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Leer para escribir IV: Isabel Hernández, mi Maestra.

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Hace unos días compré por internet un ejemplar del Diccionario de uso del español abreviado, María Moliner. De segunda mano. No tenía ningún diccionario en mi casa de Alemania y, aunque utilizo el de la RAE online, me gusta el manejo del libro tradicional. Un comentario de mi hija puso mis recuerdos a trabajar. Ella me dijo que pertenecía a la generación de las nuevas tecnologías, y prefería los recursos informáticos.

    Ese comentario me hizo pensar a qué generación pertenezco yo. Uso con normalidad y naturalidad los recursos informáticos, pero abandonar el diccionario me parecería ser infiel con el esfuerzo que realizaron mis maestros y profesores, no es lo mismo, en mi educación escolar. Y vino a la memoria, una vez más, mi querida tutora de tercero de primaria, Isabel Hernández, en el colegio de los Padres Franciscanos de Alicante.

    Sólo estuve un curso con ella, pero los pequeños hábitos que inculcó en mí llegan hasta hoy en día, cuarenta y cuatro años después. Fue mi pa…

El cortejo de las musas III: Soñar para escribir.

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Quiero escribir. Aparto los aparejos y me niego hasta la más mínima letra. Ni pensar en una palabra entera. Utopía la frase. Milagro el párrafo y para el cielo fiáis una página siquiera. He de soñar primero.

Dejé Coruña. Dejé Novelda. No vivo en Hamelín, donde el flautista, aunque mi yo real camine por ella. No lo contéis a nadie, pero en realidad vivo en una vieja aldea inexistente de la Costa da Morte. He venido hasta aquí para que sus moradores imaginarios me cuenten una historia que escribir. Están enfermos, todos. Morirán. Algunos al menos. El cura no. La mala hierba ya se sabe. Vendrá un visitante de un pueblo del mar de Iroise. Su aldea quedó enterrada bajo cruces sembradas por la misma enfermedad. Él también murió, y al fallecer se refugió en el bosque de Broceliande cuyas crónicas me permite contaros. Era un druida. Merlín fue uno de sus ancestros.

Recorro las calles del pueblo, casi difuminadas en el olvido; la costa, ora rocosa, ora mansa playa, me lleva hasta el puerto do…

Península Poesía III: Pido silencio, Pablo Neruda.

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La manera en la que se construyen nuestros gustos surca los más variopintos caminos. La forma en la que llega a nosotros una canción, un poema, una historia es, a veces, tan hermosa como la propia obra. Y este es el caso que nos ocupa hoy.

Son muchos los años que me separan de un boletín de aquella famosa revista "Discoplay" en el que anunciaban un casete de Rosa León titulado "Al Alba". A la llamada de tan famosa canción, lo compré. Entre el resto de temas, el disco es una joya, se encontraba uno titulado "Pétalo", compuesto también por Luis Eduardo Aute. Su primera estrofa es toda una aventura:

"Pétalo, en la página once muerto, buscando los últimos versos:
Déjenme solo con el día, pido permiso para nacer"

Esos dos versos de Neruda comenzaron a ser una obsesión. Aunque luego en la canción el autor llama Estravagario al poeta, en ningún momento supuse que ese era el título del poemario en el que vivían esos dos versos. Debía caminar el año 81…

El Gran Akiba II (Confieso que he leído XVI): Kasparov y sus geniales precedesores I

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Cuando hace algo más de cinco años llegué a Alemania, en mi maleta no llevaba nada que no fuera lo imprescindible para los primeros días. Ropa y poco más. Las únicas excepciones fueron mis trebejos de ajedrez, los primeros que compré con mi dinero allá por 1979 en mi queridísima tienda de Juguetes Elías, y un ejemplar del primer volumen de "Mis geniales precedesores" de Gary Kasparov. Esas piezas son como las flechas del amor que cantaba Karina, van conmigo donde quiera que voy.

   Fueron mi única compañía entonces, aparte de las comunicaciones vía Skype con la familia. Tras recorrer la historia de los jugadores anteriores a los campeones del mundo y la vida y obra de Steinitz y Lasker, primer y segundo campeón del mundo respectivamente, arrinconé el libro. En realidad, arrinconé al ajedrez como nunca antes lo había hecho. Jugaba poco, leía poco, hablaba poco de él. Y lo poco que jugaba, mal, rematadamente mal.

   Desde hace un mes, Caissa ha vuelto. El tablero me llam…

El Gran Akiba I: De las herencias recibidas: dos novelderos y Karpov.

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El ajedrez es un juego que suele darte tantas alegrías como disgustos. Si en otros deportes uno puede justificarse en la derrota, culpando al árbitro de ella, al aro demasiado duro o a lo mal que estaba la pista, aquí argumentos al azar no caben y si pierdes es en exclusiva por errores propios. Por ello, perder, puede ir acompañado de una sensación de impotencia bastante intensa, sobre todo cuando no somos capaces de entender los porqués de tal derrota. Y todo ello no es fácil de asimilar, por muy buena cara que uno ponga tras la partida, y se conserve la básica educación felicitando al rival.

        Eso, sin duda, es la parte dura de nuestro juego. Uno puede aceptar que otro humano corra más, salte más, o coma más huevos duros en una hora. Pero asumir que el de enfrente piensa mejor que tú, ya es harina de otro costal.

        Pero por suerte, el ajedrez no es sólo competir. Su historia, el conocimiento de su técnica, el estudio de las mejores partidas de los grandes jugadores de to…

El Gran Akiba 0: nueva sección.

Poco a poco voy a ir abandonando mi blog "El Gran Akiba" donde subía artículos de ajedrez, para incorporarlos a este "Crónicas de Broceliande". Comenzaré por trasladar aquello que creo que merece la pena conservar antes de escribir artículos nuevos en esta sección. Espero que os guste.

Península Poesía II (Confieso que he leído XV): El invierno a deshoras, Valeria Correa Fiz.

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Llevaba tiempo sin leer poesía. Demasiado diría yo. Pero hace unos meses leí un libro de relatos de Valeria Correa Fiz, "La condición animal" que me gustó especialmente. A poco de terminar, llegó la noticia de la publicación de su poemario "El invierno a deshoras" lo que despertó mi curiosidad. ¿Porqué? Por varias razones: en primer lugar, me atraen los autores que compaginan la prosa con la poesía, siempre encuentras restos de una en la otra y viceversa, y ese mestizaje suele ofrecer piezas de especial belleza. Manuel Rivas, José Luis Ferris, Luisa Castro pueden ser algunos ejemplos válidos. Y en segundo lugar, porque me suele resultar muy atractiva la voz narrativa o poética de una mujer. Quizás sea por aquello de ser una voz "desde el otro lado" de mi propia sensibilidad, una visión diferente de la realidad y la fantasía.

     Y sí que fue muy distinta. Sentí como si mirara dentro de un espejo, tres metros más allá de su línea de reflejo, viendo la rea…