El druida errante I: Los colores del otoño de Emmerthal

Aún no ha amanecido cuando comienzo mi viaje. Uno percibe que es día de fiesta, porque no hay ningún vestigio de la frenética actividad que transcurre por las venas de la ciudad a las siete de la mañana, un día cualquiera. No hace el frío que esperaba: aguarda al alba, pienso. Y es que hoy el sol se hace más de rogar: entre la pereza y la nubosidad que le cobija el sueño, diríase que remolonea tras el horizonte.

En el corto viaje en tren, apenas un suspiro, son mis compañeros un matrimonio alemán, a cuya mujer, nerviosa en talla respetable,  podríamos confundir con el revisor, pasillo para arriba, pasillo para abajo; un grupo de jóvenes de aspecto hispano que hablaban en alemán, y una extraña muchacha musulmana, que no acababa de encontrar la postura para acomodarse, acurrucada en su asiento, tapada con su cazadora de piel negra.


   La estación de Emmerthal está dentro de la ciudad. Sopla una vivificante brisa del norte que espabila al más pintado, aunque sigo sin sentir frío. Apenas a unos metros de la estación, comienza una ruta por la naturaleza autóctona circundante, que termina abruptamente, cortada por el río que parte el camino en dos.


 Escribo sentado en un banco del Jardín de la Iglesia luterana de Pietri, en Kirchohsen, una de las pedanías de Emmerthal. Me viene a la cabeza la idea de que, si las Iglesias Católicas en España, gozaran de este espacio, la feligresía aumentaría de forma espectacular.




Arrecia el aire, ahora de Levante, y he de claudicar, dejar de hacerme el jovenzuelo y abrigarme algo.Espero encontrar pronto algún sitio donde calentar las entretelas con un café con leche.

En este parque, alfombrado de hojas caducas, son ténues los colores del otoño. Tan solo algunos tonos rojizos y ocres alternan con el verde aún generoso. Como si el tiempo pasara más lentamente que en los alrededores, donde la exuberante naturaleza ya pinta de multicolores el camino hacia los rigores invernales.

El sol sigue acobardado, escondido tras las nubes que prometen lluvia. Apenas gente por las calles, tan solo algún caminante eventual. Uno de ellos, casi un anciano, se me quedó mirando mientras fotografiaba la Iglesia, como quien observa, igual que en un zoo a los monos, a un turista dándole importancia a algo que para él ya no la tiene. De algún modo, turista soy, aunque no sé si en las estadísticas, en las malditas estadísticas, seré un turista interior, por venir de Hameln, o exterior, por ser español. Pero en realidad, a mi, ¿qué más me da?


He recorrido medio Emmerthal sin encontrar posada. Hagenhofen está apenas a un kilómetro, medio a cada lado del río Wesser, único encanto, junto con el puente que lo salva, que guarda este lugar.


    Al fin una cafetería-panadería, camuflada en forma de gasolinera. Café con leche a temperatura imposible, que alarga el hambre diez minutos más, y dos donuts que caen rápidamente. Parece que con mi estómago en silencio lo veo todo con mayor claridad y los colores se despertaran de su letargo.

    Descanso cerca del puente donde el río dibuja hermosos meandros. La luz que falta la regala el agua con su reflejo, mientras los árboles se inclinan adorándola, en vez de reverenciar los rayos del astro rey. Emmer a mi izquierda, Kurchohsen a mi derecha. La carretera parcheada que las une, cede su espalda más a transeúntes que a motores. Una madre, joven y bien parecida, pasea en bicicleta con su hijo sentado tras de ella. Pareciera sacado de un cuento de los Hermanos Grimm, en el que disfrutara del privilegio de ser lector y lectura al unísono.

                                           
                                                   



    Las nubes que se disipan al Este, amenazan lluvia por el Oeste. Pero aún no; el aire viaja raudo por las alturas y no alberga reposo que autorice la tormenta. Creo que llegaré a casa seco, lo que sería toda una novedad por estos pagos.

    Las estaciones de tren siempre han tenido un cierto aroma a huida, a misterio, a peregrinaje. A ilusiones más allá del punto en el que se cierra el abanico de vías, para perderse de nuestra vista. Muchas son hoy abandonadas, clausuradas como antiguamente las mujeres deshonestas, para sustituirlas por frías máquinas expendedoras y andenes metálicos, sin ninguna consideración hacia sus efímeros huéspedes: los viajeros.


En una de esas ando. Tras robarle una hoja caída al muelle almohadón que circunda el tronco de un árbol, me apresuré a darle acomodo entre las de mi cuaderno. Ella, siempre ella, - como han influido las mujeres en mi vida, y sobre todo una- (ya quisiera yo utilizar los guiones como Marina Tsvietaieva, que le daba ritmo a sus textos gracias a ellos. Otra mujer, cómo no.),  será la única deponente de mis andanzas en este día.
 
No he puesto mi foto más grande por presumir, es para que veais que estoy entero y sanote. 

Comentarios

  1. Hola Luís : me ha gutado mucho este texto tan sentido. Espero que te vaya todo bien por Alemania. He visto que te has inscrito para el torneo del Bali,a ver si nos vemos entonces. Cuidado con los donuts, están muy buenos pero engordan un huevo... Cuídate, amigo. Saludos,
    Ernest J. Pallàs

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Confieso que he leído XIX: El silencio y el mar, Enrique Botella.

Leer para escribir IV: Isabel Hernández, mi Maestra.

La biblioteca de la buhardilla XI: La voz de la Navidad.