Confieso que he leído XVII: Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares.

No sé si volveré a escribir. ¿Para qué si lo que me hubiera gustado escribir ya lo ha escrito Julio Llamazares? O quizás deba hacerlo aún con más razón, porque he encontrado ese libro de texto que todos los que aspiramos a que algún día nos llamen escritores buscamos.

Quería escribir desde la sencillez, y la sencillez encontré.
Quería descubrir una prosa límpida, transparente, y pude ver el fondo de la historia porque las palabras no tapaban nada de lo que el artista quería decir.
Quería encontrar una forma de mostrar la belleza de la nostalgia, y esa belleza encontré.
Quería aprender palabras que me acercaran a las cosas que cuento, y había muchas debajo del árbol aún sin ser Navidad.

Y es que Julio cuenta la misma historia una vez. Dos. Tres. Muchas. Una por cada personaje implicado. Al estilo de Naguib Magfuz en "Festejos de Boda", del que ya hablamos en  Confieso que he leído IX, o de Luciano G. Egido en su "La fatiga del sol". El primer capítulo es increíblemente hermoso, casi poético.

Julio Llamazares nos habla del desarraigo, de la nostalgia de una tierra abandonada a la que el abuelo, una vez muerto, quiere volver, que sus descendientes esparzan sus cenizas por el lago en el que se sumergió su pueblo hace cuarenta y tantos años. Y todos y cada uno de ellos da su versión de los hechos. Conmovedor.


No es un libro fácil, de los de andén de estación. Es una novela, casi una novela, para paladearla y reflexionar en ella, para buscarse entre los aromas de un paisaje y de un tiempo pasados que siguen estando, de alguna manera, ahí. Hay pocos escritores en las letras españolas como Julio Llamazares, deberíamos aprovecharnos de él leyéndolo.

He buscado críticas. He encontrado una negativa que me ha demostrado una cosa: los críticos no son más que escritores frustrados, incapaces de entender lo que los genios escriben. Es lo que suele ocurrir.

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