La biblioteca de la buhardilla XI: La voz de la Navidad.


     Un niño se sentaba en la acera, con la espalda apoyada en la pared del colegio, cerrado aquel día, contemplando el ventanal del balcón del primer piso del edificio que quedaba enfrente de la escuela. No jugaba, ni leía, ni siquiera se impacientaba. Tan solo aguardaba. Apenas coches en la calzada, las mujeres sacudían las mantas y alfombras, sacaban el polvo de los muebles y espolvoreaban la calle de aroma a guiso y hogar, a través de  las ventanas abiertas de par en par a pesar del frío del invierno reciente.

- ¿Qué haces ahí sentado? - le preguntó al niño una mujer que pasaba hacia el mercado.
- Espero - contestó.
- ¿Y qué esperas, si puede saberse? - insistió
- A los ángeles cantando al Niño - respondió inocente.
- Qué niño más gracioso. Los ángeles no cantan, ricura. 
- Aquí sí. Todas las Navidades viene un ángel a cantar.
- ¿Tú de quien eres, chiquillo?
- Soy hijo de Manola. Vivo ahí al lado. Mi madre también canta muy bien. Pero cuando vinimos a vivir aquí, ella me dijo que teniamos un ángel en el vecindario que canta mejor que nadie. Y vengo a escucharlo todas las Navidades. Ella dice que es la voz de Dios. 

    La mujer pensó que aquello era la fantasía de un niño y siguió su camino. Apenas anduvo dos pasos, y las voces del cielo sonaron. Se paró, y al girarse vio al niño señalando un balcón del edificio de enfrente. La calle se inundó de una voz incomparable, nunca había escuchado una igual. Cantaba al Niño que nacería días después en un portal humilde. La calle se detuvo a escuchar. Las nubes no se atrevían a pasar de largo, ni la lluvia a interrumpir. Cuando terminó, todo parecía más hermoso; la gente sonreía sin saber porqué, la lluvia acariciaba con sus gotas templadas por lo que acababan de oír, las nubes pasaban en reverencias a la voz de aquella mujer incomparable.



  Hoy me he vuelto a sentar frente a aquel balcón de la calle Maestro Ramis. Mi colegio sigue en el mismo sitio, los coches abarrotan las calles, y mamá ya no está para hablarme de aquella voz que tanto quería. Tampoco la mujer que pasaba para el mercado. ¿O sí? No, no es ella. Son otras mujeres. Quizás hijas, o nietas, de la que escuchó a aquel ángel conmigo. Me siento. La gente me mira extrañada. Claro, un adulto sentado en el suelo, a pleno día, con el frío que cae, es como para pensar que algo le pasa. Una mujer me pregunta. 

- ¿Se encuentra bien?
- De maravilla.
- Como está usted ahí sentado.
- Espero.
- ¿A alguien?
- A un ángel que vive ahí enfrente y que canta todas las Navidades.
- ¿Ahí enfrente? Qué yo sepa ahí no vive nadie que cante.
- Si espera un poco, la oirá cantar.
- Ahí vivía María, pero murió hace un tiempo.

   La miro con tristeza. ¿María murió? No puede ser. Me pongo en pie. La mujer se va. Yo me giro para marcharme también, dando la espalda a aquel balcón que fue vecino del mío. Y empieza a sonar. Es su voz. Me doy la vuelta. El balcón está abierto, sin nadie en él, con las cortinas aleteando por salirse de sus rieles. Y María canta al Niño. Hermosa, brillante, divina. Mi madre, desde la ventana del tercero, me hace ese gesto que tanto me repetía cuando María cantaba, se tocaba la oreja y me decía en un susurro: ¿la oyes? Es la voz de Dios. No hay otra como ella. 

Feliz Navidad.

A la memoria de María Díez. Una mujer que hizo de mi calle una de las más hermosas del mundo donde jugar, cuando cada mañana la oíamos cantar por la ventana. Con todo mi afecto hacia su marido y sus hijos.

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