La biblioteca de la buhardilla IX: La última noche de Luis XVI.

Mi cuello, perderé mi soberano cuello mañana al amanecer. ¿Es posible que esto me ocurra a mí, un cuerpo divino, un hombre que es rey porque Dios eligió su estirpe de entre todas las mortales? ¿Dios? ¿Divino? Incluso yo mismo he llegado a creer todas esas pamemas que el pueblo ha creído durante siglos. Y será esa chusma la que acabará con la mentira que con tanta paciencia ha soportado. Al alba se descubrirá la verdad cuando la guillotina separe mi cabeza de mi alma. ¿Porqué yo? ¿Porqué la resignación ha tenido que desaparecer cuando me ha tocado a mí gobernar? ¿Es acaso justo? Pagaré mis pecados y los de cuantos me precedieron; recaerá sobre mi nuca toda la rabia heredada durante generaciones. Ahora, enfrentado al cadalso, comprendo cuanto ha tenido que sufrir este pueblo por culpa de mi soberbia, de mi injusto sentido de la justicia. Cuántas hermosas mujeres he ordenado matar para así sellar unos labios que me recorrieron sin más afán que buscar la geografía justa de mi placer. Intelectuales condenados sin más falta que su pensamiento distinto y libre, sin más delito que la incredulidad de mi origen divino. ¿Existes realmente, Dios? ¿Dónde estás ahora que necesito tu auxilio? Huyes. Las llagas de tu hijo arden en mis manos, en mis pies, mi costado. De nada han servido todos los sacrificios que en tu nombre ofrecí, en el vacío ha caído la fidelidad mostrada, sin más recompensa que el helado filo de la guillotina. Ni tan siquiera has sido capaz de curar un suspiro de mi locura para que pueda encontrar un momento de paz. Mañana todo este delirio se derramará entre mi cabeza y mi cuerpo. Tú también has descubierto la farsa. Pero estás muerto, Dios. Desde que aquella cruz se alzó sobre el monte Calvario no ha habido más presencia de ti sobre la tierra que tu recuerdo. Sólo has vivido para desheredados, para la escoria de la que eres padre. Te hemos utilizado para dominar al pueblo que, ciego de ignorancia, en ti creía. Eres tú quien existe gracias a mí, gracias a que me has servido para hacer creer que un rey podía tocar el cielo con las manos.

Ni siquiera en esta hora soy capaz de vivir la realidad; quisiera descubrir una lágrima que resbalase por mi cara, o un estertor de pánico mal disimulado que me invadiese por la espalda. Es hermosa la puesta de sol; ya no veré su adormecer parisino, ya no veré como el horizonte acuna cálidamente su silueta ni su iridiscente luz en esta mágica hora, cuando ilumina Versalles sonrojando sus mejillas palaciegas, mientras los últimos cantos de los pájaros habitantes adornan un paseo entre los árboles de su bosque, acompañados del casi imperceptible deslizar de una ardilla inquieta y del ritmo de las ramas mecidas por la suave brisa del crepúsculo. Ya no veré los luminosos ojos de la Reina aguardando el desenlace de mi caminata furtiva no siempre solitaria. Perdonadme, Majestad, aquellas ocasiones en las que mi excursión iba más allá y extendía su quehacer a la naturaleza humana, penetrando en el cálido cuerpo de cuantas cortesanas accedieron a ser agasajadas con mis reales dotes seductoras. En la soledad de esta celda comprendo cuanto dolor he regalado a tu vida; soy consciente de que tu ambición no era más que una forma de ocultar tu infelicidad, y pagarás un alto precio por ello, por haber lucido una corona que mañana caerá junto con mi cabeza en el cesto del verdugo. Al menos tú vivirás. Esta revolución infame se habrá apiadado de una hermosa mujer venida de otras tierras que cometió el pecado de enamorarse de este país.

¿Qué será de Francia cuando caiga en manos de los bárbaros que hoy la arrasan? La grandeza, el poder que atesora esta cultura quedará sumergido en la sangre de los gentiles sacrificados. Pero no durarán mucho, la monarquía resurgirá aún más poderosa. Los reyes de España e Inglaterra sofocarán tanta ignominia y restaurarán a los Borbones. Entonces estos aborregados pagarán su diezmo, serán masacrados y se expondrán sus miembros por todos los caminos de Francia como escarmiento ejemplar, público y disuasorio de revoluciones venideras; cada golpe seco de la guillotina llamará a la puerta de la memoria de mi muerte, de la muerte de una monarquía que renacerá. Pero ahora, en mi locura, me invade el miedo, por fin el miedo. Mis manos sudan, sin que mi ansiedad se disipe en el trémulo transcurrir de mi escritura. Ignoro si duermo o si permanezco en vigilia velando mi futuro cadáver. Ya despunta el alba: en poco más de una hora la banasta que me aguarda habrá cumplido su tarea. ¿No esconderá el hacha del cadalso un resquicio de piedad para mi alma? ¿Realmente es necesario que muera hoy? ¿No es suficiente castigo cuanto me habéis hecho pagar? Humillado, vejado; mi esposa violada una y otra vez ante mi y ante mi hijo; yo mismo obligado a albergar en mí el apéndice inequívoco de un hombre bien armado. ¿No es acaso bastante? ¿Esta es vuestra justicia, vuestra libertad, igualdad, fraternidad? Quizás para vosotros, pero no para mí. ¿Eres tú Robespierre quien defiende tamaña mentira? Correrás mi misma suerte y tu cabeza rodará inerte y boquiabierta como la mía. 

¡Pasos! El cerrojo de mi celda gime con cruel lentitud, la puerta se despide de su marco con el quejido de sus goznes por testigo. La última puerta, la última escalera, el último cesto será la última visión del último rey de Francia.

(Esta última noche de Luis XVI antes de su ejecución, la escribí en el verano de 1998 originalmente en francés. La traduje en aquel tiempo. Aunque la he retocado, aún conserva un poco el abuso de adjetivos y frases algo recargadas, típico de mi escritura en aquel tiempo)

Comentarios

  1. Impresionante LuisMa. Cómo te has recreado

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    1. Gracias, aunque no sé quien eres, apareces como anónimo. :)

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