domingo, 30 de agosto de 2015

Leer para escribir I: Crematorio, Rafael Chirbes

Hace apenas unos días fallecía Rafael Chirbes, uno de los grandes escritores valencianos de la actualidad. En mi ignorancia, resultó que no había leído nada de quien tan encendidas alabanzas recibió tras su fallecimiento. Esto puede ser normal, engrandecer la figura del que ya no está, pero cuando esas loas vienen de gentes a las que tienes en muy alta estima y valoración, entonces confías en su palabra y procuras ponerte al día con el autor.

Y en esas estoy, leyendo Crematorio, después de cortar de cuajo la lectura de "La soledad de los perdidos" de mi admirado Luis Mateo Díez. No sé si es que no es el momento idóneo para leer esa novela, o si realmente tanto ha cambiado Mateo Díez su literatura para que no la reconozca y para que no me haga feliz su lectura, pero dejo un paréntesis, la elimino de mi libro electrónico a la espera de tiempos mejores. Desde la mal traducida "Años de perro" de Günter Grass que no abandonaba una lectura sin terminarla, y menos que algo me generara un desasosiego así cada vez que la leía.

      Al inicio de Crematorio, me encuentro con una frase genial, primorosamente construida en una forma que tenía olvidada. Dice así:

         "El ruido de la radio, el del motor, te alejan, me dejan solo, pendiente de los movimientos de mis manos, que ahora cogen el volante; del movimiento de mi pie derecho, con el que aprieto el acelerador del vehículo"

      Esa delicada enumeración de aquello de lo que está pendiente, separado por un punto y coma oportuno, que dota de un ritmo ágil a la frase, sin sobrecargarla con subjuntivas excesivas. Pienso en qué hubiera hecho yo de tener una necesidad narrativa como ésta y dudo que la hubiera resuelto así. Seguramente hubiera intentado algo como:

        "El ruido de la radio, el del motor, te alejan, me dejan solo, pendiente de los movimientos de mis manos, que ahora cogen el volante, pendiente del movimiento de mi pie derecho, con el que aprieto el acelerador del vehículo"

      Y es evidente que el resultado empeora muchísimo. Gracias, Rafael, por la lección.



lunes, 24 de agosto de 2015

La biblioteca de la buhardilla VII: Memoria de la palabra

Busco un momento para mí, sentado tras la ventana que me separa de la lluvia que cae sobre los tejados vecinos. Me creo en el otoño que se acerca, más que en el verano ya casi caduco, olvidados los rigores breves que merodean por estas tierras. El silencio y la calma opuestos al fragor cotidiano de la batalla de cada día, visten el debate que se libra en mi mente alimentada por el ánimo de mis ojos, fijos en la nada y en el todo, esperando la respuesta correcta al dilema eterno: leer o escribir. Y el fruto se volvió semilla, y ambas volvieron a ser palabra. La palabra leída que grabada quedó en la memoria para siempre, y que vuelve apasionada a la orilla de nuestra voz, para transformarnos en rapsodas que canten aquello que los ojos leyeron en el pasado y que el corazón recuerda sin necesidad de volverlas a leer. No leo en el papel, leo en el alma ahíta de tanto leído; es la marca indeleble, como a fuego en la piel, que aquellas palabras dejaron en todo aquello que fui y que me trajo hasta aquí.

Porque "Me llamo barro aunque Miguel me llame", y quisiera cambiar su nombre por el mío. Ser autor de ese verso, quizás de miles más, pero especialmente de ése, del que te frena la lectura del resto del poema hasta que desentrañas el temblor de la mano del autor al escribirlo. (1)

O ser ese hombre afortunado, que encontró el amor y el trovador fue testigo de ello. En los barrios antiguos de El Cairo, donde la vida corre por sus calles como la sangre por las venas. "Dichoso el hombre cuyo corazón no late en vano". Dímelo a mi, Naguib, que el mío lo hace sabiendo cada latido porqué late. (2)

Y decirle al paisaje que no debió venir, que se le olvidó la vida al salir de casa, desierto y sólo desierto, polvo, piedras y matorrales. O quien sabe qué otras tristezas más. "El paisaje no merece que lo miremos dos veces", ¿verdad José? (3)

A pesar de todo, de leer y escribir, que escribiendo estoy, sigue la calma otoñal en estos últimos estertores del mes de agosto. Para mi sangre y origen, el verano marchó hace unos días adonde no haga falta proteger los hombros, bronceados todavía, del relente de la tarde. Y aquí sentado, entre mis palabras y la lluvia pertinaz en el crepúsculo, grito a pleno pulmón contra los cristales salpicados, "Déjenme solo con el día, pido permiso para nacer" (4)

Y mi memoria querría llegar más lejos, pero no le pido más. Quisiera que ellos os amaran como me quieren a mí, que contarais a los cuatro vientos lo que habéis visto y leído para que todo el mundo lo sepa y los lean también. Como Baudelaire, que al morir, se corrió urgentemente la voz: "Baudelaire ha muerto. Habrá que avisar a algunas flores, sobre todo a las del mal" (5). Así, de esa manera, contad que unos genios escribieron palabras hermosas para vosotros.

(1) Miguel Hernández
(2) Naguib Mahfuz
(3) José Saramago
(4) Pablo Neruda
(5) José Luis Ferris

viernes, 7 de agosto de 2015

Entre la ficción y la realidad, o como desmontar a Sandro Giacobbe.

Vamos a suponer, aunque sea mucho suponer, que nos encontramos por la calle con un amigo que acaba de serle infiel a su pareja. El hombre, cariacontecido más por lo que le espera que por lo pecado, se debate entre la angustia de contárselo él mismo o confiar en que no se le note demasiado. Y también en que a la beneficiada no se le vaya la lengua de paseo.

En esa suposición andamos, sin entender la preocupación del adúltero por la situación. Lo mejor, obrar con naturalidad:

- Mira Eladio, tú ahora en llegar a casa se lo dices: Mariloli, no sé que me ha pasado, pero acabo de pegar un polvo con Pepi (que encima es su mejor amiga)

- Sí, hombre, si le digo eso a mi mujer, me calza un guantazo sin dejarme terminar.

- Tienes que adornarlo, para que no suene como algo sucio. Dile que ella estaba muy triste, que tú la consolaste, una cosa llevó a la otra, pero que mientras la abrazabas pensabas en Mariloli.

- Y me suelta la pareja del bofetón con la otra mano. ¿Tú te has fumao algo?

Y es que ¿Cuántas mujeres no han sentido pena por el pobre Sandro Giacobbe cuando cantaba el Jardín prohibido?

- Pobrecillo, si es que la carne es débil. Y mira que mono, se acordaba de ella a pesar de todo.

- Y además no lo va a hacer más. Eso le pasa por bueno, por querer ayudar a la amiga.

Qué queréis que os diga, por mucho que lo adornes escribiendo

Esta tarde vengo triste y tengo que decirte
que tu mejor amiga ha estado entre mis brazos 
sus ojos me llamaban pidiendo mis caricias
su cuerpo me rogaba que le diera vida.

Esto son unos cuernos como un templo. Y encima si le añades:

Sus besos no me permitieron repetir tu nombre, y el suyo sí
por eso cuando la abrazaba me acordé de tí

Ya, ya, mucho me acordé de tí, pero el tipo sigue que sigue, no lo deja para otro día. A Sandro todas se lo perdonan, pero al pobre Eladio, a saber quién es el tal Eladio, me parece que no le van a servir las artimañas del italiano.

Por lo menos, no es tan prosaico y directo como en Yo caminaré, de Umberto Tozzi. El italiano, sutil, dijo algo así como que "de amor te vestiré", que quien la tradujo para Sergio Dalma sustituyó por "yo te sembraré, tu germinarás". Menos mal que no utilizó el castizo "te voy a hacer un bombo". 

domingo, 31 de mayo de 2015

La biblioteca de la buhardilla VI: De almas y estrellas


     Alzó la mano para pedir silencio donde el silencio ya estaba. Su gesto sin sombra que la luz de la luna no llegaba a proyectar, apuntaba hacia el cielo que techaba la iglesia, congregada la parroquia alrededor del altar, como aguardando la señal de la cruz que iniciara el rezo. No entonaban oraciones ni cánticos para alabar al Señor, inmóviles, mirando las estrellas citadas tras el crepúsculo, o las nubes bajo las que dormían sus esperanzas perdidas quien sabe cuándo o dónde. 



       Doblan las campanas, tañen a misa de difuntos de medianoche, un toque por vida perdida, la suya, y alma recobrada, también ellos, la que acude a honrar la memoria del cuerpo de que fue aliento. Todos se vislumbran con el último gesto, con el último miedo dibujado en el rostro por la última sirena que precedió al postrer vuelo sobre sus vidas y, por fin, sus muertes. El horror fue abriéndose paso por el techo de piedra que les separaba de Dios, permeable al fuego de los hombres. Libertadores los llamaban, excusando barbaries propias con barbaries ajenas. Muerte por muerte, sin mirar a quien. Generosidad en el reparto, cuantas más mejor, acabando cuanto antes la tarea.


      Primaveras de silencio, el que nació tras los gritos de auxilio llamando a la clemencia, empedrados bajo el techo derrumbado. Los alientos escapando entre los escombros, ancianos, mujeres y niños; los hombres ya murieron en el frente, o quizás antes, cuando su mundo les dio a elegir donde elección no había: o matar o morir.


     Alzó la mano para pedir silencio donde el silencio ya estaba. Cada año, mismo día, mismo lugar, misma hora, el más pequeño, el más inocente, el que avisó del futuro que no iba a ser: "llegan aviones", decenas de vidas buscando un resquicio por donde ver el cielo. El resquicio se abrió para verlo entero y acercarse a él. Quedó así para siempre: cada año, mismo día, mismo lugar, misma hora, la sirena suena, la mano alzada, el niño grita y todas las almas vuelven al templo a buscar el cielo repleto de estrellas, como un espejo en el que mirar sus propias caras hasta donde llega la memoria. La propia. La ajena.





(La Iglesia de San Gil, Aegidienkirche en alemán, fue bombardeada por la RAF en 1943. Sus ruinas no se reconstruyeron y hoy en día permanece sin techo, como recuerdo de las víctimas de la guerra y la violencia. Desde 1985 alberga una campana japonesa, regalo de Hiroshima, ciudad hermanada con Hannover. Esta "Campana de paz" tañe cada 6 de agosto en memoria de las víctimas provocadas por la bomba atómica. En el mes de marzo visitamos esta iglesia, dejándonos una profunda impresión por el significado que tiene como símbolo del sufrimiento de los pueblos a causa de las guerras que, en la mayor parte de los casos, son ajenos a sus orígenes y justificaciones)

domingo, 15 de marzo de 2015

La biblioteca de la buhardilla V: El gaitero del mar

La bruma abrazaba el paisaje, celosa hasta de la inocente mirada de un niño que recorriera la belleza que escondía entre sus brazos, como un tesoro inalcanzable; la suave colina, que sube hasta el faro y desciende hacia la orilla buscando la caricia del mar, vestida de verde esperando el amanecer tardío tras la neblina; las rocas que circundan caminos y pliegues, esculpidas por el cincel de la marea que va y que viene, sin saludos ni despedidas; el mar bravo que a morir se llega, o a nacer quien sabe, hasta la abrupta costa que rodea lo que la niebla oculta; la luz de una tierra y unas gentes, que asoma con timidez desde lo alto de la torre que corona la loma; y la voz de una gaita que canta a la alborada, llamando al sol remiso.

Descalza sobre la hierba, envuelta en una tenue túnica blanca, escucha al gaitero cuya silueta adivina encima de la Rosa de los Vientos. La melodía se diluye entre el rumor del océano llegando a puerto, al tiempo que las luces del día se abren paso irradiando las miradas de los astros. Sobre la Rosa, solo los vientos que la recorren, buscando destino en su rostro, a la vez que juguetean con el vuelo de sus ropas y el frío de sus pies, consolándole por la marcha del gaitero al que fue a buscar.

Cada día llama el alba a la niebla, a la colina, a las rocas, al mar, a la luz del faro, mientras los sones de su himno suenan desde el centro de los vientos. Y los ojos vírgenes abren las pupilas para preñar sus iris de los colores de la vida y del mar, sintiendo su latido en sus pies desnudos. Hoy el sol embadurnando de luz la aurora por encima de la bruma, como una cúpula imaginaria que viniera a coronar la morada de los dioses. A la llamada de la claridad, el murmullo del mar recoge el son de la gaita hacia sus adentros, abrigando de soledad a la Rosa ahíta de sones.

Y el sol gira. O la Tierra. O ambos se enredan en una danza interminable. Y la Torre dibuja el camino recorrido con su sombra, sobre el tómbolo y sobre el mar, hasta que la fatiga anuncia al velo de la noche que le recibe con la sonrisa creciente de la luna. Reflejo de luz ajena, dibujada sobre un enrome lienzo: es el mar, que lleva su brillo de contrabando hasta los mismos cimientos de la Torre que se pliega a su majestad. Siente frío en los pies. Larga la noche sobre la caja de los vientos a la que una rosa le prestó el perfil. Inmóvil, sobre el pétalo que abre la flor de piedra pintada, aguarda la llegada de la mañana. De su amor por el gaitero sólo su corazón sabe: oirá de cerca la alborada sonar, mientras le mira a los ojos, prometiéndole amor quizás eterno.


Rompe el día, llegan sus luces a todo su alrededor, bordeando la calima, navegando sobre las olas de un mar algo más inquieto. Si el océano callara, sólo el silencio. Si ella marchara, nadie en la Rosa. Manan porqués de su mente y de su corazón, temores propios y ajenos que lo fueran a buscar más allá de su tristeza. Agotada de tanto sentir, se durmió acurrucada entre los vientos que formaban los pétalos de la Rosa. Breve sueño al cobijo del faro. Al despertar, en su regazo la gaita como un presente en la noche de Reyes. La acunó arrodillada, mientras le cantaba una vieja canción de amores antiguos con los ojos perdidos en el horizonte donde se esconde el mar. Dejó la gaita en el suelo y caminó hacia la orilla. De los pies, brotes de sangre que dibujaban el rastro de su pena clavada en la piel como crueles espinas. Las de una rosa.

La Biblioteca de la Buhardilla XII: El villancico.

El niño quería hacerse invisible sentado en su pupitre. Escuchaba a sus compañeros cantar villancicos al lado de la mesa del profesor, y r...