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Beethoven y la Guerra de Cuba III: La carta.

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Francisco Guerra y Ludwig van Beethoven esperaban en el calabozo la hora de su ejecución. Al alba serían llevados al muro del cementerio y fusilados por desertores. Habían llegado aquella mañana a La Habana; los detuvieron nada más bajar del barco. Se les juzgó a mediodía. El juez dejó la sentencia para después de la siesta.


        - ¿Merecerá la pena que comamos? - preguntó Ludwig a su amigo.

        - Al menos nos fusilarán con la barriga llena.

    Abrió la puerta el cabo de guardia, seguido de dos soldados con la comida.

        - Tomad el rancho. Lentejas. Os hemos quitado el chorizo; igual os fusilan antes de que hagáis la digestión, y sería una lástima desaprovecharlo.

        - No jodas, cabo.

        - De postre, manzana, que aprieta las tripas. Os vendrá bien para que no os vayáis por la pata abajo.

    Y se marchó la comitiva, dejando a los reos mirando las bandejas sin un ápice de apetito.

        - Ya te dije yo que no era una buena idea escribirle esa carta al Gobernad…

El Cortejo de las Musas IV: La perspectiva del pintor.

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Dicen que uno de los mayores problemas con el que se encontraban los pintores del Antiguo Egipto al decorar los hipogeos, era lo estrecho de las estancias, que les impedía dar un paso atrás para ver el efecto de la obra.

Yo he dado un paso atrás. No para ver mi obra, que no tengo, simplemente cuento historias. Tampoco para descubrir si realmente me gusta escribir, ni si me hace feliz despertar emociones a mis lectores imaginarios. (El lector nunca existe, es un ente irreal: nadie lee o debería leer delante del autor)

No se trata de nada de eso. He dado ese paso para preguntarle a la hoja en blanco si me quiere. Si me lo va a poner difícil. Si me lo va a seguir poniendo cada vez más difícil, mejor dicho. He arrastrado los pies para ver mis huellas, y comprobar si en realidad dejan la pisada que quiero dejar. Si esa hoja no está mejor virgen que escrita. Todo eso transcurre por mi mente, mientras me resisto a decidir qué hacer con el pincel que aguarda rematar el fresco en la pared.

Ha…

Beethoven y la Guerra de Cuba II: Francisco Guerra.

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A esas horas, el comedor era un bullicioso concierto de voces acompasado por los rítmicos golpes de las cucharas de metal sobre las bandejas. Su tatarabuelo habría necesitado muchísimo papel pautado para dibujar esas melodías y el rumiar de esa multitud de muchachos que engullían la ración de caldo en una estancia húmeda, de techos bajos y ventanas diminutas, cerradas, por la que corría la serpiente de la muerte arrastrándose en los tablones hinchados del suelo. Los del primer turno acababan el almuerzo en esos momentos y Ludwig se puso a la cola detrás de un muchacho enjuto, de pómulos marcados y pelo lacio, que enseguida quiso entablar conversación con él.

–Tú eres el del extraño nombre, ¿verdad?

«Lo que falta», pensó Ludwig. «Marcado de por vida, también en alta mar». Se limitó a asentir como respuesta.

–Yo soy Francisco –dijo el muchacho tendiéndole una mano–. Francisco Guerra.

Los dos hombres se estrecharon las manos y Ludwig esbozó una tímida sonrisa que pretendía ocultar la ir…

Beethoven y la Guerra de Cuba I: La partida.

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Capítulo 1 La Coruña 1896             Ludwig van Beethoven no sabía si ahorcarse desde la cofa del barco o tirarse directamente por la borda a las frías aguas del Atlántico. Llevaba ya tres días de navegación a bordo del “Montevideo” en el que había embarcado en el puerto de La Coruña, con destino al matadero en el que se estaba convirtiendo la Guerra de Cuba. Andaba el hombre más que harto de lo sonoro de su nombre, herencia de su famoso tatarabuelo, que le impedía pasar inadvertido en ninguna parte. La última, la que le llevó a la desesperación, el sorteo de quintos para embarcar hacia las Antillas.             Fue un domingo por la mañana, un par de semanas antes de zarpar, en la Comandancia de Marina de La Coruña al acabar la misa de doce. Su padre se había empeñado en asistir al sorteo y no aguardar a que aparecieran los nombres de los reclutados en la prensa del martes o miércoles. Cuando llegaron, había un pequeño revuelo entre los miembros de la mesa de selección: no aparecía el…

La biblioteca de la buhardilla XI: La voz de la Navidad.

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Un niño se sentaba en la acera, con la espalda apoyada en la pared del colegio, cerrado aquel día, contemplando el ventanal del balcón del primer piso del edificio que quedaba enfrente de la escuela. No jugaba, ni leía, ni siquiera se impacientaba. Tan solo aguardaba. Apenas coches en la calzada, las mujeres sacudían las mantas y alfombras, sacaban el polvo de los muebles y espolvoreaban la calle de aroma a guiso y hogar, a través de  las ventanas abiertas de par en par a pesar del frío del invierno reciente.

- ¿Qué haces ahí sentado? - le preguntó al niño una mujer que pasaba hacia el mercado. - Espero - contestó. - ¿Y qué esperas, si puede saberse? - insistió - A los ángeles cantando al Niño - respondió inocente. - Qué niño más gracioso. Los ángeles no cantan, ricura.  - Aquí sí. Todas las Navidades viene un ángel a cantar. - ¿Tú de quien eres, chiquillo? - Soy hijo de Manola. Vivo ahí al lado. Mi madre también canta muy bien. Pero cuando vinimos a vivir aquí, ella me dijo que…

Penísula Poesía IV: Le dormeur du val, Arthur Rimbaud.

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En la primavera de 1980, mi profesor de francés nos puso como ejercicio el escuchar una canción y tratar de entender la letra. Era algo que nos encantaba, porque salía de la rutina de una clase normal. En aquella ocasión, la canción se quedó para siempre en mi memoria y en mi corazón. Aquel disco, que luego compré y aún conservo, es una colección de canciones impagables, cantadas con un sentimiento difícil de encontrar, pero la que cierra el LP tiene el sabor de lo especial.

La canción trata de un hombre que acaba de recibir la documentación para incorporarse a filas, algo que él no piensa hacer. Se titula "El desertor" y es una canción anti belicista con letra del inolvidable Boris Vian.

    Pero no fue sólo la canción lo que convertía al último corte del disco en mítico. Previamente a la canción, Serge Reggiani recitaba un poema, "Le dormeur du val" de Arthur Rimbaud. Primero me impresionó la forma de recitarlo: abundaban, y abundan, los que confunden recitar co…

Confieso que he leído XVII: Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares.

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No sé si volveré a escribir. ¿Para qué si lo que me hubiera gustado escribir ya lo ha escrito Julio Llamazares? O quizás deba hacerlo aún con más razón, porque he encontrado ese libro de texto que todos los que aspiramos a que algún día nos llamen escritores buscamos.

Quería escribir desde la sencillez, y la sencillez encontré.
Quería descubrir una prosa límpida, transparente, y pude ver el fondo de la historia porque las palabras no tapaban nada de lo que el artista quería decir.
Quería encontrar una forma de mostrar la belleza de la nostalgia, y esa belleza encontré.
Quería aprender palabras que me acercaran a las cosas que cuento, y había muchas debajo del árbol aún sin ser Navidad.

Y es que Julio cuenta la misma historia una vez. Dos. Tres. Muchas. Una por cada personaje implicado. Al estilo de Naguib Magfuz en "Festejos de Boda", del que ya hablamos en  Confieso que he leído IX, o de Luciano G. Egido en su "La fatiga del sol". El primer capítulo es increíblem…