La biblioteca de la buhardilla VII: Memoria de la palabra

Busco un momento para mí, sentado tras la ventana que me separa de la lluvia que cae sobre los tejados vecinos. Me creo en el otoño que se acerca, más que en el verano ya casi caduco, olvidados los rigores breves que merodean por estas tierras. El silencio y la calma opuestos al fragor cotidiano de la batalla de cada día, visten el debate que se libra en mi mente alimentada por el ánimo de mis ojos, fijos en la nada y en el todo, esperando la respuesta correcta al dilema eterno: leer o escribir. Y el fruto se volvió semilla, y ambas volvieron a ser palabra. La palabra leída que grabada quedó en la memoria para siempre, y que vuelve apasionada a la orilla de nuestra voz, para transformarnos en rapsodas que canten aquello que los ojos leyeron en el pasado y que el corazón recuerda sin necesidad de volverlas a leer. No leo en el papel, leo en el alma ahíta de tanto leído; es la marca indeleble, como a fuego en la piel, que aquellas palabras dejaron en todo aquello que fui y que me trajo hasta aquí.

Porque "Me llamo barro aunque Miguel me llame", y quisiera cambiar su nombre por el mío. Ser autor de ese verso, quizás de miles más, pero especialmente de ése, del que te frena la lectura del resto del poema hasta que desentrañas el temblor de la mano del autor al escribirlo. (1)

O ser ese hombre afortunado, que encontró el amor y el trovador fue testigo de ello. En los barrios antiguos de El Cairo, donde la vida corre por sus calles como la sangre por las venas. "Dichoso el hombre cuyo corazón no late en vano". Dímelo a mi, Naguib, que el mío lo hace sabiendo cada latido porqué late. (2)

Y decirle al paisaje que no debió venir, que se le olvidó la vida al salir de casa, desierto y sólo desierto, polvo, piedras y matorrales. O quien sabe qué otras tristezas más. "El paisaje no merece que lo miremos dos veces", ¿verdad José? (3)

A pesar de todo, de leer y escribir, que escribiendo estoy, sigue la calma otoñal en estos últimos estertores del mes de agosto. Para mi sangre y origen, el verano marchó hace unos días adonde no haga falta proteger los hombros, bronceados todavía, del relente de la tarde. Y aquí sentado, entre mis palabras y la lluvia pertinaz en el crepúsculo, grito a pleno pulmón contra los cristales salpicados, "Déjenme solo con el día, pido permiso para nacer" (4)

Y mi memoria querría llegar más lejos, pero no le pido más. Quisiera que ellos os amaran como me quieren a mí, que contarais a los cuatro vientos lo que habéis visto y leído para que todo el mundo lo sepa y los lean también. Como Baudelaire, que al morir, se corrió urgentemente la voz: "Baudelaire ha muerto. Habrá que avisar a algunas flores, sobre todo a las del mal" (5). Así, de esa manera, contad que unos genios escribieron palabras hermosas para vosotros.

(1) Miguel Hernández
(2) Naguib Mahfuz
(3) José Saramago
(4) Pablo Neruda
(5) José Luis Ferris

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