miércoles, 20 de noviembre de 2013

Confieso que he leído V: Mis diez favoritas.

Quizás podría enumerar alguna más, pero hay que marcar límites. Digamos que mis favoritas son estas diez:
  • El árbol de la ciencia, Pío Baroja
  • Los pazos de Ulloa, Emilia Pardo-Bazán
  • La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza
  • Ensayo sobre la ceguera, José Saramago
  • O lapis do carpinteiro, Manuel Rivas
  • La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón
  • Son de mar, Manuel Vicent
  • El cant de la joventut, Montserrat Roig
  • Los niños tontos, Ana María Matute
  • La sombra del ciprés es alargada, Miguel Delibes
Espero que os gusten.

Confieso que he leído IV: La Sombra del Viento, Carlos Ruíz Zafón

No te esperaba, la verdad. Acomodado el paladar a los buenos conocidos, Delibes, Mendoza, Matute, entre otros, y a los no tan buenos pero también grandes contadores de historias, Pérez-Reverte y Vázquez-Figueroa, por ejemplo, que ya urdía uno que las posibilidades de encontrar algo que llegara hasta la sorpresa, se antojaba cuanto menos que improbable. Barcelona tuvo que ser, un cementerio tuvo que ser, de libros tuvo que ser. La Ciudad de los Prodigios que nos contara Mendoza en otra irrepetible, bordeando la Catedral del Mar que no tardaría en llegar a la mano de Falcones. Qué tendrá la ciudad Condal para hechizarnos en cuanto la pluma se embala hablando de ella. Tan increíble me resultó tu lectura, que tres veces quedé incrédulo buscando la fe necesaria para confiar en lo que leía. Ni por esas. Tengo pendientes al menos otras tres, esperando ser más afortunado en el futuro. Gracias, Zafón, por escribirla.

jueves, 6 de junio de 2013

Confieso que he leído III: Wilt, Tom Sharpe

 Hombre, Tom, ¿cómo se te ocurre morirte, precisamente ahora que la crisis da para tanto sarcasmo? Además, vaya disgusto para la buena gente de Palafrugell: ya se les marchó el gran Pla, don Josep, y ahora tú, después de varios lustros de adoptarte como catalán. Tus paisanos igual ni se enteran, de tanto que les has dado para el pelo, con impertérrita justicia ante las críticas que suscitaste. Y es que cómo se te ocurre no mirar al mundo desde la atalaya del Imperio de su Graciosa Majestad, que no sé si se dice así, ni me importa, donde todos somos súbditos de los aires de grandeza de la pérfida Albión.

Por eso eres grande, porque quisiste vivir entre nosotros, en la Costa Brava catalana. Y porque nos hiciste felices con tu humor negro, nigérrimo, que conocimos al presentarnos a tu querido WILT. Qué gran aprendiz  de matarife, el buen Henry, ensayando el asesinato absurdo de su absurda esposa. Tuviste una genial idea al hacer coincidir sus ensayos de matón, con los delirios independentistas de Eva. Fuiste grande, y reconozco que te leí tarde, disuadido la mayor parte de las veces por tu bandera. Pero me rindo ante ti, y te doy mi palabra de futuras lecturas. Descansa en paz, Tom, 85 años dan para mucho, y tu los aprovechaste bien, inventando historias para nosotros. Somos afortunados.

Portada del Wilt de mi biblioteca.

martes, 28 de mayo de 2013

Confieso que he leído II: Holocausto Manhattan, Bruno Nievas

Esperaba más de ti, lo confieso. Después de ponerme el caramelo en la boca e invitarme a disfrutar de la promesa de algo fresco, ágil, innovador, casi sorprendente, resulta que te empeñas en que el dulce dure demasiado y termino aburrido de darle tantas vueltas a lo mismo durante muchas páginas.

Me traes desde Auschwitz a Manhattan, del siglo XX al XXI, sin transición ni espera, sin avisar, recreándote en la violencia, quizás demasiada y dejando personajes a medio hervir. Cuándo el nombre es su mayor distintivo, llega un momento en que uno no sabe de quien estás hablando. Y me pasa. Demasiadas veces.

Tampoco tu historia soportaría el tan traído y llevado tema de la paridad. Sólo una mujer, rodeada de policías, militares, conspiradores y otros hombres absolutamente sonados, que encima es la protagonista del final, que nos trae algo del aromilla de los folletines de posguerra.

He pasado un buen rato, para qué negarlo, pero me sobraron cincuenta páginas. Tiene mérito: de algunas de Pérez-Reverte me sobran tres veces más. Y para generar suspense, no basta con dilatar el final, también hay que esconderlo. Demasiado tiempo sabiendo el desenlace de la trama principal. Pero leeré tu próxima novela. Prometes dar mucho más de ti.



sábado, 18 de mayo de 2013

Confieso que he leído I: La Catedral del Mar, Ildefonso Falcones.

Vivía yo entre los escépticos, como siempre que los trompeteros anuncian la llegada del Mesías, para dejarnos finalmente con la desilusión de un profeta más. Arrinconado en la estantería junto tantos otros de igual factura, que aguardan mejores ánimos lectores.

Llegaron, al fin, los esperados deseos, al igual que la primavera, que nadie sabe porque lo hace. Así lo dijo el poeta, y así debe de ser. Fue en buena hora, porque no es sencillo encontrar hermosas historias en manos de hábiles trovadores, que nos las hagan llegar a través de la literatura, en forma de novelas que merezcan el nombre de tal. Pocas hay, y Maese Falcones compuso una.

Termina uno esperando ver la Catedral construida, y a fe mía que terminas viéndola crecer hasta que la última piedra es colocada. Ves los rayos de sol entrando por las vidrieras, recorriendo toda su planta, iluminando de colores su interior, evocando a la alegría.

No nos cabe en la imaginación una Catedral lúgubre y triste: es un templo Mediterráneo, con la luz del sol y la brisa del mar que hacen de Barcelona la ciudad que fue y es: capital de un mar interno, cuna de nuestra cultura. Perdón, Cultura.

No imagino Barcelona sin Colón apuntando a América. Tampoco sin la Gaudiana Familia, ni el Parc Güell. Ni el Barça o Montjuic. Pero si no me hubiera acercado a tocar con mis manos, las piedras que tanto sudaron los bastaixos, llevándolas desde la Cantera Real o desde la playa, donde atracaban los barcos, hasta el Barrio de la Ribera, donde en la Plaza del Borne se alza la Catedral. La novela, y la puerta de la Iglesia, homenajean a estos hombres.

Homenajeadlos vosotros también, leyendo La Catedral del Mar.





La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...