La biblioteca de la buhardilla I: Ausencia III

   
 El niño besó a su padre en la mejilla, mientras buscaba inquieto un parpadeo que le mostrase que la siesta había terminado. Entonces se pondría la gabardina, le cogería su diminuta mano y juntos irían a pasear por los Cantones. ¿Estás dormido? le preguntó susurrándole al oído.  Detrás, en la misma habitación, la familia conversaba sin consideración alguna: chist, ordenó llevándose el índice a los labios, que vais a despertar a papá.

    Pedro se quedó esperando, como llevaba haciendo durante varios meses de ausencia de su padre, sentado sobre la alfombra, donde estaba a punto de llegar el tren de las cinco y media: una locomotora negra de cuerda tiraba de cuatro vagones verdes, todos de segunda, renqueante ante la escasez de combustible. Ya quedaba lejana la lluvia que les sorprendió aquella tarde, cuando el otoño había teñido todo de ocres caducifolios que invitaban a la tristeza. Papá, tú también pareces amarillo, le dijo Pedro, mientras le tocaba la cara con sus manitas, cuando su padre se agachó para colocarle mejor el cuello del abrigo.

    La tarde iba abandonando las calles, mientras paseaban por ellas contemplando escaparates y el padre le contaba viejas historias de mar, mil veces repetidas, que Pedro escuchaba cada vez con el asombro de lo nuevo. ¿Y el oleaje saltaba desde el puerto hasta la playa? Si, hijo. ¿Y las personas, y los coches? Eso ocurrió hace ya mucho tiempo, no había coches, y la gente sabía muy bien cuando iban a pasar esas cosas, y se refugiaba en Monte Alto. ¿Y los acordeones aún suenan? No hijo, no suenan. Aquel barco cargado con ellos naufragó hace ya demasiado tiempo. Pues yo creo que si que suenan, papá. ¿No los oyes?

   Pedro entraba a ver si su padre dejaba de dormir, al fin, cada vez con mayor impaciencia. Miraba por la ventana: se está haciendo de noche, no vamos a poder ir. La familia, más numerosa ahora, seguía molestando aquel sueño apacible, con la tertulia incansable, que ya se oía desde la solitaria estación de tren, donde nadie aguardaba la próxima salida.

   El niño se quedó dormido sobre la alfombra, a pocos centímetros de la locomotora, soñando con  las calles mojadas de lluvia, llenas de historias y luces, abrigada la mano por el calor de su propia sangre. Cuando despertó, el sol entraba por la ventana, prometiendo un buen día. Se levantó cuidadosamente, tratando de no despertar a Marta que dormía abrazada a la almohada. Fue a la habitación de su hija, se arrodilló junto al cabezal, y dándole un beso, aguardó a que abriera los ojos. Hola papá, dijo la niña, buenos días. Hola, hija, ¿nos vamos a dar un paseo? ¿Adonde, a oír los acordeones del abuelo? Si, cariño, a oír los acordeones del abuelo.

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