domingo, 5 de marzo de 2017

Summa Artis I (Patio de butacas VI): Altamira

"España, tan bonita y tan injusta". Estas palabras puestas en boca de Marcelino Sanz de Sautuola, descubridor de las Cuevas de Altamira, encajan perfectamente en una descripción sumaria de nuestro país. En realidad fue su hija quien las encontró y así lo reconoció siempre el padre.

Ignoro porqué esta película no ha tenido mucho más éxito que las discretas taquillas cosechadas. Seguramente tiene mucho que ver con la injusticia que proclamaba el protagonista. He tenido que recurrir a Amazon para comprarla, pues cuando estuve en España ya la habían retirado de cartelera, y saciar la curiosidad que la asignatura de Arte Prehistórico había despertado en mí sobre la figura de las cuevas de Altamira.

La película es excelente, salvo por el pequeño detalle de que al director se le olvida que españoles y latinos no es lo mismo, y la banda sonora parece más de un ambiente azteca que del norte cantábrico de nuestro país. Tampoco los rasgos de la mujer de Marcelino son muy españoles, ni siquiera europeos, pero por lo demás nada que reprochar.

La fotografía es de Óscar y Antonio Banderas trabaja realmente bien, junto con Allegra Allen, que interpreta a la hija descubridora. La ambientación sobresaliente, y la trama transcurre ágil sin que haya escenas especialmente densas o prescindibles.


Queda muy bien reflejado el poder inquisitorial de la Iglesia Católica, opuesta a todo lo que suponga conocimiento y ciencia. Como manejaba la voluntad de las mujeres para dominar a sus maridos y que todos siguieran sus dogmas. También la inquina de los arqueólogos franceses, encabezados por Cartailhac, que humillan a Sautuola en el IX Congreso de Arqueología y en la prensa de todo el mundo. La película recoge, como colofón, las disculpas del propio Cartailhac cuando a raíz de nuevos descubrimientos, no tiene más remedio que aceptar la autenticidad de las pinturas rupestres de Altamira.

Todo ello está muy bien documentado. Se ciñe a lo que se estudia en los manuales de Arte Prehistórico, y creo que debería ser de obligado pase en nuestros Institutos de educación media.

sábado, 18 de febrero de 2017

Leer para escribir III (Confieso que he leído XIII): Velocidad de los jardines, Eloy Tizón.


He de reconocer que los libros que leo suelen sufrir algún que otro ataque de mi rotulador. Unas veces para resaltar frases especialmente hermosas o que invitan a la reflexión, otras para marcar giros, expresiones, recursos literarios de los que aprender del autor. 

En el caso de "Velocidad de los jardines" me temo que tendré un problema cuando quiera releerlo, porque las palabras de Eloy Tizón andan escondidas detrás de un bosque inmenso de subrayados, anotaciones, flechas que van y vienen a los márgenes, admiraciones enmarcadas en círculos apasionados, sonrisas que a veces dibujo para resaltar mi estado de ánimo al leer.

No recuerdo cuanto tiempo hace que no aprendía tanto de una lección tan bella. El listón de escribir con decoro lo veo hoy mucho más alto que hace unos días cuando empecé a leer esta Velocidad de los Jardines. Pero también es cierto que la instrucción recibida es inmensa. Cabe tanta belleza en el relato como en la poesía, y las líneas de este libro huyen de la forma de los versos para demostrarnos que esa afirmación es cierta. Es generoso el autor en imágenes de indeleble hermosura, uno no sabe donde mirar, porque cada fragmento que pasa ante nuestros ojos nos sorprende más que el anterior, si es que ésto es acaso posible. Y de vez en cuando, por añadidura, nos ofrece una lección. La primera es demoledora:

         " Ningún cuento está completo si no le falta algo"

La he escrito en un papel y la tengo pegada enfrente de mi escritorio. Como un versículo de un texto sagrado, un Padrenuestro de obligado rezo a la hora de escribir. Mis hojas en blanco me lo agradecerán de hoy en adelante, porque quedarán mejor paradas en el futuro. Gracias, Eloy.

Más adelante, el autor hace magia con las palabras y cierra un círculo que nos sorprende. Nunca se me habría ocurrido emplearlas así. Al menos eso creo. Ésto también lo he aprendido enredado en los jardines.

"Es la hora en que los sexos se abren como llagas que se abren como libros de Historia que se abren como plantas que respiran como sexos."

La editorial "Páginas de Espuma" es afortunada por tener a Eloy Tizón entre sus autores. Hasta ahora había demostrado tener un gusto editorial indudable, pero con la llegada de Eloy se han superado. Os recomiendo de corazón que leáis "Velocidad de los jardines", que lo disfrutéis como se saborea un buen vino. No quedaréis defraudados.

lunes, 30 de enero de 2017

Leer para escribir II: leyendo a Medardo Fraile

Ayer me di las buenas noches con un relato de Medardo Fraile: "El retrato". Casi cualquier lectura del autor es perfecta para irse a la cama con un buen sabor de boca. Aunque quizás no sean los más adecuados para serenar la mente, porque suele invitar a la reflexión,  pero no siempre la literatura es un arte, depende de las manos de las que provenga,  y con Fraile uno puede estar bien seguro de que lo que va a leer merece mucho la pena.

Y la verdad es que, aparte del buen rato que pasé como lector, uno se fue con una bellísima lección de Literatura creativa. Con que sutileza, finura y delicadeza es capaz Medardo Fraile de hacernos ver los matices de las personalidades de tres de los cuatro personajes del cuento, sin mencionarlos siquiera.

Habla el relato del retrato de uno de los protagonistas, ya fallecido. Además de este personaje, aparece una familia que fue sirviente en la casa del difunto, girando la historia alrededor de una misa de aniversario de la muerte del retratado.

Pues bien, Fraile nos cuenta el despertar de los tres personajes vivos del cuento, lo que hacen hasta que salen a la calle. Con la madre, Micaela, nos lo cuenta con todo lujo de detalles, desmenuzados los actos y los porqués, así como lo que siente la protagonista. Con la hija, nos relata con minuciosidad una parte, y la otra la pasa de puntillas. Del padre dice secamente: "El señor Damián hizo al levantarse lo que siempre hacía...". 

Con esta diversidad de tratamiento en las tres descripciones nos da a entender la importancia que para cada uno de los personajes tiene los hechos sencillos de cada día, el placer de la cotidianeidad, el disfrute de sí mismo. Micaela vive cada momento, siente el agua fría en el rostro, el roce de las ropas en su cuerpo, el aroma de la mañana, el contemplar a su marido y a su hija aún durmiendo.
Luisa, la hija, es más práctica: Fraile nos cuenta su remoloneo en la cama buscando las sábanas frescas al contacto con su piel. También como prepara el desayuno, abre las ventanas para ventilar la casa, airea su cama y despierta a su padre. Nos dice mucho de su carácter.

Y el padre, resuelto de un plumazo: lo que le importa es ir a abrir el bar que regenta. Rutina, terminar lo antes posible, porque lo que le interesa es lo que viene después.

Realmente, una clase muy provechosa de Literatura creativa. Como mostrar el carácter de los personajes sin contar una sola palabra de ellos. Era muy grande Medardo Fraile.

sábado, 21 de enero de 2017

Patio de butacas V: Romeo y Julieta de Gounod

A lo cotidiano de la historia ideada por Shakespeare, contrastaba lo desconocida que era para mí la ópera de Gounod . Y sus protagonistas también, pues es la primera vez que escucho a la alemana Diana Damrau y al italiano Vittorio Grigolo. No será la última, porque tienen voces muy hermosas y las muestran muy bien. Sobre todo ella, que es una soprano prodigiosa.

Creo que casi todo el elenco de compositores clásicos se ha atrevido con Romeo y Julieta: Beethoven, Chaikovsky, Saint-Saens, Prokofiev, entre otros. Gounod creó una ópera bellísima, donde tenor y soprano pueden lucirse sobre todo en los fraseos, pues no hay demasiado lugar para los agudos espectaculares, muy bien dosificados, y sí para el arte de la romanza, el dúo, y un cuarteto corto pero impagable. El coro también tiene su espacio, aunque breve, que le permite lucir sus galas. Obviamente no es una obra menor, cuando grandes dioses de la ópera como Alfredo Kraus y Jussi Björling la llegaron a grabar en disco.

Resulta bastante injusto que el resto de obras de Gounod, y sobre todo las ocho óperas aparte de Fausto, se comparen con ésta y siempre desfavorablemente. Fausto es una obra inimitable, pero no por ello ha de ensombrecer otras composiciones del músico francés.

Hemos disfrutado de una gran ópera gracias a la tecnología que nos la trae en directo desde Nueva York. He estado muy bien acompañado, pues mi hija se ha atrevido con su primera ópera y ha salido encantada. Para la próxima, Rusalka de Dvorak, ya tenemos las entradas. No nos podemos perder su enorme "Canción a la luna", una de las arias más bellas del repertorio operístico. Os dejo con un enlace a una versión de esta pieza para que vayáis haciendo boca, por si os apetece asistir a la retransmisión que, creo, en Alicante la tendríais en el Cine Puerta de Alicante. La soprano es Kristine Opolais, la misma que actuará el 25 de febrero en Nueva York.

Canción a la Luna, Dvorak.

domingo, 15 de enero de 2017

La biblioteca de la buhardilla IX: La última noche de Luis XVI.

Mi cuello, perderé mi soberano cuello mañana al amanecer. ¿Es posible que esto me ocurra a mí, un cuerpo divino, un hombre que es rey porque Dios eligió su estirpe de entre todas las mortales? ¿Dios? ¿Divino? Incluso yo mismo he llegado a creer todas esas pamemas que el pueblo ha creído durante siglos. Y será esa chusma la que acabará con la mentira que con tanta paciencia ha soportado. Al alba se descubrirá la verdad cuando la guillotina separe mi cabeza de mi alma. ¿Porqué yo? ¿Porqué la resignación ha tenido que desaparecer cuando me ha tocado a mí gobernar? ¿Es acaso justo? Pagaré mis pecados y los de cuantos me precedieron; recaerá sobre mi nuca toda la rabia heredada durante generaciones. Ahora, enfrentado al cadalso, comprendo cuanto ha tenido que sufrir este pueblo por culpa de mi soberbia, de mi injusto sentido de la justicia. Cuántas hermosas mujeres he ordenado matar para así sellar unos labios que me recorrieron sin más afán que buscar la geografía justa de mi placer. Intelectuales condenados sin más falta que su pensamiento distinto y libre, sin más delito que la incredulidad de mi origen divino. ¿Existes realmente, Dios? ¿Dónde estás ahora que necesito tu auxilio? Huyes. Las llagas de tu hijo arden en mis manos, en mis pies, mi costado. De nada han servido todos los sacrificios que en tu nombre ofrecí, en el vacío ha caído la fidelidad mostrada, sin más recompensa que el helado filo de la guillotina. Ni tan siquiera has sido capaz de curar un suspiro de mi locura para que pueda encontrar un momento de paz. Mañana todo este delirio se derramará entre mi cabeza y mi cuerpo. Tú también has descubierto la farsa. Pero estás muerto, Dios. Desde que aquella cruz se alzó sobre el monte Calvario no ha habido más presencia de ti sobre la tierra que tu recuerdo. Sólo has vivido para desheredados, para la escoria de la que eres padre. Te hemos utilizado para dominar al pueblo que, ciego de ignorancia, en ti creía. Eres tú quien existe gracias a mí, gracias a que me has servido para hacer creer que un rey podía tocar el cielo con las manos.

Ni siquiera en esta hora soy capaz de vivir la realidad; quisiera descubrir una lágrima que resbalase por mi cara, o un estertor de pánico mal disimulado que me invadiese por la espalda. Es hermosa la puesta de sol; ya no veré su adormecer parisino, ya no veré como el horizonte acuna cálidamente su silueta ni su iridiscente luz en esta mágica hora, cuando ilumina Versalles sonrojando sus mejillas palaciegas, mientras los últimos cantos de los pájaros habitantes adornan un paseo entre los árboles de su bosque, acompañados del casi imperceptible deslizar de una ardilla inquieta y del ritmo de las ramas mecidas por la suave brisa del crepúsculo. Ya no veré los luminosos ojos de la Reina aguardando el desenlace de mi caminata furtiva no siempre solitaria. Perdonadme, Majestad, aquellas ocasiones en las que mi excursión iba más allá y extendía su quehacer a la naturaleza humana, penetrando en el cálido cuerpo de cuantas cortesanas accedieron a ser agasajadas con mis reales dotes seductoras. En la soledad de esta celda comprendo cuanto dolor he regalado a tu vida; soy consciente de que tu ambición no era más que una forma de ocultar tu infelicidad, y pagarás un alto precio por ello, por haber lucido una corona que mañana caerá junto con mi cabeza en el cesto del verdugo. Al menos tú vivirás. Esta revolución infame se habrá apiadado de una hermosa mujer venida de otras tierras que cometió el pecado de enamorarse de este país.

¿Qué será de Francia cuando caiga en manos de los bárbaros que hoy la arrasan? La grandeza, el poder que atesora esta cultura quedará sumergido en la sangre de los gentiles sacrificados. Pero no durarán mucho, la monarquía resurgirá aún más poderosa. Los reyes de España e Inglaterra sofocarán tanta ignominia y restaurarán a los Borbones. Entonces estos aborregados pagarán su diezmo, serán masacrados y se expondrán sus miembros por todos los caminos de Francia como escarmiento ejemplar, público y disuasorio de revoluciones venideras; cada golpe seco de la guillotina llamará a la puerta de la memoria de mi muerte, de la muerte de una monarquía que renacerá. Pero ahora, en mi locura, me invade el miedo, por fin el miedo. Mis manos sudan, sin que mi ansiedad se disipe en el trémulo transcurrir de mi escritura. Ignoro si duermo o si permanezco en vigilia velando mi futuro cadáver. Ya despunta el alba: en poco más de una hora la banasta que me aguarda habrá cumplido su tarea. ¿No esconderá el hacha del cadalso un resquicio de piedad para mi alma? ¿Realmente es necesario que muera hoy? ¿No es suficiente castigo cuanto me habéis hecho pagar? Humillado, vejado; mi esposa violada una y otra vez ante mi y ante mi hijo; yo mismo obligado a albergar en mí el apéndice inequívoco de un hombre bien armado. ¿No es acaso bastante? ¿Esta es vuestra justicia, vuestra libertad, igualdad, fraternidad? Quizás para vosotros, pero no para mí. ¿Eres tú Robespierre quien defiende tamaña mentira? Correrás mi misma suerte y tu cabeza rodará inerte y boquiabierta como la mía. 

¡Pasos! El cerrojo de mi celda gime con cruel lentitud, la puerta se despide de su marco con el quejido de sus goznes por testigo. La última puerta, la última escalera, el último cesto será la última visión del último rey de Francia.

(Esta última noche de Luis XVI antes de su ejecución, la escribí en el verano de 1998 originalmente en francés. La traduje en aquel tiempo. Aunque la he retocado, aún conserva un poco el abuso de adjetivos y frases algo recargadas, típico de mi escritura en aquel tiempo)

sábado, 7 de enero de 2017

Patio de Butacas IV: Nabucco

Hoy he visto al público de Nueva York entregado a Plácido Domingo. Cantaba el hombre el rol de Nabucco en la ópera del mismo nombre y la verdad es que, a punto de cumplir 76 años, sigue emocionando con su hermosa voz y su forma apasionada de interpretar. Uno no puede más que sentirse orgulloso de ser su paisano y que pasee el nombre de España por todo el mundo.

Se ha "bajado" al rol de barítono, donde la voz no le juegue una mala pasada con la edad. Pero es tenor, y ha habido un par de veces en los que las notas con las que culminaba algún aria o pasaje no están al alcance de cualquier barítono. O de ninguno.

En el intermedio han entrevistado a los cantantes. El único que no estaba endiosado era precisamente el único dios entre ellos: Plácido, que ha contestado con su forma campechana de hablar, explicando lo que significaba para él interpretar la ópera desde el otro lado, ya que años atrás la cantaba como tenor, un joven soldado enamorado de la hija de Nabucco.

Es una suerte poder asistir a las óperas del Metropolitan de Nueva York a través de las retransmisiones que hacen en directo a cines de todo el mundo. Hoy ha habido gente que se ha quedado sin ver a Plácido por culpa de una tremenda helada que ha habido en Hamelín y sus alrededores. Estaba todo el aforo vendido y en realidad había un tercio de la sala vacío, pero es que las calles estaban peligrosísimas. Desde mi casa hasta el cine, andando, no se tarda más de diez minutos y he tardado casi media hora, tras varias tentativas de resbalón. Una lástima.

El elenco era magnífico, supongo que Plácido tampoco canta con cualquiera. Y al mando de la orquesta el mítico James Levine. El coro, también muy bueno, lo que es imprescindible en Nabucco pues tiene un gran protagonismo.

La próxima, Romeo y Julieta, la de Gounod. Si vamos, lo contaremos.

sábado, 17 de diciembre de 2016

La biblioteca de la buhardilla VIII: La casa del Belén.

Lolita Lombao vivía en una casa del Belén. Cada noche sus ventanas se iluminaban de rojo inesperadamente y la vivienda iba y venía de la oscuridad a la luz, espolvoreando su reflejo sobre un fino hilo de lluvia que regaba de rojo toda la calle siquiera por un momento.
Xanín esperaba ver toda aquella magia acurrucado tras su ventana al otro lado del descampado, invisible a aquellas horas de la tarde. Algunas noches no sucedía. A la magia me refiero. La casa de la amiga de su madre permanecía a oscuras como si el prestidigitador hubiese olvidado su varita en el camerino y no hubiese conejos para sacar de la chistera. Entonces Xanín se bebía el vaso de leche tibia y se marchaba a dormir a las puertas de la desilusión.

Cada noche se sentaba tras la ventana mientras su madre preparaba la cena para la familia. El reflejo intermitente de su propio Belén le iluminaba el rostro como un rubor espontáneo que duraba lo que un parpadeo. Cuando la casa de Lolita Lombao se iluminaba, Xanín corría donde su madre a avisarle de la buena nueva: "se ha encendido, mamá, se ha encendido; es una casa de Belén gigante".

Una noche, la noche de un mal día, se encendió la luz de la vecina. La alegría de Xanín se evaporó junto con la magia que él suponía: "No es un Belén, no seas crío. Lolita es sorda, y cuando tocan el timbre se encienden lámparas rojas en toda la casa para que sepa que están llamando". La lluvia de la calle dejó una muestra en sus ojos y rodó sobre sus mejillas para llegar al suelo. Xanín se fue a la cama sin beberse la leche, agarrado a la tristeza como a la almohada. Se quedó desconsoladamente dormido, tanto por la magia ausente como por la crudeza con la que partió.

Transcurrían los días de la Navidad con sus luces, adornos, villancicos y dulces. Xanín había perdido los ojos que hacían brillar todo aquello. Su madre, una mañana, lo vistió como para un paseo y, abrigados, bordearon el descampado por la acera para llegar a casa de Lolita Lombao. Subieron. La mujer les abrió la puerta. Pasaron a la cocina donde las dos mujeres estuvieron charlando un buen rato mientras el niño coloreaba unos cuadernos que se había llevado de casa. En un momento en el que la anfitriona fue al baño, Xanín le reprochó a su madre: "No es sorda, estáis hablando todo el rato". Su madre le replicó, "me lee los labios. ¿No notas que habla raro? Es porque no se escucha".
Xanín no lo había notado. La mujer entró con algo entre las manos. "Toma, Xanín, esto es para tí. Es de cuando vivimos en Alemania. Son villancicos" Y le tendió un disco de 45 revoluciones, con la cara de un niño angelical mirándole a los ojos con inocencia.

Volvieron a casa. Las luces del Belén, las del árbol, las guirnaldas por todas partes y el centro de mesa con ramas de pino y velones no habían recuperado la magia. Xanín seguía viendo todo gris desde el día en que supo que la casa de Lolita Lombao no era una casa del Belén. Aquella noche se sentó ante la ventana a esperar que su padre llegara de trabajar, mientras escuchaba villancicos en el tocadiscos y en la casa salpicaban las luces del Belén. Iba cambiando uno a uno los discos cuando terminaban. Llegó al nuevo, que había dejado para lo último pues pensaba que, en alemán, no le iba a gustar. La aguja del tocadiscos acarició unas voces limpias, serenas, que cantaban como abrazando a quien escucha. Xanín se envolvió de aquella Noche de Paz en lengua extraña, del titilar del árbol y el Belén, del aroma a serrín y pino y del sabor a turrón y mazapanes. A lo lejos, la casa de Lolita Lombao volvía a iluminarse de rojo. No había nadie en la puerta que tocara el timbre, era la magia. Miró al niño que le observaba desde la portada del disco. Le habló. Sí, el niño le habló como todos hablaban a Lolita Lombao: sin voz. Y él le leyó los labios: Feliz Navidad.

(En recuerdo de Lolita Lombao, amiga de mi madre a la que sólo vi una vez. Y me regaló un disco que guardo como un tesoro y del que habla el cuento y cuya portada ilustra este relato)