Península Poesía I (Confieso que he leído VII): Marina Tsvietáieva, Antología Poética.

No recuerdo bien como llegaste a mí, quizás la casualidad, o el acierto de una página abierta al azar. Te quedaste para siempre, en mi corazón donde circundaban tus versos y en mi mente, preguntándote en cada lectura por el sufrimiento que guiaba tu pluma. 

No eras conocida, de hecho no estoy seguro de que aún ahora lo seas para los lectores en mi lengua. De tu ruso a mi castellano, el giro es acrobático y casi mortal, y pocos logran caer de pie. Pero merece la pena el esfuerzo de entenderte, de caminar a tu lado por la biografía que dejaste escrita en versos inesperados, desgarradores, profundos. Me pregunto a menudo qué pasó por tu mente al elegir el nombre de tu hija, buscando algo en común contigo, un afecto, un sentimiento compartido que uniera nuestros tiempos con la esperanza de creerte cercana.


   Es todavía nueva la angustia que me recorre cuando leo tu alma, desgranada en tus poemas. La pasión de madre no la diluye el tiempo, más bien la acrecienta a mis ojos. 

(A Ariadna, su hija)

Algún día, criatura encantadora,
para ti seré sólo un recuerdo,

perdido allá, en tus ojos azules,
en la lejanía de tu memoria.

Olvidarás mi perfil aguileño,
y mi frente entre nubes de humo,

y mi eterna risa que a todos engaña,
y una centena de anillos de plata

en mi mano, el altillo-camarote,
mis papeles en divino desorden…

Por la desgracia alzadas, en el año terrible,
Tú eras pequeña y yo era joven.

Noviembre de 1919

Marina y su hija Alia (Ariadna)

Compartimos tu rabia, tu soledad, tu desánimo cuando te viste sin sitio en la mesa. O al menos esa fue la metáfora. No sabremos qué te inspiró ese poema, el último, un epitafio que resume el drama que fue tu vida. Tantas veces leído, recitado, jugando a ser rapsoda. Pero me derrota siempre, la voz se quiebra. Estés donde estés, en mi mesa siempre habrá una silla para ti.


No dejo de repetir el primer verso
y corregir la palabra_
-"puse la mesa para seis"...
Te olvidaste de uno, el séptimo.

Estáis tristes los seis.
Ráfagas de lluvia cubren vuestros rostros.
Cómo pudiste, en esa mesa,
olvidar al séptimo, la séptima..

Están tristes tus huéspedes,
aburrida la garrafa de cristal.
Desconsolados ellos, desconsolado tú,
y, más desconsolada, la que olvidaste invitar.

Sin alegría, sin brillo
ah, no coméis ni bebéis.
¿Cómo pudiste olvidar el número?
¡Cómo te confundiste en el cálculo?

¡Cómo pudiste, cómo osaste no entender
que seis (dos hermanos, el tercero
-tú mismo- con tu mujer, y los padres)-
eran siete- puesto que yo no existo.

Pusiste la mesa para seis,
pero no se reduce el mundo a seis.
Para ser un espantajo entre los vivos,
prefiero ser fantasma, con los tuyos,
(los míos...)
tímida como un ladrón
¡sin rozar un alma siquiera!
Me siento en el lugar -la séptima -
delante del cubierto que no has puesto.

¡Por fin! ¡Volqué mi vaso!
Y todo lo que era preciso derramar,
-la sal toda de mis ojos, toda la sangre de las heridas-
desde el mantel al parqué.

Y ningún féretro, ninguna separación.
La mesa exorcizada, la casa despierta.
Como la muerte en un banquete de boda,
yo, la vida, presenté en esa cena.

Nadie, ni hermano, ni hijos, ni esposo,
ni amigo; y un reproche, pese a todo:
tú -que pusiste la mesa para seis almas,
ni siquiera me pusiste en un rincón

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