco, sustituyen a los valores que se pierden tras la juventud.

  No hubiera imaginado ni por un segundo, que sería tan abrupto lo por andar, como había sido lo andado. Los dioses me castigaron sin padre, primero, y con un ejército de Judas, Iscariotes claro, después de negarme a madurar. Siempre oigo voces que atentan contra la letra de la canción, voces repitiendo una letanía que no se cansa: madura, madura, madura. Como si no fuese madurar pasar las pruebas me tocó pasar, sin que se oyera de mi ni una queja. No puedo agachar la testuz y decir que me rindo; no podría mirar a mi hija a la cara si claudicase. Vivir conforme a los propios principios tiene un precio, y las piernas tiemblan al saber que quizás no hayas terminado de pagarlo. No existen más jueces que la conciencia y el tiempo, que a cada uno pone en su lugar. Unos, bajarán del mundo ideal que se crearon para decirse que vivían por encima del resto; otros, perderán la autoridad que se otorgaron para mirar por encima de su hombro lo que, en realidad, les sobrevolaba majestuoso. A mi, quién sabe qué me ha de deparar el mañana, pero me encontrará dispuesto a la batalla, como cada día, para poder seguir negándome a madurar.

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