La biblioteca de la buhardilla IV: La castañera de Jaume Segarra

Hay recuerdos que sólo se almacenan en blanco y negro. El tiempo pasa, y la memoria resguarda su espacio rechazando lo menos útil, que muchas veces es el color de la nostalgia. Cuando no coloreamos arbitrariamente las imágenes del pasado, directamente vienen a vernos en infinitos tonos grises, matizados de albar y azabache al gusto o a la necesidad.

También puede suceder que la irisación de lo recordado, sea la orden de una fotografía desteñida, casi sepia, notaria de lo que fueron un tiempo y un lugar ya lejanos.

Como la niña de la película de Spielberg, yaciendo sobre cadáveres en blanco y negro, vestida con su caperuza roja, el aroma amarronado y cálido de las castañas en pleno mes de enero, sobresale cromado sobre las manos encallecidas que las mareaban en el tambor, aguardando el color perfecto de lo asado con afecto. El cartón paría calor de castañar con que aliviar el frío del invierno. Su carne saciaba el hambre, hija de jaques y mates, tras horas y horas de dura partida, disputada tras los cristales empañados desde los que divisar a la anciana castañera. La lluvia no la acobarda. Ni la calle llena de compras navideñas, o vacía de cuesta de enero. Ella espera. Dos jóvenes, siempre, dejarán los diez duros sobre su mano, esperando el agasajo que les haga más corta y llevadera la caminata hasta la Estación. Ora de trenes, ora de autobuses, dependiendo de la hora. Llegarán a puerto, cercana la medianoche. Ahitos de ajedrez y castañas. Casi treinta años después, al pasar frente a la fachada de la Iglesia Bautista, aún nos espera aquella mujer, mirándonos como un abrazo, mientras llena el cucurucho de papel con el pulso renqueante, y feliz de que, pasado el tiempo, igual que en un cuento de Anderssen, nuestro recuerdo la devuelva, siquiera por un instante, al lugar que le pertenece.


(Publicado originalmente en mi blog www.elgranakiba.blogspot.com el día de Nochevieja de 2009)

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