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Beethoven y la Guerra de Cuba II: Francisco Guerra.

A esas horas, el comedor era un bullicioso concierto de voces acompasado por los rítmicos golpes de las cucharas de metal sobre las bandejas. Su tatarabuelo habría necesitado muchísimo papel pautado para dibujar esas melodías y el rumiar de esa multitud de muchachos que engullían la ración de caldo en una estancia húmeda, de techos bajos y ventanas diminutas, cerradas, por la que corría la serpiente de la muerte arrastrándose en los tablones hinchados del suelo. Los del primer turno acababan el almuerzo en esos momentos y Ludwig se puso a la cola detrás de un muchacho enjuto, de pómulos marcados y pelo lacio, que enseguida quiso entablar conversación con él.

–Tú eres el del extraño nombre, ¿verdad?

«Lo que falta», pensó Ludwig. «Marcado de por vida, también en alta mar». Se limitó a asentir como respuesta.

–Yo soy Francisco –dijo el muchacho tendiéndole una mano–. Francisco Guerra.

Los dos hombres se estrecharon las manos y Ludwig esbozó una tímida sonrisa que pretendía ocultar la ir…

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