Feliz año nuevo 2015

Había pensado, como cada vez en estas fechas, felicitaros el venidero año nuevo. Siempre, de una manera o de otra, a amigos y conocidos o a los eventuales lectores en general, he guardado la cortesía de escribir unas líneas, más o menos inspiradas, para aunar sentimientos y comenzar el siguiente año con ánimo y esperanza.

Y en esas andaba hace unos momentos: no sabía si hablaros del concierto de la Filarmónica de Viena, o de las campanadas desde la Puerta del Sol, o de la excentricidad de la órbita de la luna alrededor de la cabeza de los lunáticos. Buscando inspiración, los auriculares llenaban mis oídos del concierto que el gran Eros Ramazotti dio en Roma hace unos años. Y llegando a mi canción favorita del italiano, Musica é, algo se removió en mis entendederas de forma compulsiva, para llegar a la conclusión más inesperada: no os voy a felicitar.

No, definitivamente. Y creo que os hago un favor. Y me lo hago a mi mismo. Lo dejaré para el último día del año. Porque es mañana, 31 de diciembre, cuando deberíamos decir: Feliz 2014. ¿Lo ha sido en verdad? ¿Influyeron en el devenir del año los buenos deseos proclamados bajo el muérdago, tras la docena de uvas y la copa de cava? Quizás deberíamos preguntar persona por persona: ¿Te felicito el 2014 o mejor unas condolencias? Porque tal y como anda el patio, las castañuelas están para guardarse en el cajón a la espera de tiempos mejores en los que castañetear.

No sé como reaccionaré cuando me feliciten el 2015 poco después de las campanadas. Podría decir: anda que te luciste el año pasado, majo. Y la verdad es que a mi familia y a mí nos ha ido bien, a pesar de caminar senderos ajenos, y que dure la experiencia. Pero pienso en tantas y tantas gentes que hicieron malos los deseos a la media hora de proclamarlos a los cuatro vientos. Porque quienes tienen en sus manos poner los ingredientes para cumplirlos, se empeñan en dejarlos sobre la mesa de a quienes ya les sobran para celebrar mil vidas.

Por eso no tengo ganas ni fuerzas de repetir esa frase tan manida. Quizás sea porque ya ando por el quincuagésimo cambio de año, y el cansancio es tanto que ni una buena siesta lo remedia. No sé qué será, pero algo es.

Por si acaso, por si realmente no fuera nada, y todo esto no es más que un engaño cartesiano, una ilusión maldita que embota la mente y nubla el juicio, o quizás la falta de sol mediterráneo, lo dejaré como quien no quiere la cosa, aquí, al final, igual que una postdata:

Feliz año nuevo.

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