El cortejo de las musas II: Representar los recuerdos.

A veces un detalle insignificante puede hacernos reflexionar profundamente, o revelarnos una idea que siempre ha estado presente y que, por alguna razón, se escondía en algún rincón de nuestra mente.

Eso ocurrió el otro día cuando un simple cartel de una inmobiliaria, anunciando la venta de una vivienda, obró de catalizador de una nueva perspectiva sobre los recuerdos.

Antes de volver al dichoso cartel, empezaré por el otro lado de la historia.

      Cuando mi madre falleció en 2005, fuimos desmontando lo que había sido su hogar. Y que había sido el mío hasta que me casé. Allí estaban los muebles que vistieron mi niñez y juventud, cuadros que prometían paisajes, adornos sobre los estantes que resumían la vida de toda la familia, libros que siempre esperaron ser leídos, muchos lo fueron. Pero aunque formaban parte de la historia familiar, el hecho de haber convivido con ellos hasta ese 2005 me privaba del paso atrás que precisan los artistas para ver con perspectiva su obra. Recogimos todos aquellos recuerdos con tristeza, nostalgia, añoranza, pero reposaban en las cajas de cartón con el orgullo propio del deber cumplido. Algunos aún traen imágenes del pasado a mi memoria o a la de mi hermano desde nuestras paredes o nuestros muebles del salón.

     Pero el otro día apareció el cartel de "Se vende" colgado del balcón de una vivienda. Era el piso de uno de mis mejores amigos. Puede hacer 25 años que no entro allí: nos casamos, la vida nos llevó lejos de Novelda a los dos, y los encuentros esporádicos suelen suceder en un restaurante o en nuestras viviendas de casados. Mi primer pensamiento fue: "Si tuviese dinero, compraba esa vivienda para conservarla tal y como está". El cartel, junto con el pensamiento, quedó atrás. Algo más tarde regresó. Entonces vino la reflexión: ¿porqué la casa de mi amigo despertó ese deseo que no se produjo al fallecer mi madre? La respuesta es sencilla, pero quizás no evidente. Al no haber entrado durante tantos años en esa casa, hizo que se idealizara, que mis recuerdos vivieran íntegros dentro de aquellas paredes donde pasé muy buenos ratos con mi querido amigo y su encantadora familia. Hoy, muchos años después, aquellos recuerdos están recubiertos de un halo de nostalgia que, en el caso de mi propia casa, el día a día no ha dejado descender sobre ella.

    La cuestión es: ¿podemos trasladar esa diferencia de perspectiva a un lector cuando le contamos una historia? Quizás en un cuento corto resulte complicado. Sólo podríamos a través de los recuerdos del lector, pero eso no es posible pues los desconocemos. Necesitaríamos el tiempo narrativo suficiente, externo e interno, que pudiera crear una sensación similar en quien lee. Es una idea que me atrae, porque escribir, al fin y al cabo, se trata de crear sensaciones a través de la lectura. Lo intentaremos.

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