Inventario uno

        Presentaré el inventario ante los dioses de los caminos recorridos desde la aurora. Con el sol a la espalda, o cegados los ojos por el crepúsculo, áurea es la llama que da luz a la senda.
        No alegaré en mi defensa las sombras con las que hombres, por hombres llamarlos, adelantaron la noche al mediodía, pretendiendo que confundiera destinos, o que sobre la húmeda tierra, aturdido, cayera, alargando inconsciente el tiempo de la luna llena.
        No me defenderé de yerros propios, ni justificaré los que resultaran ajenos. Llegará mi inventario a manos divinas, sin más letra escrita de que nada escribí que verdad no fuera. Llegué con las manos vacías, y manos vacías devolveré: abrigadas de cansancio y dolor. Hartas ya sin estar hartas de llanos y valles, tentados entre yemas y labios, hasta lo más profundo de donde la vida nace y habla.
        Aceptaré ser acusado de la esclavitud de cuanto dije y la libertad de lo que callé. Tanto queda por declamar, por encontrar la pausa precisa que lo explique, que ignoro si sobrará un juicio para decidir mi condena. Sólo espero que sea benigna. Otros tuvieron su premio sobre la tierra de los dioses inventados, quizás los reales tengan en cuenta el agravio padecido.
        Hoy termina lo vivido y mañana empieza lo por vivir. Somos funambulistas buscando el equilibrio entre ambos espacios de tiempo. Sólo en su frontera late el corazón, ojalá que nunca en vano. Antes y después, la nada. El pasado, que marchó. El futuro, que nunca llega. El tren que nos trajo y el que nos llevará. La vida resuella en los andenes. Andemos, pues.

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